OPINIÓN

En el país del Nomeacuerdo

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Escribe: María Liliana Christensen

Hemos empezado a transitar un año que será -todos lo sabíamos- arduo y difícil. Es un año de cambios, de transición y también de sinceramiento. Los argentinos que vimos transcurrir una larga década de relatos y contradicciones, hemos quedado de pronto frente a la cruda realidad.

La realidad no es fácil de asumir. Parte de la sociedad, perpleja, observa las consecuencias de ese intenso período de desgaste y deterioro no sólo económico, sino también institucional y moral. Las secuelas de una sociedad devaluada, degradada en sus valores más profundos, se presentan ante nuestros ojos y seguramente preferiríamos no verlas. Pero esas secuelas muestran hoy rastros muy hondos, heridas abiertas, daños  irreversibles en muchos casos que componen un escenario ciertamente complejo en el que nos ubicamos con bastante dificultad.

Todos los días se asiste a nuevas denuncias; todos los días nuevos “hallazgos” ponen de manifiesto esa matriz corrupta y perversa que se apropió del Estado y produjo tantas consecuencias nefastas para los argentinos. El saqueo sistematizado, la corrupción llevada a extremos nunca vistos, el vaciamiento de muchas áreas del Estado, la destrucción de la moneda, la parálisis de la economía, el discurso falaz enmascarando los verdaderos datos de pobreza, desempleo e indigencia, y podríamos seguir enumerando… Nada es gratis. No es gratis haber vivido un período sombrío en el que muchas voces que hoy se escuchan con fuerza eran silenciadas por la complicidad, por las prebendas o por algunos intereses inconfesables. Cierto es que también había militancia, en algunos casos genuina, ideologizada a partir de un relato de dudosa rigurosidad histórica, y en otros casos rentada.

Todos los sectores que hoy legítimamente hacen oír sus reclamos, tienen un desafío. El pueblo argentino todo tiene pendiente una autocrítica profunda, un repaso responsable y consciente de las situaciones deplorables que se toleraron en nombre de un partido, de un proyecto o de un liderazgo. Cuando de inflación no se podía hablar, cuando los índices fueron intervenidos, cuando nos peleábamos con el mundo y sellábamos las peores alianzas con regímenes autocráticos y venales, cuando los recursos públicos iban a parar desenfrenadamente a manos de una dirigencia política corrupta y envilecida que durante años gozó de absoluta impunidad, ¿cuántas voces se escuchaban?  Y las que se escuchaban eran consideradas oposición irresponsable, cuando no golpista y destituyente.

Es preciso hacer memoria.  Hay un registro del deterioro que el país sufrió en estos largos años, hay datos ciertos del daño  ocasionado. Es impropio señalar las carencias, las dificultades, los obstáculos que debemos sortear en el presente, sin hacer un balance reflexivo y sincero sobre el período transcurrido, con sus desaciertos, sus abusos, su irracionalidad y particularmente con sus prácticas corruptas que atravesaron todos los estamentos del Estado.

Hoy observamos entre azorados e indignados las consecuencias de un largo período de atraso y deterioro de casi todas las variables que miden las condiciones reales de un país. Muchos sectores acompañaron y naturalizaron las peores prácticas; muchos actores sociales aplaudieron y se regocijaron con la instauración de políticas desatinadas y sin sustento, que como decían las abuelas, eran “pan para hoy y hambre para mañana”.

Ha llegado el momento de pagar la factura. Dolorosamente, siempre pagan más los que menos tienen. El costo de tanto saqueo, tanto desprecio por la producción y el trabajo, tanto delirio discursivo y tanta mentira organizada lo pagan los que siempre han perdido, en todos y cada uno de los desastres que a lo largo de la historia ha padecido la Argentina.

El camino es difícil, las adversidades son muchas. Nunca es sencillo reparar el daño, particularmente cuando el daño es tanto y tan profundo. Es importante poner en valor el logro del pueblo argentino que ha conseguido recapacitar a tiempo y que por la vía de las urnas ha dicho basta. En sí mismo ése es el logro más destacado del año que dejamos atrás y que marca un antes y un después en la vida de nuestra sociedad.

Lo que viene es un gran signo de interrogación. Prevalece la incertidumbre y hay temor en muchos sectores. Cuesta remontar una situación tan dura y extrema; cuesta encontrar la salida del laberinto en que nos encontramos y lo que más cuesta es restaurar el cuerpo social y recuperar la confianza y la comprensión entre los argentinos. La división impuesta desde las altas esferas del poder durante tanto tiempo, siguiendo a pie firme el viejo precepto que reza “divide y reinarás”, ha fracturado a la sociedad y esa ruptura es uno de los problemas más graves que enfrentamos. Alcanzar la paz social a partir del diálogo y el respeto que por tantos años desechamos es hoy un gran desafío. Retomar la senda del encuentro y la armonía después de una década de quiebre y distanciamiento, de confrontación y discordia, es el reto que la historia nos impone en este año en que celebramos el Bicentenario de nuestra Independencia.

 

 

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