La cultura de la violación explicada para varones

ENFOQUE

Escribe: Moira Goldenhörn – Abogada

feminista, docente-investigadora.

Los diarios dicen que, en lo que va del año, en nuestro país se han asesinado, después de violadas, 22 niñas. El femicidio infantil de Sheila es sólo uno de los cientos que hemos conocido, quizás después de las escandalosas violaciones seguidas de muerte de las niñas Jimena y Nahir Mostafá finalizando los años ’80. O quizás repercutieron escandalosamente en mí esos casos por tener yo misma la edad de las víctimas cuando sucedieron y haberme enterado, de ese modo, que mi vida estaba en riesgo por haber nacido mujer.

La cuestión es que, por diversos motivos, terminé intentando querer explicar a qué se debe que un hombre decida abusar sexualmente de una niña, de una adolescente o de una mujer, incluso de ancianas. Desde el Derecho muchas explicaciones no se han dado, simplemente nos limitamos a aplicar leyes que los mismos hombres han hecho y que, en un comienzo, calificaban a las violaciones y abusos como “delitos contra el honor”, porque, a través de ellos, se dañaba irremediablemente el honor, la decencia y la reputación de una niña o una mujer, quienes, al quedar deshonradas, ya no servían a la función reproductiva del patriarcado, sin honor no servían para ser las madres castas e inmaculadas que el sistema requiere. Veamos que la víctima era, además de víctima de violación, víctima de la sociedad toda al haberse decidido en el Congreso Nacional que tales delitos sexuales afectaban su honor. Curiosidades patriarcales eso de considerar una deshonra el haber sido abusada, y no, en cambio, ser el abusador.

Por otro lado, desde la psicología hay diversas explicaciones sobre la personalidad del agresor, sus orígenes, el vínculo con su madre, su padre, una supuesta necesidad biológica de aparearse, etc. Pero desde otras ciencias sociales, como la antropología y la sociología encontramos explicaciones mucho más contundentes porque la violación se explica desde la estructura social: la violación es un acto de poder y disciplinamiento de los hombres sobre las mujeres (y, en algunos casos extremos, de los hombres entre sí).

La cultura de la violación como forma de vivir  

Ocurrió en medio de los festejos por el centenario del Parque Municipal que unos señores, en un auto “tuneado” con grandes parlantes, ignorando a las centenas de  personas alrededor de ellos, el ambiente de tranquilidad familiar que se vivía e incluso a la música que sonaba suave por el espectáculo de folklore que se estaba ofreciendo, estacionaron, abrieron el baúl y nos obligaron, a todos y a todas, a escuchar su reggaetón, cuya letra les describía a mis hij@s y a otr@s niñ@s presentes, las intenciones y actos explícitamente sexuales que el cantante quería hacerle, le haría y le había hecho a su “musa”.

Uno de los varones de nuestro grupo se indignó por esta actitud irrespetuosa de los señores del auto. Le decimos “¿por qué no vas a pedirles que bajen la música?” a lo que responde “ni loco, me agarran entre los 4 y me muelen a palos”. “Pues bien, muchacho, bienvenido al patriarcado”, le dije. “Eso que te pasa a vos en este momento es lo que sentimos las mujeres cuando caminamos por la calle y los grupitos de hombres nos ‘piropean’, nos ‘miran’, nos ‘violan’, metafórica y materialmente. Como a Sheila, como a Lucía Pérez, como a Ángeles Rawson, como a Jimena, Nahir Mostafá y Magalí”. Sentimos impotencia y miedo. Y desprotección.

¿Qué es esto de la cultura de la violación? Podemos explicarlo diciendo que algunos hombres, para demostrar su hombría, deciden irrumpir sobre el espacio particular de las personas, sobre las mujeres, sobre los niños pero también sobre todos juntos. Irrumpen en ámbitos públicos y privados, obligándoles a saber que ellos están allí, ejerciendo el poder: irrumpen en cuerpos, irrumpen en mentes, irrumpen en la tranquilidad del Parque y de las noches también haciendo sonar los cortes de motor sus motos. Y que esa costumbre masculina es culturalmente aceptada, tolerada y promovida.

La violación como rito de pasaje  

La antropóloga Rita Segato ha realizado exhaustivos estudios y escrito numerosos ensayos sobre la socialización primaria y secundaria de lo varones en nuestra sociedad. Ella concluye que los hombres son socializados en la cultura de la violación, donde la violación grupal a una mujer constituye el rito de pasaje del niño al hombre.

Y con ello no nos referimos a los casos como la manada española u otros vernáculos sino que, esa violación tiene lugar metafóricamente cuando a una mujer sola la “piropean” entre varios varones para intimidarla y causarle temor, o sea, para irrumpir en su intimidad y hacerle saber que el poder lo tienen los varones hermanados en su práctica violatoria y no ella, que está a su merced.

La violación y la prostitución   

Avanzando un poco en este planteo de Segato, vemos que tradicionalmente, esa violación grupal como rito de pasaje consistía en “llevar al nene al cabaret”, con  amigos, primos y tíos. Y es que, bajo el viso de supuesta licitud que otorga el intercambio monetario, la prostitución es naturalizada como “el oficio femenino más antiguo del mundo” y no como lo que en realidad es: “el privilegio más antiguo del varón”. El privilegio de ejercer su dominio sexual sobre la mujer, cuyo deseo no es tenido en cuenta.

La prostitución implica un doble sometimiento de la mujer, por clase y por género. Por clase porque históricamente las mujeres pobres eran las prostituidas, y porque aún hoy persiste en el imaginario popular esa idea que, en caso de necesidad, “siempre se puede abrir las piernas” para “trabajar”, para pedir un aumento, para  obtener un beneficio o un regalo de un hombre poderoso. Esto lo podemos ver contrastando con quienes defienden la prostitución como trabajo, que son las mujeres que han accedido a los privilegios patriarcales reservados sólo a los varones, por cumplir con los estándares éticos y estéticos esperados de la mujer “que no es madre ni santa”, y es lo que la ley misma describe como “violencia simbólica” al perpetuar el estereotipo de la mujer necesitada de dinero y dotada de una corporalidad capaz de satisfacer la imaginación y praxis sexual del varón, quien a su vez, está dotado de dinero y necesidades sexuales impostergables; siendo la creencia popular sobre estas últimas, la que legitima en sociedad la práctica prostituyente, y la violatoria también.

Cambiar la cultura para cambiar el trato  

Así las cosas, ¿qué podemos hacer para cambiar el trato dispensado históricamente por los varones? Debemos decir que esto es un proceso socio-histórico, que va a llevar generaciones en cambiar, por lo que, como buen comienzo podemos partir de ser conscientes de la lógica con que funciona el tan mentado “patriarcado”: la lógica de la imposición del poder por la fuerza, la lógica de la violencia, la lógica del sometimiento y la violación. Porque solamente siendo conscientes de la forma en que la sociedad opera, de la forma en que operamos en sociedad al ejercer el poder con violencia, pero también al tolerar ese ejercicio violento del poder, podremos desarticular esas relaciones de poder reemplazándolas por otras colaborativas donde tod@s ganen.

Estos tiempos en los que se cruzan las discusiones sobre la necesidad de la ESI con las comuniones infantiles, tenemos l@s azuleñ@s en nuestras manos la doble posibilidad de inculcar, desde el discurso laico y desde el religioso, desde el diálogo familiar y escolar, y, sobre todo, desde la propia práctica ejemplar, nuevos valores a niños y niñas, depositando en ell@s las herramientas para que puedan construir una sociedad de paz fundada en la equidad.

 

 

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