RELATOS DESDE EL ENCIERRO 

Federico  

Por Matías Verna  (*)

“Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”. Albert Camus

Federico Manzanares García explicaba con una lapicera en la mano que si quería matar lo hacía en cualquier momento y con cualquier cosa.

“Si yo le clavo esta lapicera en el cuello encargado, fue” sentenciaba con cinismo y majestuosa sangre fría. “Todos podemos ser asesinos” decía y me dejaba titulares macabros en sus frases con sentido.

Federico Manzanares García estaba privado de la libertad desde que era menor. Él decía que había perdido la cuenta de los años pero yo sospecho que los recordaba muy bien. Incluso cuando alguien nombraba lugares cercanos a Lomas de Zamora o decía que había estado por allá, a él se le ponían los ojos como dos bolitas chinas y enseguida preguntaba por las calles de su infancia, por los almacenes que ya no estaban, los baldíos que ya no existían y eran enormes edificios y demás. Ya ni los defensores lo visitaban. Vestía una camiseta del Barcelona con el número 20 y el apellido Deco a la altura de los omoplatos, a veces aparecía con una del Real Madrid y el 5 de Zidane. “Póngase de acuerdo Manzanares” le decía con una risa insulsa “¿o merengue o culé?”.

Federico Manzanares García meneaba la cabeza y se metía en la celda.

Hacía varias guardias que entre turno y turno se rumoreaba que en el pabellón se iba a armar gran lío o embrollo. Cuando las celdas se abrían nadie salía de ellas o en cada puerta se paraban sus habitantes y nadie se movía ni chistaba. Así por varios días.

Hasta la comida no se tocaba.

Nadie pestañeaba.

Silencio de tumba.

Un domingo, después de que la vista se despidiera con abrazos, besos, alguna lágrima en la reserva y las manos al viento se armó bien grande.

Frazadas y mantas de escudo, facas, púas y palos reflejaban una batalla romana tercermundista, under y suburbana. Volaron sillas, mesas y balas de goma. Pensé enseguida en Federico Manzanares García y en que si todos podemos ser asesinos también todos podemos morir. Entre el tumulto no lo lograba ver. Muchos gritos, explosiones, guardias y oficiales queriendo entrar a descomprimir el conflicto y a molestar por lo inservible.

Yo estaba encargado del pabellón y tenía las llaves en mi mano temblando.

Abríamos y cerrábamos celdas sacando heridos, reubicando presos y juntando armas.

La celda 17 era una incógnita. Por decisión de los jefes la dejamos para lo último. Cuando nos acercamos con las escopetas, los cascos, los escudos, las llaves y las esposas encontramos a Federico Manzanares García con el torso desnudo, el mate en la mano y la tele encendida a punto de mirar el clásico español entre el Barcelona y el Real Madrid. En los barrotes flameaban las dos casacas.

“Qué onda encargado” dijo ofreciendo un mate. Todos nos miramos, nos sentimos unos giles y dejamos la celda sin chistar. Presioné fuerte el candado 606 y cuando corrí la cortina del pasa platos Federico me miró fijo alzó el puño y sentenció “Barsa Barsa Baaaarrrsa”.

(*) Es periodista y escritor. Nacido en Azul, vive actualmente en Olavarría: Recientemente publicó su séptimo libro, titulado “Crudo”. En esta sección compartiremos textos inéditos que detallan, con ficción y realidad, la vida en contexto de encierro, tanto de empleados del SPB como detenidos.

 

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