UN ARTÍCULO PERIODÍSTICO DE 1928 Y LA VIGENCIA DE UNA PROBLEMÁTICA

La dignidad del Magisterio, a 89 años

A pesar de los años transcurridos, los problemas fundamentales del ámbito docente se mantienen intactos. La exhumación de un texto publicado en Azul por un especialista de principios de siglo lo demuestra.

Primera plana de El Régimen, del 1 de febrero de 1928, con el titular “Por la dignidad del Magisterio”, de Compiani. ARCHIVO DEL AUTOREl plantel de profesores de la Escuela Normal de Azul en el año 1936.
FOTO GENTILEZA JULIO PORTALES
"El maestro es el más abnegado de los obreros del pueblo", afirmó Compiani en un artículo escrito en 1928 y publicado en Azul. GENTILEZA FOTOTECA BERNARDO GRAFF
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"El maestro es el más abnegado de los obreros del pueblo", afirmó Compiani en un artículo escrito en 1928 y publicado en Azul. GENTILEZA FOTOTECA BERNARDO GRAFF

 

Escribe: Marcial Luna – lunasche@yahoo.com

Las páginas del diario El Régimen, en las que recientemente hallamos los escritos de Roberto Arlt publicados hace noventa años en Azul, esta vez depararon una sorpresa especial: un texto del escritor y editor José Eugenio Compiani, publicado el 1 de febrero de 1928. “Por la dignidad del Magisterio”, fue el título de primera plana del vespertino azuleño, y es oportuno traerlo a colación en el contexto de la actual lucha docente, y frente a la reaparición de la figura del “rompehuelgas”, rebautizado en este 2017 como “voluntariado” y enclavado en el ámbito de la escuela.

Compiani, articulista colaborador de El Régimen, fue un intelectual y pedagogo reconocido en su tiempo, autor del libro sobre el médico y poeta argentino “Ricardo Gutiérrez: su vida, su obra y su pensamiento” (Establecimiento Gráfico Argentino, Bs. As., 1932). Entre los años 1923 y 1937 Compiani dirigió la revista Estímulo al estudio, que tuvo entre sus colaboradores al escritor Leopoldo Lugones. También dirigió, entre 1928 y 1929, doce números de la revista de arte, crítica y literatura Orientación, que poseyó corresponsales literarios en los países latinoamericanos.

Magisterio y dignidad

El texto de Compiani en El Régimen de Azul –que nos permite corroborar que los problemas fundamentales inherentes a la docencia se mantienen intactos, a pesar de los ochenta y nueve años transcurridos, y del mismo modo incentiva la idea de que nada cambiará en favor del Magisterio argentino–, es el que sigue:

“Conceptúo necesario antes de buscar solución al grave problema que supone la actual situación económica y lógicamente social y moral del maestro, hacer resaltar la importancia de la función trascendental que éste realiza; convencer al pueblo de lo alto y noble y superior de su misión. Después que hayamos convenido en ello, entremos de lleno a la tarea imprescindible e impostergable de proteger y ayudar al maestro. A él confiamos la vida moral de nuestros hijos, después que los hemos encaminado físicamente; del regazo materno, amoroso y noble pasan al ambiente austero donde el maestro reina y es esclavo, a la vez, donde van a modelarse sus tiernos espíritus, donde van a aprender a ser fuertes para luchar con ventaja contra las mil acechanzas del futuro. Y si al maestro reservamos tan grande misión, es forzoso que le coloquemos en condiciones de realizarla ampliamente, que hagamos con él, lo que con la mujer-madre, a la que alimentamos y protegemos en el período de gestación, por ella y por el futuro hijo. El maestro es el más abnegado de los obreros del pueblo y tal vez el más grande de los guerreros de la idea: a él reservamos la dirección de la lucha contra el analfabetismo, que al decir de un gran pensador, es el más terrible y sañudo de los enemigos del pueblo, más grande que el rey, más que el tirano y más aún que el verdugo.

“Por ruta tan equivocada no es posible seguir. Exigimos todo del maestro y nada le damos. Para obtener su título debe estudiar largos años, con toda clase de privaciones y sacrificios; una vez egresado empieza para él la más humillante de las odiseas: la de conseguir ubicación, la de buscar recomendaciones de tal o cual persona influyente… Una vez en el ejercicio de sus funciones, aumentan las exigencias nuestras; debe presentarse decentemente vestido, porque de otro modo heriría fácilmente la susceptibilidad de los niños, para quienes es un ser superior; atestamos su clase de alumnos, buenos unos, malos otros, obligándolo a ser maestro de los primeros y padre severo de los últimos; debe constituirse en un libro siempre abierto, cuyas hojas se repasan incesantemente, y por lo cual él, que es insensible no ha de enojarse jamás, cerrar herméticamente su pensamiento y abdicar sus ideales, hasta convertirse en un ente neutro, sin goces espirituales ni satisfacciones morales, porque ¡guay! si un día se olvida y deja traslucir su convicción en materia política o filosófica, no faltará un niño que refiera lo sucedido a sus padres, ni unos padres quisquillosos que lo denuncien y sufra en consecuencia un sumario instruido por algún señor, moralista intransigente, que ocupa alta posición burocrática en la enseñanza y que siempre se presenta ante el pobre maestro azorado, con gesto de dictador y adusto ceño… Le es imposible enfermarse y debe estar en su puesto, hiele, llueva, truene o abrase el sol, porque si se enferma, debe esperar hasta las calendas griegas para cobrar los días en que tal infortunio le aconteció o lo que es lo mismo hasta que el rubro ‘solicitud de licencia o justificación de inasistencia’ sea rellenado. Cuando faltan aún tres meses para la fecha de los extensos exámenes del actual programa, ya empieza para el maestro el viacrucis anual; nervioso, agitado, no descansa, no desmaya, pero enflaquece, se deprime, sufre…; los muchachos no recordarán las lecciones, se cohibirán al contestar y la parodia del examen, dará oportunidades múltiples a los que todo lo observan, fiscalizan y critican, con maligna intención.

“Y los años pasan y las bellas flores se han marchitado… y siempre el maestro en su puesto, en el mismo; otros más afortunados han pasado sobre ellos, usurpándoles una mejora a la que tenían incuestionable derecho. Y después de tanto exigirle, después de tanto sacrificio y de tanto dolor padecido, tenemos una irrisoria suma mensual para retribuirle…, ¡poco más de lo que gana un portero analfabeto y extranjero en cualquier oficina, sin ninguna responsabilidad!

“Es de desear que esta anomalía cese ya. No colocaremos sino la enseñanza a grande altura, por más escuelas que construyamos; no nos acordemos solamente del niño, para olvidar al maestro; todo lo que hagamos y gastemos será infructuoso en tal caso.

“Debemos elevar al maestro para que el magisterio no sea el refugio de los que no han encontrado medio más práctico para afrontar la azarosa lucha, hasta conseguir que lo sea por innata vocación de su espíritu; hasta que hayamos conseguido elevarlo si se quiere a la altura de los ídolos, allí donde reservamos sitio a los grandes guerreros y a los grandes pensadores. Y cuando uno caiga rendido, cuando no pueda cumplir su misión, no lo hagamos descender de su trono; elevémoslo más en dignidad; hagamos con él lo que se hace con los grandes soldados, que tuvieron su glorificación de un día, y una vez impotentes para seguir al frente de las grandes divisiones que alimentaron la horrible hoguera, fueron favorecidos con mariscalatos, una posición encumbrada en los grandes consejos y embajadas… Harto es ya, que abandonemos injustamente a sus propias fuerzas, a los creadores de la belleza y que sólo tengamos a flor de labio palabras de admiración ante una soberbia escultura o un divino paisaje, consagratorios y reveladores.

“Por lo menos al maestro, que es un modelador de almas e inteligencias infantiles, prestémosle ayuda constante y eficaz. Lo merece en grado sumo. Es lo único que sufre para cumplir su misión, o es el que más sufre.

“Él, que no puede tener dolores físicos ni morales, mientras esté en contacto con el niño, es el más acérrimo de los forjadores de la grandeza de los pueblos, el más modesto de los luchadores que combaten todos los días y a todas horas por la civilización. Su silueta es inconfundible. Es necesario que le admiremos, que le prodiguemos amor y gratitud.

“Y aun así no habremos saldado nunca nuestra deuda con él. Pensad que, como vosotros, tiene hijos, pero que, al revés de vosotros, debe relegar sus hijos a segundo término, porque a pesar de los pocos pesos mensuales que le damos, los maestros deben ser los primeros para él…”, concluye el artículo de Compiani. Y vale la pena volver a señalarlo: fue publicado en Azul. En el año 1928.

 

 

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