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La Herrería Aserradero de Neuville

En la foto se ve a los hermanos Neuville en 1935 en el enllantadero. Atrás, un carro que parece una jardinera grande. El primero de la izquierda es Camilo “Chingo” Neuville, al lado Enrique Neuville, el de camisa blanca un empleado y el que está sosteniendo la madera sobre la maza es Juan “Macho” Ignacio Neuville. En el suelo, una maza sin la bocina, que es la que va afuera, como la que se ve en la rueda del carro. En primer plano, la leña preparada para enllantar. GENTILEZA LIS SOLÉ
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En la foto se ve a los hermanos Neuville en 1935 en el enllantadero. Atrás, un carro que parece una jardinera grande. El primero de la izquierda es Camilo “Chingo” Neuville, al lado Enrique Neuville, el de camisa blanca un empleado y el que está sosteniendo la madera sobre la maza es Juan “Macho” Ignacio Neuville. En el suelo, una maza sin la bocina, que es la que va afuera, como la que se ve en la rueda del carro. En primer plano, la leña preparada para enllantar. GENTILEZA LIS SOLÉ

Escribe: Lis Solé. Historiadora.

En épocas de trabajo manual, las herrerías y aserraderos eran muy importantes en el campo. Había herrerías en casi todas las estancias para arreglar todo tipo de herramientas. También las había en el pueblo. Tal es el caso de la Herrería Aserradero de los Neuville. El Taller, situado en la esquina de Alem y Lavalle, hoy la frutería de los hermanos Pardo, estuvo primero a nombre de Remigia Caminos de Neuville, quedando a cargo de ella a partir de 1925 cuando fallece su marido.

Fue construida por Juan Neuville, francés que llegó antes del 1900 a Buenos Aires a trabajar en una fábrica de carros para pasar después a Saladillo y quedándose definitivamente en Alvear junto a su familia.

Tuvo ocho hijos: Camilo, Carlos, Alcira (casada con Marino), Tita (casada con Severino), Victoria N. de Sabbattini, “Chola” N. de Illescas, Juana, casada con Molino y Enrique Neuville, todos vecinos de General Alvear con gran descendencia.

La herrería

El Taller tenía lo más avanzado en tecnología para la época: sierra sin fin, motor a explosión, máquinas, y por supuesto la bigornia, la fragua, la agujereadora, sierra y herramientas. Era un galpón grande, con ventanales y puertas para aprovechar al máximo la luz del día, en épocas que no había electricidad.

Al fondo, detrás de la gran chimenea de la fragua había un parahumo para evitar que el recinto se llenara de humo que no permitiera trabajar. Llegó a tener más de veinte empleados de distintas especialidades: pintura, enllantada, aserradero, herrero, etc.

Además del portón del frente y otro que daba sobre la calle Alem, había uno grande que daba al patio, terreno baldío donde estaba el enllantadero. Ahí, en un monte de frutales, esperaban turnos las chatas con sus dueños que venía a enllantar las ruedas. Acampaban debajo de los carros poniendo unas lonas que colgaban abajo, o dormían arriba, entre la carga. Otros dejaban el carro y se iban, pero las colas, a veces, solían llegar hasta la calle 25 de Mayo. En la herrería se arreglaban las llantas, se picaban rejas, se hacían las camas, arreglaban herramientas de todo tipo… carretillas, carros, breques, palas… lo que viniera.

Cuando todavía no había soldadora eléctrica se usaba la caldia para soldar con la fragua. La caldia era como una planchuela que adentro tenía una trama metálica que se llevaban a punto de fundición y luego se moldeaban a martillazos.

Los empleados siempre usaban delantales de cuero para evitar las quemaduras de la fragua o el calor del enllantadero.

Las leñas debían ser todas del mismo largo y se apoyaban de adentro y de afuera de la llanta. Abajo se colocaban unos ladrillos para que entrara el aire y avivara el fuego. No era muy lento porque el calor era tal que rápidamente se calentaba el fierro. El resplandor quemaba hasta las plantas y la tierra era polvo calcinado. Trabajo rudo, de muchas horas y peligroso…, hay tanto para hablar del obrar de los herreros….

Las ruedas enllantadas de los Neuville duraban hasta quince años. Era un desafío para ellos que los arreglos no vinieran más y que duraran mucho tiempo. No eran comerciantes, no hacían un buen trabajo para cobrar más o un mal trabajo para que volvieran pronto… Ir al Taller de los Neuville suponía la seguridad, la excelencia y la garantía de confianza. Era el orgullo de hacer las cosas bien, cualidad inapreciable y casi inentendible en el mundo de hoy: la satisfacción del trabajo bien hecho.

Agradezco a la gente de Alvear por compartir sus fotos y recuerdos con tanta nostalgia y sencillez y principalmente a Carlos Neuville.

 

 

 

 

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