La indulgencia

Proclamar la liberación de los cautivos y dar libertad a los oprimidos. Para eso fue enviado a la tierra Jesucristo. El no vino a juzgar al mundo sino para salvarlo.

Una vez que estaba rodeado por un gentío que acudió a escucharlo se le apareció un grupo de fariseos trayendo a una mujer sorprendida en adulterio. Los acusadores le expresan que la ley de Moisés los manda apedrear a las adúlteras, y le preguntan qué hacer. El les respondió desde su experiencia de la misericordia de Dios que el que esté sin pecado, que le tire la primera piedra. ¡Quienes son para condenar a muerte a esa mujer, olvidando sus propios pecados!. Todos necesitan perdón.

Los acusadores se fueron retirando. Y Jesús le dice a la mujer: tampoco yo te condeno. Vete y en adelante no peques más. Quiere decir que el perdón no anula la responsabilidad, sino que exige conversión.

Lo cierto es que, dice el padre Juan Carlos Ormazábal, veinte siglos después, en los países de raíces supuestamente cristianas o no, se sigue viviendo en una sociedad donde con frecuencia la mujer no puede moverse libremente sin temer al varón. La violación, el maltrato y la humillación no son algo imaginario. Al contrario, constituyen una de las violencias más arraigadas y que más sufrimiento genera.

¿No ha de tener el sufrimiento de la mujer un eco más vivo y concreto, y un lugar más importante en la labor de conciencia social? Pero, sobre todo, ¿no hay que estar más cerca de toda persona oprimida para denunciar abusos, proporcionar defensa inteligente, más cerca de toda persona oprimida para denunciar abusos, proporcionar defensa inteligente y protección eficaz? Las respuestas tienen que ser afirmativas a estas preguntas.

En la actualidad existen las instituciones. Y dentro de la ley son las que tienen que juzgar las conductas y aplicar sanciones, todo dentro del debido proceso judicial. Nuestra norma superior señala que antes que se cumpla todo el trámite hasta el dictado de la sentencia condenatoria, el imputado es considerado inocente.

También están las redes sociales, los medios de comunicación, la voz de los vecinos que olvidándose de la misericordia, y las palabras de Jesucristo imputan alegremente a una persona cualquier calificativo denigrante, por conocer un hecho verídico o no, que prima facie le ha sido imputado. Sin conocer si existen pruebas, sin ser por lo menos procesado judicialmente.

Muchas veces, los que tienen que recibir piedras por castigo, son los que las arrojan a otros seres humanos, que pueden o no ser autores de un ilícito.

Es importante que la sociedad tome conciencia de las palabras de Jesús: “el que esté sin pecado, que tire la primera piedra”. Interpretando por pecado lo que define el diccionario: cualquier cosa que se aparta de lo recto y justo, o que falta a lo que es debido.

¿Quién es la persona que no tiene pecados en la vida? Nadie, porque todos somos pecadores. Hasta los santos en algún momento de sus vidas han pecado.

Esto quiere decir que ante un hecho ilícito lo correcto es informar a la justicia y hasta que ésta se expida, no realizar ninguna actitud que pueda causar un daño a los imputados, ya sea tratando de arrojarle “piedras”, o bien difamándolo, gritándole, etcétera.

Porque, como todos somos pecadores, también  los justicieros pueden recibir ” las piedras”.

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