Fue un miércoles

Ese miércoles 24 de marzo de 1976, la democracia argentina, herida de muerte desde hacía bastante tiempo, dio su último suspiro y quedó rendida ante las botas de quienes a posteriori resultaron ser los genocidas más grandes del siglo XX en Latinoamérica.
Videla, Agosti y Massera, militares que asumieron en el Ejército, la fuerza Aérea y la Armada respectivamente, habían sido nombrados por decreto de ese último gobierno democrático que comenzó con Perón y debido a su fallecimiento, quedó en manos de Isabel y López Rega.
El golpe ya tenía su tiempo de gestación y al momento de irrumpir en Argentina, casi todo el continente estaba en manos de las diversas fuerzas armadas locales, quienes seguían a rajatabla el plan impuesto desde el  Norte de América, para extirpar el comunismo y a los nuevos movimientos políticos afines que aspiraban llegar al poder en América Latina.
Personalmente recuerdo ese momento trágico de nuestra historia, donde desde la misma mañana, las controladas emisoras de radio y televisión, irradiaban repetidamente los comunicados del Estado Mayor. Quedaron suspendidos las garantías y derechos de los ciudadanos y se implementó la ley marcial y el estado de sitio. El territorio nacional quedó militarizado, mientras que nuestra localidad, por su importancia estratégica, el establecimiento de guarniciones y dependencias de diversas fuerzas de seguridad, lo fue mucho más.  Era corriente en aquellos días ver diferentes vehículos de uso militar, transitar las calles de la apacible Azul setentista. También fue duro ver como alguna dependencia policial armaba barricadas sobre las esquinas para defenderse de posibles ataques subversivos y en persona lo viví, junto a mi padre y tíos, todos comerciantes reconocidos de nuestra ciudad, quienes una vez finalizada la jornada laboral, y ya con la noche como techo, debían soportar al pasar caminando por la antigua calle Aramburu, como un reflector los perseguía, al mejor estilo campo de concentración nazi, desde Av. Mitre hasta pasar la barricada de la ex calle Entre Ríos.
También nos llenaba de sorpresa  en los picados de futbol en la canchita del barrio, ver algún amigo, recientemente egresado de la escuela de policía, corriendo entre los “botines sacachispas” con su pistola 9mm en la cintura, “porque no podían dejarla ni para ir al baño”, ante la mirada atónita de muchos de nosotros que solo pretendíamos transitar la infancia entre los amigos del barrio.
Así llegó el miedo, el miedo a todo, a la calle, al de al lado, al de enfrente, estimulado por los medios de prensa que jugaron un rol más que importante en la consolidación del  “proceso de reorganización nacional” que sin dudas, contó con el apoyo de algunos sectores de la sociedad argentina, harta de vivir con el temor a que la revolución que proponían quienes subvertían el orden establecido, triunfara y se perdiera el estilo de vida imperante, en manos de una ideología extremista.
Y llegó lo peor, desde el minuto uno comenzaron las desapariciones: jóvenes estudiantes, políticos, sindicalistas, artistas, trabajadores  y toda aquella mujer y hombre que levantara su voz en contra del régimen, era un enemigo a quien aniquilar. Día a día la escalada de violencia entre ambos bandos, superaba a fuerza de tiros, bombas, secuestros y ejecuciones la capacidad de asombro de todo un pueblo.
Caímos en la planificada trampa donde sólo algunos políticos y hombres del derecho, esgrimían en su puño la ley y los derechos humanos, para que muchos hermanos argentinos, detenidos sin motivo aparente o sospecha infundada, quedaran en libertad y al menos tuvieran una oportunidad para su vida.
Los vuelos de la muerte, la desapariciones forzadas, los centros clandestinos de detención, la apropiación indebida de personas y bienes, los exilios de personalidades relevantes de la sociedad, el deterioro económico, educativo y social, fueron la moneda corriente en una nación que cada día que pasaba se sentía más acorralada ante un imaginario paredón de fusilamiento. Sólo la voz de las madres en la plaza arrojaba un manto de realidad y su pedido de piedad por los hijos desaparecidos nos despertaba, sólo un poco, de la letanía que adormilaba a toda la nación.
Y fuimos campeones del Mundial  78 y lo vivimos con una inmensa alegría y más tarde fuimos a una insensata guerra por nuestras Islas Malvinas, donde “por la patria” murieron muchos jóvenes, ante la trasnochada decisión de uno de los sucesores del iluminado grupo de militares que venía a instaurar el orden en aquella sociedad sin rumbo.
Soportamos como pueblo los vejámenes más atroces que pueda resistir un ser humano, pero de pronto cuando ya no era conveniente para algunos intereses, internos y externos, surgió la idea de recuperar la democracia. Y nos aferramos a ella para respirar, para vivir y recuperar la paz que necesitábamos como pueblo, para salir de la oscuridad y encender la luz de un futuro mejor.
Todo fue un renacer, los ciudadanos, los partidos políticos, las expectativas, las lágrimas del reencuentro de los que regresaron y fue Raúl Alfonsín quién avivó la llama de la democracia para que dure más de 100 años sobre nuestra tierra.
Sin dudas, transcurridas varias décadas desde el golpe y el posterior advenimiento de la democracia, demasiadas son las deudas que se mantienen con nuestro pueblo y los dirigentes, muy pocos a la altura de las circunstancias, privilegian intereses que nada tienen que ver con el bien común.
A pesar de los aciertos y errores entendemos que nos merecemos una nueva oportunidad como nación y que éste tiempo debe ser de la reconciliación entre todos los actores que poseemos diferentes responsabilidades sociales, políticas e institucionales, para que juntos transitemos la senda del fortalecimiento de la democracia,  teniendo por objetivo el bienestar de nuestro pueblo. Julio A. Diab, secretario de Prensa y Difusión de la UCR Azul

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