MEMORIA, VERDAD Y JUSTICIA 

Julio y Pedro: historia de amistad, fútbol, militancia y abrazos de gol secuestrados

Varela y Frías, dos jóvenes azuleños que se hicieron amigos y jugadores de fútbol en La Tosquera, que lucieron en Alumni y Vélez y que mientras anhelaban ser Hugo Gatti o Ermindo Onega, abrazaban la militancia peronista y le cobraban a la vida al contado.

Equipo de fútbol de la ENET Nº1 Vicente Pereda. Parados, desde la izquierda: Barcos, Asad, Frías, Quiroga, Oceprat, Covatii, Cañibano, Farina y Orueta. Hincados, mismo sentido: Mastantuono, Varela, Rodríguez y Caro. 
FOTOS GENTILEZA JULIO VARELA 
Pedro Frías, el arquero: “Era un deportista natural y destacado, creo que participó de todo: atletismo, básquet, vóley”.
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Equipo de fútbol de la ENET Nº1 Vicente Pereda. Parados, desde la izquierda: Barcos, Asad, Frías, Quiroga, Oceprat, Covatii, Cañibano, Farina y Orueta. Hincados, mismo sentido: Mastantuono, Varela, Rodríguez y Caro. FOTOS GENTILEZA JULIO VARELA

Por Silvio Randazzo

Esta historia de amistad es, si se quiere, como otras miles de miles. Dos chicos que se conocen en la Escuela Técnica “Vicente Pereda”, en 1962, cuando ambos comenzaban el secundario. Sus casas están muy cerca una de la otra en torno a la Plaza La Tosquera, en épocas en que la zona tenía –en plena “vigencia”– tantos studs como almacénes y bares. Uno de ellos, Pedro, aparece en la puerta de la casa del otro, al cabo de unos días de clases en la ENET: “Soy Pedro Frías –se presenta–, estuvimos estos días en la escuela. Yo vivo en la casa de mi tía”.

La primera misma fiebre que hizo arder sus sienes fue el fútbol, tanto en la escuela, como en el barrio y los clubes liguistas: “Paisano” Frías jugaba en Vélez y Julio Varela en Alumni. Pedro era hincha de River, Julio es hincha de Boca. Pero la vida no era una pelota y había un caldo de cultivo donde zambullirse con el corazón entre las manos: Perón proscripto, la calesita de dictaduras, los curas tercermundistas en la Iglesia de Lourdes, el obispo Manuel Marengo como referencia, la Encíclica de Pablo VI “El desarrollo de los pueblos” tatúa varias generaciones, la rareza de vivir en democracia, García Márquez, Cortázar, Hernández Arreguy… la Juventud Peronista.  Un contexto vasodilatador para dos jóvenes sensibles, una necesidad que iba germinando en el mismo suelo donde el poder económico echaba raíces y reclama una dictadura que le limpiase el camino, que extirpara a los argentinos que tenían –Galeano dixit– ideas ideológicas.

Julio habla hoy con la voz algo apagada pero con las pupilas todavía fulgurantes. Él puede hacerlo, el “Paisano” ya no: la dictadura cívico militar que asoló el país desde 1976 hasta 1983 lo desapareció el 20 de junio de 1978. Varela –detenido entre 1974 y 1982– recuerda aquellas horas de potrero, de conversas apasionadas donde Gatti hacía la de Dios y donde Rojitas era más notable que Pelé, mientras el delantero de Alumni vulneraba al arquero de Vélez, tal vez el mismo día en que el cadáver de Evita iniciaba su periplo furtivo.

La que aquí se aborda, probablemente, no sea una historia más y se hace su lugar en estas páginas como símbolo perenne de tantas otras tan dolientes y similares. Pedro Frías, su ausencia física, duele a sus seres queridos y también, lo aceptemos o no, nos duele colectivamente, entre otros aspectos, porque se trató de una dictadura cívico militar, a cuyo extremo superior del hilo marionetero estaban las manos de un país cuyo actual presidente acaba de tirar flores al río.

“La memoria es el único paraíso que tenemos desde el cual no nos pueden expulsar”, dijo –desde un escenario– Indio Solari. Y acá estamos, somos muchos, los residentes en ese paraíso.

–Julio, ¿cómo fue alimentándose su pasión futbolera? ¿En qué barrio o club, a qué edad, qué tipo de partidos o competencias?

–La pasión por el fútbol, en mi caso, fue la mejor herencia que tuve del maestro, mi viejo; aquel que le dio durante muchos años tantas alegrías a la hinchada albinegra y también al fútbol de Azul, cada vez que se puso la camiseta del seleccionado y el brazalete del gran capitán.

El “Paisa”, por su parte, era un deportista natural y destacado, creo que participó de todo: atletismo, básquet, vóley, aunque, claramente, entonces el fútbol era la cita obligada de los domingos. Él comenzó en las inferiores de Vélez Sarsfield, y yo en Alumni.

En el barrio (además de los “picados” habituales en la Plaza La Tosquera), juntos integramos el equipo del Tiro Federal que tuvo su sede en el antiguo stud propiedad de Ismael Isasa, un fenómeno de persona. Muchos pueden recordar los famosos equipos de las  diferentes barriadas, eran verdaderos equipos de Primera división: Lavalle, el club del sordo; Estrellas de Juventud, del gran jugador Toledo Gómez; el Porvenir de Villa Piazza, el Ciclón de villa del Carmen, Villa del Parque y tantos otros importantes. Los torneos generalmente se hacían en la cancha de Deportivo Azul.

Luego, en la ENET N°1 Vicente Pereda formamos un equipo imbatible  en las olimpiadas estudiantiles. Recuerdo al “Chaira” Covatti, Miguel Ginepro, Cesar Caro, el “Piojo” Rodríguez, por nombrar algunos.  

También en la cerámica San Lorenzo, lugar donde trabajamos, participamos de los torneos comerciales que fueron memorables en nuestra ciudad.

–¿Cómo convivían la práctica del fútbol con la dedicación militante? ¿A qué grandes jugadores “compañeros” recuerda y en qué clubes?

–A la par que crecimos y fuimos ascendiendo en el fútbol oficial, alguna vez nos tocó enfrentarnos en los torneos juveniles. Entonces Vélez tenía un gran equipo, algunos integrantes fueros Ricardo Bello, Ernesto Abot, el “Vasquito” Borda, Luis Mazzey, un goleador nato, y otros. Y otras veces, nos tocó también representar Azul en los seleccionados juveniles. A esta altura está claro que hasta casi los 18 años, además del estudio y el trabajo, el fútbol ocupaba la mitad de nuestras vidas y fue, quizás, promediando los sesenta que se nos aparece la otra pasión, que fue definitiva: en aquellas circunstancias del país y del mundo, junto a nuestros ideales de justicia y libertad, la militancia política y social llenaría nuestros espíritus para siempre.

–En sus charlas con “Paisano”, ¿qué gustos futbolísticos emergían? ¿Qué ídolos compartían o discutían?

– El “Paisa” fue fanático de River y sus ídolos indiscutidos fueron Amadeo Carrizo, Ermindo Onega, aunque él en el arco trató de parecerse al “Loco” Gatti (y así se comió unos cuantos goles). Se sabía y recordaba todas las formaciones de los equipos de River desde la fundación del club y era muy común verlo portando en el bolsillo de la campera la spika a transistores, para escuchar los partidos del fútbol nacional.

En Azul y en Vélez integró el plantel de una de las mejores campañas futbolísticas (creo que la de 1964) y había otra gran arquero, “Mando” Borges, y jugadores de gran nivel como Zarza, Canevello y otros.

–En términos generales, ¿cómo reaccionó el ambiente futbolero cuando ustedes fueron chupados?

–La dirigencia de Alumni que se puso al hombro la historia de la institución, para conmemorar los 100 años de gloria, tuvo la feliz idea de iniciar los festejos reuniendo el plantel, aquel que ganó cuatro torneos consecutivos en la liga local, los años 68, 69, 70 y 71. Y allí estuvimos en ese reencuentro que nos permitió disfrutar como siempre, a pesar del tiempo transcurrido, de aquellas historias, anécdotas, glorias y fracasos y estrecharnos en interminables abrazos… que como dijo el “Pepe” Mujica: un abrazo me encanta, dos me conmueve, tres me alegran pero quinientos me asustan. Equivalen a una paliza”… para el alma.

Durante nuestra detención, muchísimos fueron a vernos, tantos que en algún momento tuvieron que habilitarnos las aulas de la escuela para tener lugar y estar mas cómodos. Todo esto quedó registrado y vale decir que aun había autoridades que se comportaron correctamente, como el “Negro” Mugueta, aunque luego, cuando las FFAA que ya venían por el poder total, tomaron el control, todo cambio para mal.

 –¿Volvió a jugar al fútbol luego de ser liberado? ¿Recuerda la sensación inicial?

–A los 33 años tuve la intención de volver a jugar y la verdad es que me sentía con ganas, estaba todavía Víctor, pero tenía mucho para reconstruir y me conformé con participar con algunos picados de fin de semana en una cancha frente a la pileta del club San Martín. Hoy lo pienso y creo que además de la práctica deportiva y de los resultados, me impulsaba encontrar en el fútbol y en la pelota la alegría, la pasión y los momentos de felicidad que disfrutábamos cuando éramos pibes.

 

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