EN LA CONTRATAPA DE CADA DOMINGO DE ENERO

Inmigrantes pioneros en el Azul

A partir de esta edición, “El Tiempo” publicará cuatro contratapas dominicales consecutivas recorriendo la trayectoria de cuatro “Inmigrantes pioneros en el Azul”.
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A partir de esta edición, “El Tiempo” publicará cuatro contratapas dominicales consecutivas recorriendo la trayectoria de cuatro “Inmigrantes pioneros en el Azul”.

Desde la presente edición, durante cuatro domingos, recorreremos en las contratapas de “El Tiempo” la historia de cuatro inmigrantes que una vez radicados en nuestra ciudad desarrollaron todo su potencial no sólo para beneficio propio sino en definitiva para el progreso de Azul.

 

Por Eduardo Agüero Mielhuerry

La Revolución Industrial en distintos países de Europa implicó cambios profundos en la producción de diversas mercaderías y en el transporte, como así también mayores libertades civiles y políticas. Con el ferrocarril y el barco a vapor se facilitó el movimiento de trabajadores hacia lugares donde la creciente producción agrícola o industrial lo requería. Así se multiplicaron las corrientes migratorias tanto domésticas dentro del continente europeo como de ultramar, mayormente hacia América. Argentina -al igual que Estados Unidos, Canadá, Brasil o Uruguay-, está considerada como un país de inmigración, cuya sociedad ha sido influida en buena medida por el alto impacto que generó el fenómeno inmigratorio masivo, que tuvo lugar a partir de mediados del siglo XIX.

 

Con las puertas abiertas de par en par      

Argentina constituyó uno de los principales países receptores de la gran corriente emigratoria europea, que tuvo lugar durante el período que transcurre desde 1875 hasta 1950, aproximadamente. El impacto de esta emigración europea transoceánica, que en América fue muy grande, en la Argentina fue particularmente intenso por la cantidad de inmigrantes recibidos y por la escasa población existente en el territorio, de hecho, en el primer censo de 1869 la población argentina no alcanzaba a 2 millones de habitantes.

Las primeras colonias rurales de inmigrantes tuvieron lugar bajo el gobierno de Justo José de Urquiza. Sus sucesores en la presidencia de la Nación, Bartolomé Mitre, Domingo F. Sarmiento y Nicolás Avellaneda dieron estímulo a iniciativas similares, aunque inicialmente no hubo una implicación directa del gobierno en las mismas.

 

Hasta en la Constitución…    

Tras las luchas intestinas entre unitarios y federales que impidieron el establecimiento de políticas demográficas consensuadas, a partir de 1854 el gobierno nacional decidió dar impulso a la inmigración europea. La decisión no se basaba simplemente en la necesidad de proveer al país de mano de obra que permitiese aumentar la producción de la tierra, para cumplir el papel agroexportador que la división internacional del trabajo vigente le asignaba; respondía también a la decisión de las élites ilustradas de modificar la composición poblacional argentina. Esta política se reflejó incluso en el texto de la Constitución Nacional y el ideario sostenido por Juan Bautista Alberdi.

En 1875, durante la presidencia de Nicolás Avellaneda, el gobierno federal decidió organizar el proceso de población, para lo que creó la Comisión General de Inmigración; al año siguiente se dictó la Ley de Inmigración y Colonización Nº 817. En los años siguientes, la política gubernamental se limitaría a encauzar la inmigración espontánea.

La inmensa mayoría de los recién llegados se abocó a tareas agrícolas; eran en su mayoría agricultores de origen, y estaban atraídos por la promesa de distribución de tierras en los inmensos despoblados. Sin embargo, la mejor parte de los terrenos públicos se había vendido ya para 1885, dando origen a enormes latifundios en la pampa húmeda, por lo que sólo la parte más pudiente de los que se radicaron pudo disponer de terreno propio. Las tierras fronterizas con los dominios de mapuches y ranqueles fueron quedando, a medida que el combate contra estos los obligaba a replegarse, en manos de estancias dedicadas a la ganadería.

No sólo la migración directa redundó en el aumento de la población; gran parte de los inmigrantes formó familias numerosas, un fenómeno natural en el campo, donde los hijos representaban mano de obra disponible ya desde temprana edad. El volumen de la inmigración, constante desde mediados del siglo XIX hasta finalizado el primer cuarto del XX, significó en términos demográficos que la población argentina se duplicara cada veinte años.

Instalados en las ciudades, los inmigrantes se integraron en los sectores secundarios y terciarios de la economía nacional. La construcción del ferrocarril les representó una importante fuente de trabajo, pero muchos de los mismos se abocaron al comercio y a la artesanía. El sector industrial reclutó sus principales impulsores. Argentina desplegó un poderoso esfuerzo gubernamental por lograr la homogeneización cultural de los inmigrantes. Favorecido por las notas comunes —el origen latino de casi el 80% de los llegados en estas oleadas—, el gobierno federal instrumentó una política de educación e inserción forzosa, basada en la obligatoriedad de la enseñanza primaria a partir de 1884 y la inculcación de la épica nacional elaborada por la historiografía.

 

En nuestro Azul…   

Los inmigrantes que arribaron al Azul desde mediados del siglo XIX, se vieron favorecidos por diversas razones, entre ellas la riqueza de las tierras para las actividades ganaderas y agrícolas, y por el vertiginoso desarrollo de la actividad comercial que el ferrocarril y ellos mismos impulsaron.

Desde Francia, Italia y España, fundamentalmente, arribaron las principales corrientes migratorias que le dieron a nuestro pueblo un carácter particular, desarrollista y progresista, a punto tal de ser una de las principales ciudades del interior de la provincia de Buenos Aires hacia finales del siglo XIX, siendo inclusive candidata a capital bonaerense.

A partir de esta edición de “El Tiempo”, a través de cuatro contratapas, recorremos la trayectoria de cuatro “Inmigrantes pioneros en el Azul” que marcaron con su estilo particular algún aspecto de nuestra comunidad y pusieron su mayor esfuerzo no sólo para el crecimiento propio sino en definitiva para la expansión y desarrollo de Azul.

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