RELATOS DESDE EL ENCIERRO

Guillermo

Escribe Matías Verna (*)

“Lo que sea que estés buscando no va a llegar de la manera que te lo esperas”.  Haruky Murakami

Guillermo González Cabrera donde ve una ventana se asoma. No importa que dé al arroyo, a la calle, a los techos o al muro. El necesita ver para afuera. Nunca se le llamó la atención por una falta de respeto o una omisión a alguna orden. Sólo se le pide que salga de la ventana: “Córrase muchacho”, le pide el encargado. “Dale, sacá los bigotes”, le dicen sus compañeros de celda riéndose.

Sin hablar se separa unos metros y estira el cuello buscando. Algunos le decían la suricata de Bahía Blanca, porque él era de allá y estiraba el cogote a más no poder.

Guillermo González Cabrera vestía camisa a rayas y jeans casi siempre. Algunas veces lucía una remera o un fino pullover para pasar el frío. Leía poemas de Urondo, Olga Orozco, Lorca y Neruda. A veces también escribía lo suyo y se los daba a sus compañeros de pabellón para que los tomen como propios y se los envíen a alguna mujer que conocieron en la visita el fin de semana anterior.

El día había sido normal. A decir verdad varias guardias venían con esa rutina que de tanta tranquilidad daba miedo. Los puestos estaban todos cubiertos. Casi no había vigilantes de carpeta médica.

La población carcelaria, como en casi todas las cárceles, era superior a la capacidad admitida, pero bueno, todo es parte del sistema y uno termina adaptándose como empleado y como preso. Y como ciudadano, a vivir así. Acostumbrándose a lo que no debe ser.

Guillermo González Cabrera después de seis años privado de su libertad, en esos días que nadie recuerda para que están en el calendario, en un papel casi arrugado y con lapicera negra solicitó una audiencia con el director del establecimiento carcelario.

¿Qué tendría para pedir, decir o hacer? Hasta sus compañeros se asombraron cuando lo llamaron las autoridades. Guillermo caminó despacio por la cancel y siempre que veía una ventana se asomaba o estiraba el cuello o se agachaba un poco ara poder mirar.

El Director tendría unos 48 años. Había estado en sus comienzos por esta cárcel y luego se fue para volver como máxima autoridad, por lo tanto no se conocían, pero los comentarios acerca de ambos les ofrecían una breve reseña.

Sentado con las manos en los bolsillos de la campera azul el Director miró con pena y temor al entrevistado que estaba quieto frente a él mirando en realidad la ventana que daba a la espalda del Prefecto Mayor.

“¿Qué pasa González?”, Interrogó sin vueltas el Director.

“No pasa nada, jefe”, dijo el condenado llevando tranquilidad a las axilas del supremo que transpiraban mucho. “Yo sé que todos hablan de mí y ya le han hablado de mí y tal y cual cosa, que miro las ventanas y nada más, yo ya lo sé”; dijo Guillermo. “Pero sabe qué jefe, yo quiero preguntarle ¿dónde está la libertad?”.

(*) Es periodista y escritor. Nacido en Azul, vive actualmente en Olavarría. Este año publicó su séptimo libro, titulado “Crudo”. En esta sección compartiremos textos inéditos que detallan, con ficción y realidad, la vida en contexto de encierro, tanto de empleados del SPB como detenidos.

 

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