¡IRACUNDIA!

Por Adolfo Mirande – Especial para EL TIEMPO

“¿Por qué me odias tanto si no te he hecho ningún favor?” (Antiguo dicho bearnés)

Siempre supe que era enigmáticamente peligrosa.

E intuía que potencialmente guardaba más cosas de las que imaginábamos.

Y aunque eran las amenazas de una  borracha indefensa no había que subestimarla.

La mujer nos aborrecía.

Y renegaba hasta de sus “mejores” recuerdos y de los únicos seres con que contaba en la vida aunque sea para odiarlos.

Su encono enfermizo era para su hijo, para su esposo, que era mi hermano y especialmente para mí que tanto la ayudaba.

Porque los favores no son útiles para quien los recibe cuando este los entiende odiosos para su orgullo.

Es cierto; todo lo que era y lo que tenía nos lo debía a nosotros; a mi hermano y principalmente a mí.

Torturada por crueles resentimientos de sus elucubraciones jamás encontraría la paz sin el desquite por el odio mismo.

Y en la venganza como en el amor la mujer es más intensa que el hombre.

Jamás debimos subestimarla.

Los cuatro, que éramos la familia, comenzamos a beber al anochecer,  y yo hasta perder totalmente el conocimiento; las borracheras entre nosotros eran como las peleas, muy intensas y hasta el final.

Después del coma alcohólico y de la violenta evasión etílica, desperté.

Lo primero que sentí fue el dolor insoportable de mi cabeza que explotaba en pedazos como una bomba.

Inmediatamente supe por el olor nauseabundo que estaba tirado en el viejo y abandonado  excusado de chapa a veinte metros de la casa.

Sin duda ya era la mañana porque se filtraba una leve luz por las juntas de las planchas de lata con los palos de madera que las sostenían.

Entre mi deshidratación, el calor que aumentaba rápidamente y la repugnante atmósfera traté de incorporarme entre las arcadas que me producía la náusea.

Pero me resultó imposible moverme ya que alguien había puesto su industria en la labor de sujetarme con lonjas de cuero  a un poste de los que mantenían de pie al galpón.

Cuando moví un brazo mi  mano no llegó muy lejos; estaba prisionero a la fuerte estaca de madera.

Las magulladuras y las escoriaciones ardientes en carne viva indicaban seguramente sevicias reiteradas en momentos de producirse mi apresamiento estando ebrio.

 

Se me hacia siniestra la penumbra que provocaban las raquíticas  líneas de luz  que dibujaban las juntas del precario galpón.

Los cuerpos de mi hermano y de su hijo estaban inmóviles muy cerca y mostraban ostensibles y brutales marcas de tortura exhibiendo mi sobrino, creo que moribundo, el vaciamiento de sus cuencas oculares.

Mi sorpresa hizo brotar un alarido de mi pecho ante tal grado de crueldad y barbarie  y  fue respondido desde el exterior del excusado por la carcajada demente de la mujer.

Mientras me embargaba la incertidumbre y  vacilaba mi  cordura ocurrió otra observación espantosa.

Las manos de mi hermano estaban tronchadas de sus brazos y como arrancadas a hachazos, mientras el respiraba entre convulsos estertores, con feos sonidos guturales.

Y mi aullido animal se oía  como el bramido de un alma en pena sin perdón.

Desde el exterior del galpón llegaba la carcajada endemoniada de la asesina, muy lejos de los límites de la razón, que ponía un marco de satanismo a la escena.

Ya el calor era intenso en el pequeño retrete por lo avanzado del día.

Pero el aumento de la luz me permitió observar varias víboras de coral, muy comunes en los bosques cercanos, puestas a mi nombre.

 

Se mantenían pacificas por no sentirse amenazadas y no pensaba ser yo  el que las alborotara.

Dentro de mi espanto observaba sus bellos anillos rojos, negros y amarillos  que se movían con la mágica lentitud de los reptiles por sobre los cuerpos asesinados.

Seguí manteniéndome inmóvil durante un buen rato y la curiosidad y el odio irracional de la mujer hizo que de un momento para otro abriera intempestivamente la puerta del  galpón y trastabillando ebria cayera en el piso rodando entre el nudo de víboras y fuera mordida por los colmillos letales.

La enferma me miró por última vez con ojos de un reproche infinito.

Y ya hablaba sin subterfugios y expresaba sin eufemismos su profundo aborrecimiento por nosotros.

–¡Te odio por depender de tus limosnas , por sentirme mantenida !, dijo.–¡Los odio por humillarme!, agregó.

–Aborrezco que disfrutes tu compasión por mis miserias.

–¡Porque me cuidas tanto!. –¿Por mi o por ti?

–Deja de degradarme, no me compadezcas. –¡Te odio!.

 

La soberbia, en caso de recibirse favores, puede ser molesta en principio y tornarse en agobiante y generadora de odio irracional por parte del que los ha aceptado.

Hay situaciones en que los sentimientos de obligación que lleva implícito el agradecimiento pueden volverse en resentimiento mortal en contra del magnánimo.

Una cosa es el agradecimiento y otra muy distinta la patológica humillación eterna por un favor.

Hay un sarcástico y oscuro dicho bearnés que dice:

“¿Por qué me odias si no te he hecho ningún favor?”.

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