EL QUE ESTÉ LIBRE DE CULPA QUE TIRE LA PRIMERA PIEDRA

 

La impactante movilización de la CGT y hasta la violenta frustación de muchos porque la dirigencia no puso la fecha de un “paro general” que pedían a viva voz es una historia de víctimas y causantes. Es una gran pena que los que dicen defender a los trabajadores hoy estén bajo sospecha por haber apoyado el descalabro que viene de atrás y que el actual gobierno siga apichonado por haber tenido que apretar en estos meses varios torniquetes adicionales.

Antes que otra cosa, no es ocioso poner arriba de la mesa como primer tema el de los derechos: está claro que todos tienen derecho a peticionar a las autoridades y que una movilización es un modo bien lícito de hacerlo, como también lo es un paro dentro de la legalidad. No se conocen gobiernos que los acepten; para ellos, siempre será algo “político”, aunque para darle esta vez la razón a las acusaciones de la Casa Rosada resultó más que paradójico que muchos quienes pedían “poné la fecha…” (del paro) cantaran contra la “burocracia sindical” a la que supuestamente fueron a acompañar.

El segundo aspecto a considerar es el de la exclusión porque, como pasa siempre, en la marcha cegetista se privilegió a los trabajadores sindicalizados o aún a aquellos que tienen empleo formal. De puro rebote, se pidió por los marginados del sistema.

Esta franja de ciudadanos, a quienes acosa la pobreza desde hace muchos años y ya casi no saben que lo son, hoy vive en una situación que terminó cristalizando un sistema que los propios gremialistas apoyan desde siempre en cuerpo y alma: cierre de la economía, vivir con lo nuestro, pasión por el consumo, subsidios prebendarios, etc.

Esta gente, ¿es más pobre hoy por culpa de Mauricio Macri que opina exactamente lo contrario o ya había tirado la toalla antes? A todos les compete hacerse cargo de tamaña vulnerabilidad.

Hay un agregado que también hace a la cuestión, ya que muchos de quienes hoy se quejan desde el púlpito estuvieron doce años prodigándole mimos al gobierno que gozó de la mejor situación externa de la historia argentina y que, sin embargo, no sólo dejó pobreza, sino también desocupación. Si estos dirigentes gremiales, ahora muchos de ellos de la vereda de enfrente del kirchnerismo, no son capaces de hacer una autocrítica sobre su actuación en aquellos años es poco lo que se puede esperar de ellos.

Hoy, los gremialistas se quejan de la apertura de la economía y las estadísticas generales los desmienten. Es verdad que sectorialmente hay quienes han recibido a pleno el impacto de las importaciones, que para ellos la cosa es más que dura y que es bueno denunciarlo, pero no son mayoría.

En cuanto a los despidos y suspensiones, los números mueven a mayor preocupación, aunque difieren notoriamente de los que muestra el Gobierno, seguramente porque la CGT se hace siempre eco de las conocidas amenazas al respecto de muchos empresarios que han vivido años de las prebendas oficiales y cuya frase de cabecera es “peligran los puestos de trabajo”.

Es ominoso que los dirigentes sindicales apoyen a quienes esquilman a los consumidores en beneficio propio y, a veces, hasta a quienes piden una devaluación, segura arma de destrucción del salario. La tercera cuestión central tiene que ver con los modos de exigir rectificaciones y está enlazada con las circunstancias políticas, con la categoría de los apoyos recibidos y con la visión que tienen algunos sindicalistas sobre el rol que puede cumplir la CGT a la hora de ordenar al peronismo. Ante la dispersión, los gremialistas están haciendo política partidaria y no debería dejarse de lado que muchos de quienes se manifestaron al final eran militantes kirchneristas.

En su relación con el Gobierno, los triunviros han tomado el temperamento de decir públicamente “o cambian o la lucha continúa”. Y más allá de lo antidemocrática que, por coactiva, resulta la imposición éste es el aspecto que hasta la Iglesia más les critica: el de la radicalización fuera del diálogo que no lleva a ningún lado. Por último, está el Gobierno y tamaña marcha que de algún modo prohijó, lo ha puesto a prueba para ver hasta dónde será capaz de mantener algunas de sus convicciones, atendiendo mensajes, pero sin volver a caer en el populismo. Lo están observando desde adentro y desde afuera.

Y si bien tiene culpas que redimir por haber armado a contragusto una mesa de diálogo en noviembre y diciembre que no llevó a nada, fue la CGT la que abandonó esa instancia porque los empresarios no cumplieron con la consigna de los no despidos ni con el bono de fin de año y, en suma, porque dicen que el Gobierno hizo poco y nada para convencerlos. En todo este minué de coyuntura, determinar el origen del problema para tratar de encontrar la fórmula que ayude a solucionar las consecuencias resulta esencial. ¿Se trata del populismo inflacionario que gasta sin parar, el mismo que hipoteca el largo plazo en nombre de un presente de dádivas o es la visión de Cambiemos que, basada en el endeudamiento, se acopla al mundo y ajusta las clavijas esperando las inversiones que tardan en llegar? La probable respuesta está seguramente en recordar, para que la historia no se repita, las múltiples experiencias fallidas de ambos tipos. Quizás es hora de sentarse a buscar de verdad y entre todos, un camino integrador.

 

 

¡Deja un Comentario!

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *