OPINIÓN

  La delgada línea roja

Escribe: Profesor Hugo Boggi

Me preguntan por quienes se ofrecen como voluntarios docentes y me contesta el poeta:

“…La Patria era un retozo de niñez

en el Sur aventado, en la llanura

tamborileante de ganaderías…

(No la vieron los hombres de mi clan:

sus ojos verticales se perdían

en las cotizaciones del Mercado de Lanas)…

…la Patria debe ser una provincia

de la tierra y del cielo…” (1)

Nuestra provincia de la Casa Común cayó en las redes del consumismo obsesivo del paradigma tecnoeconómico vigente (2). Anda vagando desorientada, con demasiados medios al alcance de la mano, para insignificantes y raquíticos fines. Los fines que le proponen, hace más de un siglo, las autoridades, y/o los que pugnan por acceder a gobernar, en la constante marea electoralista que barre con las playas. Las playas a las que se acercan los educadores, cual pescadores de bien común, y siguen arrimando astillas de unidad, verdad, bien y belleza, para encender fueguitos de esperanza.

La obsesión por el consumismo provoca violencia y destrucción recíproca” (3). Se erosionan los vínculos solidarios y se exacerban los egoísmos de efímeros colectivos, sutil representación contemporánea de individualidades angustiadas por la falta de identidad. A la vez, hay quienes intentan dar pasos cotidianos para salir de sí mismos y cuidar de los demás, romper la conciencia aislada y la autorreferencialidad, y buscar alternativas.

La historia de la educación es rica en ejemplos de personas de buena voluntad que decidieron dejar todo – repito, dejar todo -, por enseñar a los demás; en ellas encuentro algo en común: priman virtudes como la humildad, que es una parte de la templanza, la magnanimidad, la estudiosidad, y otras.

Narran los biógrafos de Santo Tomás de Aquino que su hermana le preguntó un día:

“Tomás… ¿Qué hay que hacer para ser santo?” La respuesta que recibió del hombre de fe, fue: “Querer”.

El mismo Santo Tomás de Aquino, se había preguntado si el hombre puede enseñar y llamarse maestro, la respuesta no fue tan sencilla. Le dedicó a la cuestión una de sus primeras disputas magisteriales en París; cuestiones que van desde el número 8 al 20, en la colección que forman el Tratado Acerca de la Verdad. Ya no se enseña a nuestros futuros docentes.

La docencia no se improvisa. No basta querer.

Y para aquellos a quienes asusten los medievales por “medievales”, o que le temen a la trascendencia a veces por intrascendentes, pueden recorrer los caminos de la inmanencia propuestos desde las antípodas,- mas acá en el tiempo -, por uno de los “intelectuales estrella” de los últimos tiempos,(que sí se enseña a nuestros futuros docentes), Antonio Gramsci, quien en su llamado a conquistar el mundo de las ideas, para que lleguen a ser las ideas del mundo, analiza desde la crítica marxista el rol de los intelectuales, deteniéndose especialmente en lo que él llama “el educador”. (3)

El educador no se improvisa. No basta con querer.

Del acto voluntario al voluntarismo hay una delgada línea roja que, como educador, me veo tentado a diario a cruzar; es entonces que, en el cansancio del peregrinar, siento el crepitar de las brazas en la playa y veo una figura en el horizonte que se acerca … Mientras repito con el poeta:

“Somos un pueblo de recién venidos…

…Otros recogerán, a su tiempo, laureles

y el brillo escandaloso de la notoriedad:

yo te di los oficios del pilar y del carozo,

fuertes y mudos en su anonimato…” (5)

Y en el orar constante para que se me libre de la soberbia y la vanidad, miro al que se acerca y al saludarlo le pido: dame el pan de cada día, no me dejes caer en la improvisación y…y Él, tal vez como vos lector, se ríe. Y seguimos peregrinando…

(1) y (5) Leopoldo Marechal, Descubrimiento de la Patria, en Heptameron, Sudamericana, 1974, Pág.59-65 y 71

– (2) y (3) Cfr. Laudato Si N° 203 y 204

– (4) Cfr. Antonio Gramsci, La formación de los intelectuales, México, Grijalbo, 1967.

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