LA BATALLA POR LA PRODUCTIVIDAD

El gobierno de Mauricio Macri ha manifestado el propósito de extender a otros sectores económicos los acuerdos de productividad alcanzados con el Sindicato de Petroleros en Vaca Muerta (Neuquén). De inmediato, se ha producido la reacción de dirigentes sindicales y algunas voces kirchneristas, alertando sobre el propósito gubernamental de implantar una suerte de nueva “flexibilización neoliberal”. De este modo, posiciones inmovilistas y conservadoras, se refugian en viejos y gastados clichés para oponerse a la innovación y el crecimiento, señas de identidad de la sociedad moderna. La economía capitalista genera una corriente continua de innovaciones como consecuencia de la competencia entre las empresas. La introducción de nuevos procesos y tecnologías permite aumentar la productividad de las empresas y gracias a estas mejoras de la productividad aumentan los salarios y disminuyen los precios de los productos y los servicios. Como consecuencia, aumenta también la renta disponible de todos los habitantes de un país.

Naturalmente, los cambios y las innovaciones tecnológicas obligan a realizar un esfuerzo adaptativo que genera ciertas resistencias. Todos los seres humanos experimentamos una cierta incomodidad cuando debemos reprogramar nuestros hábitos. Pero esto no debe servir de excusa para oponerse a la innovación.

Invocar derechos adquiridos en otros contextos productivos, tratando de hacer lo que ya no sirve, solo puede ser fruto de la incomprensión y de la persistencia de visiones que han quedado desactualizadas. Según Richard Florida (“La clase creativa”), la creatividad es la fuente decisiva de toda ventaja competitiva. La creatividad no se reduce simplemente al descubrimiento y aplicación de nuevos inventos, sino que es multidimensional y aparece en múltiples formas que se refuerzan recíprocamente.

Exige la revisión constante y el mejoramiento de las actividades y procesos productivos y la mejora en la calidad de los productos. Por ende son los propios trabajadores, insertos en la praxis productiva, los que se han convertido en el recurso principal de las empresas porque son la principal fuente de creatividad. Naturalmente, la motivación que despierta la creatividad procede de recompensas extrínsecas o materiales -como la retribución y la promoción- y otras intrínsecas o inmateriales, como la satisfacción que produce el trabajo bien hecho como expresión de la creatividad y el desarrollo de nuevas capacidades y destrezas. Si bien la satisfacción es una sensación individual es la empresa la que debe suministrar el entorno y las condiciones que faciliten la creatividad. Aquí, los sindicatos tienen una amplia responsabilidad en la labor de expandir ese espacio de la creatividad. Cuando Karl Marx describió el fenómeno de la alienación como la forma que el trabajador se vinculaba con los medios de producción en el capitalismo no imaginó que por una vía indirecta se produciría una forma diferente de relación.

Aunque en el marco del capitalismo, el empresario conserva la propiedad jurídica de los medios de producción, en el proceso productivo son los trabajadores los que detentan el control intelectual de esos procesos. De modo que, lejos de vincularse de un modo alienado, es la inserción en el proceso productivo lo que hoy ofrece la posibilidad de un desarrollo creativo y personal. Si bien puede pensarse -y no faltan motivos para ello- que estos niveles de autonomía y creatividad sólo se dan en las empresas más avanzadas -mientras en la inmensa mayoría predominan las viejas lacras del capitalismo- lo cierto es que estamos ante un proceso creciente de expansión de las nuevas concepciones sobre la gestión empresarial. Y la labor de los sindicatos puede ser relevante para acompañar esos procesos y garantizar el equitativo reparto de cargas y beneficios. El viejo sindicalismo de confrontación, basado en la ideología de la lucha de clases, que contempla la relación con la empresa como un juego de suma cero, donde las ventajas de una parte son la consecuencia de restárselas a la otra parte, carecen de actualidad. No toman en cuenta que con la mejora de los procesos, la economía de esfuerzos y la introducción de nuevas tecnologías, se gana en productividad y eso permite mejoras en las remuneraciones y mayor confort en la realización del trabajo. Refugiarse en derechos adquiridos en procesos productivos que han quedado obsoletos por la aparición de nuevas tecnologías es una forma de quedar atados a un esquema mental desactualizado. No se puede ignorar lo que está pasando en el mundo. No hay modo de insertarse en la nueva economía globalizada sin empresas capaces de conquistar mercados en base a la innovación y la creatividad, facilitando la incorporación de los nuevos procesos.

No existen muchos países capitalistas con la tasa de informalidad que tiene nuestra economía. Esa enorme masa de trabajadores excluidos de los sistemas de protección social es la evidencia más elocuente de que algo funciona mal en nuestra organización económica y productiva. Una de las causas es la extremada rigidez que impide comportamientos más abiertos y participativos. La rigidez es consecuencia de la falta de flexibilidad mental, que es la verdadera flexibilidad que necesitamos. (DYN)

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