Homenaje a un veterinario de caballos

Por Facundo Gómez Romero

Tucumano como la patria misma, también supo ser porteño, cordobés y bonaerense. Fue el ejemplo más acabado del veterinario de caballos; difícilmente se le resistiera una dolencia o enfermedad de algún equino de cualquier laya o pelaje, fuera éste mestizo, pura sangre, cuarto de milla o criollo. Muchas veces le bastaba con observar caminar un caballo para saber lo que tenía, entonces, se acercaba y simplemente le aplicaba el dedo índice en el punto exacto y el animal se contraía de dolor.

Lo conocí en casa de mi primo “Quico” Gómez Romero, a quien le asistió la caballada de polo en diversos puntos de USA y República Dominicana. Los norteamericanos de Palm Beach, donde se juega el mejor polo de aquellas latitudes, le ofertaron el oro y el moro para que se quedara a tratarles los caballos. “Paco” Andrés no aceptó. Lo suyo eran las infinitas geografías de ausencias de nuestras llanuras.

Durante años curó caballos entre la cordillera y el mar, viajando solo en aquellas soledades de la meseta Nor- patagónica o en el caldenar pampeano. Recogí anécdotas preciosas de esos derroteros en nuestras tardecitas de mate en mano en casa, que fueron un auténtico encuentro de almas. Como la vez que atravesando la desolación embravecida de la línea sur de Río Negro, allá por Los Menucos, sintió tanto frío que al bajar a orinar, percibió como el líquido se cristalizaba sobre la superficie helada del desierto blanco, acariciado por la blancura infinita de la luna. Volvió al auto, suspiró hondo y rogó que arrancara el motor, ya que si no lo hacía, quedarse varado allí con más de treinta grados bajo cero, era la muerte misma.

Entre la riquísima ristra de personajes con los que trató allí, entre cuidadores, “Jockeys”, domadores mapuches, y demás entusiastas de los “burros”, conoció al “Turco” Budumir. Quien fue amigo de un simpático militar de carrera, interesado por la toponimia aborigen de la región. Muchos años después, ese militar llegó a la presidencia de la Nación e invitó a su antiguo amigo a la Casa Rosada. “Paco” me contaba con mirada chispeante entre sorbo y sorbo de mate, la emoción de aquel “Turco” proveniente de soledades ignotas, ante los dorados oropeles y las arañas de cristal del palacio de gobierno, infestado de lujosos granaderos. Allí estaba él, con su mejor traje. Asustado, retraído, empequeñecido casi en las “mullosidades” del sillón, en donde aguardaba la audiencia. Súbitamente, se abrió una puerta gigantesca y el ambiente de repente se iluminó con aquella sonrisa “gardeliana” que había fascinado a más de medio país; y entonces el mismísimo presidente Perón, le dijo: “pásala Budumir”.

Amante del buen Jazz, música de la cual tenía miles de CDs y grabaciones diversas, supo pasarle esa pasión por la música a su hijo Francisco, sin embargo, nuestro punto de encuentro fue la literatura. Nos pasábamos horas comentando autores como Salinger, Borges o Saer, así como también los injustamente olvidados Lobodón Garra, Yamandú Rodríguez o Luis Franco. Me parece mentira no poder comentar con él la próxima novela de Pérez- Reverte, o paladear sus certeras opiniones y alentadoras críticas sobre mis propios libros. Hoy, somos mucho más pobres, culturalmente hablando, sin la presencia de Francisco “Paco” Andrés.

La pasión desbordante por los “burros” la compartía con amigos como Ramón Torta y con su propio hijo Hernán. Por eso, cuando se hable de sangres y pedigrís, de formas de cuidado o de que tal o cual no entra por nervioso, o no sale bien de las gateras, en cualquier “stud” de la Argentina, el amigo “Paco” dirá su opinión. A su manera, sin vueltas ni dobleces, como era él, derecho como lista e’ poncho.

En las cercanías de Azul, donde residía desde hacía años con su familia, falleció el pasado 30 de Noviembre en un accidente de auto. Con Guillermina su mujer, y sus hijos, nos preguntábamos, mientras intentábamos en la madrugada gris, gambetearle inútilmente al dolor, qué podría haberle pasado, justamente a él, que se pasó más de media vida en la carretera con el volante en las manos. Fútil pregunta, porque en esos momentos su alma ya sentía en su aura la dulce caricia de la eternidad. Buen viaje “Paco”. Hasta siempre.

¡Deja un Comentario!

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *