LA CGT EN SU LABERINTO

 

La movilización de la CGT no tiene marcha atrás, pero todavía arrecian algunas sombras sobre el paro anunciado para la segunda mitad de marzo. Cabe preguntarse si la central sindical está dispuesta a pasar un sofocón como el del año pasado, cuando suspendió una huelga en ciernes, apenas satisfecha con un par de beneficios y muchas promesas aún insatisfechas.

La lógica indicaría que no, pues las respuestas a las demandas gremiales son nulas por ahora, sobre todo cuando desde la dirigencia sindical parten reclamos equivalentes prácticamente a un cambio de modelo económico. Sin embargo hay algunos que confían en alguna vía de diálogo e incluso hay portavoces gubernamentales ocultos -alguno de ellos funcionario de alta jerarquía- que hacen gestiones denodadas.

Pero, en definitiva, no tienen poder o herramientas suficientes para ofrecer algo, salvo su buena y añeja relación con los gremialistas, incluso su empatía ideológica.

En tanto, hay una serie de factores y circunstancias exógenas que también acosan a los dirigentes sindicales y los colocan en difíciles encrucijadas. Por caso, la politización a la que quiere llevarlos la ex presidenta Cristina Fernández, quien rápida de reflejos “resignó” una marcha en su favor el mismo 7 de marzo -día en que debe declarar en tribunales como acusada- para convocar a apoyar a la CGT.

Un “salvavidas de plomo” al menos en términos populares y mediáticos, consideran en la sede de Azopardo 802, razón por la que uno de los jefes cegetistas, Héctor Daer, salió rápidamente a despegar a la central de ese apoyo de la ex mandataria. Lo mismo que la multiplicación de los problemas en las diversas actividades, donde se suceden los cierres de comercios o fábricas, suspensiones y despidos, a pesar de que se anuncia crecimiento del empleo en los últimos tiempos. Crecimiento que no compensa la caída anterior. O bien un crecimiento que se da especialmente en el Estado, como ha venido ocurriendo.

Si a la CGT se le cruza por algún momento levantar el pie del acelerador, le será difícil por otro lado apretar el freno, pues muchos sindicatos están atravesando problemas serios en sus actividades y no aparecería otra forma de canalizar el malestar general y de unificar la demanda que a través de una medida global. El detonante inicial más fuerte parecía ser el de los bancarios, pero las amenazas de una huelga que iba a dejar a todo el país cinco días sin servicios (un viernes, todo un fin de semana, más un lunes y un martes) terminó forzando un acuerdo que dejó a la drástica medida en la nada.

Un acuerdo salarial que rompió el techo del 20 por ciento de aumento para todo el año pretendido por el gobierno (fue de casi el 24), aunque la administración Macri quiera demostrar que no fue así. Ahora la mecha la encienden los maestros, justo en la víspera de la movilización cegetista, y entonces serán los gremios docentes los que, sin estar encolumnados en la central peronista tradicional, van a marcar el camino.

Entonces no les quedan muchas válvulas de escape a los caciques ortodoxos, máxime, como se ha dicho, cuando el gobierno no les abre la mano y las soluciones solo pueden partir -como siempre ha sido- del área de Economía y nunca del Ministerio de Trabajo, una cartera protocolar y burocrática que no diseña políticas de Estado ni condiciones económicas para crear empleo genuino.

Encima, empiezan a clarear cuestiones puramente políticas y la necesidad de ir oteando el horizonte peronista, aunque algunos, como Daer o Facundo Moyano, se sabe, están militando en sectores definidos, como el massismo.

Acá tallan también los veteranos que están en bambalinas, como los ex jefes de las centrales anteriores a la unificación, como Luis Barrionuevo o Hugo Moyano.

Y eso, como otras circunstancias sindicales y políticas, juega y hasta interfiere en la vida interna de la CGT, donde siempre hay ruidos internos, incluso en momentos claves como los actuales. Una CGT que no puede evitar andar siempre en algún laberinto.

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