RELATOS DESDE EL ENCIERRO

Jorge

Por Matías Verna  (*)

Se llamaba Jorge Rojas antes que el cantante, tendría 45 años, 1 metro 80 y 60 kilos con ropa mojada. Poco pelo, anteojos sin aumento (“para achicar el naso”, decía y se reía casi sin dientes), zapatos gastados, un jean Motor Oil y una campera rompe viento negra con un bolsillo lleno de remedios para el HIV y en el otro un Nuevo Testamento con Salmos y Proverbios.
“¿Usted es nuevo no?”, me preguntó desde el pasa platos de la celda 94 del pabellón N° 2 en la Cárcel de Sierra Chica.
“Si”, contesté. “Y en poco tiempo me voy”, retruqué con voz nada creíble de suboficial malo y pseudo fascista.
“Uuuuuu”, decía y se golpeaba la frente, “mal ahí encargado”.
Seguí caminando por ese pasillo frío por donde se asomaban caras curiosas por conocer al nuevo y de paso aprovechar para pedirle un cigarrillo, una salida hasta el teléfono, una audiencia o simplemente interrogarlo para conocer sus movimientos e inexperiencia.
Los cables cruzaban por todos los sectores. Las luces casi no se veían, la humedad se metía por los borceguíes y yo me creía el supremo mientras caminaba por ese pabellón nauseabundo con todos los presos encerrados.
No miraba para atrás.
Sólo me acercaba a las celdas para saber el nombre de sus habitantes.
Un olor indescriptible se adueño del uniforme y de mi cuerpo. Mezcla de vomitonas, cagaderas, comida en mal estado y perfumes adulterados. Tal vez más, tal vez menos.
“Tumba, encargado”, dijo Jorge Rojas, que veía mi nariz hociquear por la ropa azul. “Es olor a tumba”, sentenció.
Caminé en silencio. Levanté un pan del piso y lo puse en el pasaplatos de la celda 101 de la que sólo se asomaron unos dedos y se lo llevaron.
Yo también me voy, dijo Jorge Rojas, y desde el pasaplatos sacudió los blisteres de su medicina.
Hacía casi un año que Jorge Rojas estaba esperando el traslado a la Unidad N° 9 de La Plata. Su causa era estafas reiteradas, robo calificado y doble homicidio con algo más que lo condenaban a 25 años de cárcel en la Unidad N° 2, sumado al HIV, la humedad, la soledad, y finalmente casi la locura.
Supe que fue taxista, que tuvo muchas mujeres y en una de esas noches con cocaína alcohol y otras cosas, con una amante ocasional contrajo la enfermedad.
Era gracioso. Y los jueves o los miércoles me pedía a las 18.30 hacer una llamada telefónica. Nunca supe con quien hablaba. Cuando colgaba el tubo me miraba y decía: “Todo bien encargado. Gracias”.
Murió unos meses después de mi traslado a la Unidad N° 7 de Azul. Antes de irme, lo saludé con un apretón de manos. Estaba pálido y siempre de buen humor.
Me dio su Biblia autografiada. Decía así: “La mala suerte de esta vida me dio la buena suerte de conocerte. JR”

(*) Es periodista y escritor. Nacido en Azul, vive actualmente en Olavarría y se encuentra trabajando en la publicación de su séptimo libro titulado “Crudo”, el cual será editado en el mes de abril. En esta sección compartiremos textos inéditos que detallan, con ficción y realidad, la vida en contexto de encierro, tanto de empleados del SPB como detenidos

¡Deja un Comentario!

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *