La construcción social de la mujer

Por Lic. María Emilia Baldini (*)

emibaldini@hotmail.com

El 8 de marzo se conmemora el Día de la Mujer con el ánimo de exigir y reconocer la igualdad de derechos y oportunidades para las mujeres, atendiendo a las diferencias civiles, políticas, laborales y sociales que han existido en los últimos siglos. Los logros en los últimos años, han sido innegables, no obstante ello,  llama la atención que deba existir un día para recordarlo.

Hace unos meses, se produjo una manifestación femenina en donde muchas mujeres  reivindicaron el valor de sus pechos en su carácter maternante y la  importancia, justamente, de la lactancia materna. En esa ocasión, varias madres se mostraron en las plazas con sus niños en brazos amamantándolos; repudiando así la sanción que habría recibido por aquellos días una mujer por mostrar su pecho mientras alimentaba a su hijo en la vía pública.

Poco tiempo después, se autoconvocó una nueva manifestación de  mujeres en varias ciudades del país  -a raíz de la detención de dos mujeres que hacían topless en una playa en la ciudad de Necochea- armando lo que llamaron un “tetazo”. En ella se exigía una no discriminación e igualdad en torno a la posibilidad de mostrar los senos femeninos, de la misma manera que los hombres muestran los propios. En esta ocasión, los pechos aparecían más vinculados a una cuestión de erotización y sexualidad.

Ambas manifestaciones llaman la atención respecto al lugar simbólico y real que la mujer y el cuerpo femenino ocupan  a nivel social, así como también, al disciplinamiento sostenido al respecto.

La psicoanalista Ana María Fernández analiza lo que ella llama “La mujer de la ilusión”; ilusión creada y sostenida a nivel imaginario-social sobre el lugar de la mujer. Refiere que hay  tres mitos enlazados entre sí que han operado para sostener esa ilusión: el de la  mujer- madre; el de la pasividad erótica femenina  y el del amor romántico. Estos mitos, al construir una realidad vivida como “la realidad objetiva”, organizan las formas de los lazos sociales, constituyen al sujeto y son recreados por cada individuo singular.

La mencionada autora sostiene que, en las mujeres la jerarquización  de su lugar maternal ha privilegiado su aspecto reproductor en detrimento de su erotismo; hombres y mujeres han ubicado el lugar del placer sexual de las mujeres más como acompañantes que como protagonistas. Esencia femenina, mas madre que mujer, mas objeto que sujeto erótico. Una anatomía imaginaria “castrada” de las mujeres, que sostiene en su contrapartida un erotismo masculino activo y fálico.

Asimismo, la conyugalidad monogámica unilateral fue una forma instituida del control de la sexualidad de las mujeres. Esa pasividad femenina se configuró en una subjetividad y posición  de “ser de otro” – llama la atención inclusive que hasta en la firma personal, muchas mujeres agreguen el apellido del esposo al contraer matrimonio, firmando como “fulana de tal” – operando así ese mito inocente del amor romántico.

Por supuesto que, este imaginario social ha ido cambiando notoriamente en los últimos tiempos, entrando en crisis muchas de esas significaciones sociales que sostuvieron y construyeron  esos modos subjetivos de lo femenino y lo masculino. Son visibles los cambios respecto a la tradicional familia nuclear monogámica y las modalidades familiares actuales, la identidad  y diversidad de género, lo permitido y prohibido socialmente  a nivel prácticas de la sexualidad etc.

No obstante ello, respecto a las manifestaciones mencionadas, me pregunto si ese “tetazo” -organizado por una minoría femenina-  no está quizás vinculado a algún vestigio de aquellas significaciones mencionadas sobre los lugares otorgados al erotismo femenino durante décadas y en conjunción, con un marco social actual posmoderno en donde se ha instalado la proclamación de igualdad en todos los ámbitos. Cabe mencionar que divergen las opiniones femeninas al respecto. De hecho, para muchas mujeres su pecho es diferente al de un hombre porque puede amamantar, enfatizando este aspecto y proclamando justamente  el reconocimiento de esa diferencia;  en el “tetazo”,  por el contrario,  aparece otra lectura, no habría diferencia sexual entre los pechos masculinos y femeninos  que justifique  que los hombres puedan  no  cubrirlos, siendo arbitraria dicha imposición para con  las mujeres, anulando así toda posible diferencia.

Más allá de la posición individual de cada quien al respecto,  cabe preguntarse qué cubren y qué muestran realmente estas prácticas sociales femeninas, y qué “ilusión” sostiene hoy a la mujer posmoderna.

(*) Lic. en psicología.

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