I.R.A: DIEZ AÑOS

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Por Silvio Randazzo

Promediando el recital, el cantante de la banda se para detrás del guitarrista y lo toma del cuello, sacudiéndolo como quien desea que le confiesen algo espinoso. Pero no hay violencia, hay -a su manera- confirmación de sentimiento, celebración. A tono con todo ahí dentro, vale decir. La banda es azuleña y se llama Incondicionalmente Raíces Argentinas, el cantante es Maximiliano Ciappina y el guitarrista, Martín Messineo. Suena el tema “Amistad”, soundtrack muy apropiado para propiciar el gesto referido.

I.R.A. cumplió 10 años desde su formación entre Azul y Tandil y dos discos más tarde, está subido a uno de los escenarios más grandes (en el sentido físico) que alguna vez haya pisado, llevando a cabo un show impactante y frente a cientos de personas que si bien esperan por el postre del final, sintonizan perfectamente con la “década pesada” del grupo.

En el Centro Cultural San Martín, el del viernes 23 de junio fue un tiempo metálico. Una fiesta, una revolución de la alegría pero sin globos inflados con el mismo aliento con el que se imposta sensibilidad por el prójimo. Tampoco hubo grieta (en algún tímpano, a lo sumo): arriba del escenario, un quinteto que abruma con su heavy metal trashero, el souvenir para que nadie se vaya con las manos del espíritu vacías. Abajo, un público que le ofrece a los músicos su repertorio de reconocimiento, respeto y cariño. Lo dicho, no hay grieta.

En el tablado, sobre un costado, manteniendo la fragua encendida, Gastón Ciappina truena la  batería y no hay achaque físico que lo convenza de lo contrario. Su sístole y diástole no mengua y “Gato” bombea (a dos masas) la sangre hacia el vaso sanguíneo de I.R.A., Víctor Silva. Empuñando el bajo, se hace lugar por los senderos de un sonido denso, frondoso, dominado por la guitarra. A la distancia, Víctor pareciera ser el tipo al que tenés que recurrir (con la mirada o con un mínimo gesto) cuando sospechas que no todo puede salir bien. Aplomado, ensimismado, el “profe” es la representación externa de que todo está muy bien (vaya uno a saber lo que sus entrañas le trasmiten). En una banda que por momentos es Hulk en su día más complicado, el bajista es el reparo.

Martín domina parte de la escena, el arquitecto de la fachada musical de la banda. Es arquitecto y albañil, pues al mínimo movimiento de púa empieza a construir un muro de ladrillos rasgueados que termina siendo aplastantemente necesario para el clamor de esas canciones. No se trata de un muro a lo Trump, es más bien una atmósfera alternativa al aire común que se está respirando puertas afuera, donde la tropa ronda las adyacencias de la plaza central con los ojos inquietantes que no encuentran el pecado de la horda metalera, chicos y chicas que toman cervezas en la esquina a sabiendas de que son la seguridad del orden viril.

El “enano” camina el escenario, va hasta Víctor que, como ya se dijo, lo convence de que la fiesta es fiesta, y comparten, entre retinas, la incómoda sensación sobre lo caótico que se ha puesto ese escenario. Baja un desnivel, se acerca a los vallados y solea con dedos que ya han recorrido las rayuelas de Kirk Hammett y “Tano” Romano.

Hay una caverna situada en el sótano de un subsuelo. Se halla dentro de Maxi, que es tan divo que canta en el fondo del escenario. Una imagina que cuando al Diablo lo retan por mandarse una macana, lo deben de hacer con esa voz. Revolea su melena, arenga y, de a momentos, salta. Es cuestión de estilo, pero no es una pose. Maxi canta así los temas de I.R.A. y, también, La Farolera.

¿Quinteto? Sí: Leo. El verdadero frontman del grupo, el más bardero y tan feliz como cualquiera de los cumpleañeros. Con el gesto imperecedero de James Dio y sin abandonar el trance, “Leíto” se deja acunar por la sucesión de temas y baila, baila, baila. Ante tanta impostura de integración de los discapacitados, I.R.A. pone la cara y el ejemplo. Ser feliz.

La fiesta entretiene pero no distrae. El tono bronco dice cosas, directas, sin metáforas, para que lo tomes o lo dejes, aunque no puedas esquivarlo. “Natural” es el álbum que provee casi todo el repertorio y las frases se hilvanan: “Celdas cibernéticas los mantiene aislados, ellos se conectan, malditos teclados” (Teknomanía)/  “Deben saber qué es el poder, para saber quién tiene el poder. Los medios tienen el poder” (Poder)/ “Pasó el tiempo y hoy yo siento que ni el tiempo podrá vencer. La amistad de nuestro ser es eterna por crecer” (Amistad)/ “Engañados, silenciados por la década infame de ayer. Nos sacaron a los pibes y a la guerra los mandaron a perder” (Malvinas)/ “Siempre quieren más, nunca pueden dar, aunque sea chico te van a cagar” (Más).

“Esta vez no hicimos ni video ni nada especial como hacemos otras veces. ¡Pero trajimos Malón!”. Las palabras de Maxi fueron el pedido de disculpas más celebrado de la historia. I.R.A. trabajó mucho para estar toda una noche de fiesta, involucrando afectos (amigos que cortan la entrada, esposas que las venden, otros tantos que acompañan) y reconociéndose en el mismo fatigoso aunque siempre placentero camino por el que transitan otras tantas bandas que no se cayeron del Cielo. Nomás alcanza con saber la tenacidad y paciencia que debieron invertir, sentados ante prejuiciosos escritorios estatales, para que esta fecha no se caiga. Pero las vulgares demostraciones de poder se contaminan en su propio vacío. Es natural, natural.

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