OPINIÓN

La ley y los privilegios

Escribe:

María Liliana Christensen

“Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros”

George Orwell, Rebelión en la Granja

Como todos sabemos, los griegos sintieron pasión por lo humano. Por sus capacidades, por su energía constructiva (y destructiva), por su astucia y sus virtudes, hasta por sus defectos y sus vicios.  Escribió Sófocles en una de sus tragedias: “De todas las cosas dignas de admiración que hay en el mundo, ninguna es tan admirable como el hombre”.

Por eso, los griegos inventaron la polis, la comunidad ciudadana en cuyo espacio artificial, antropocéntrico, no gobierna la fuerza de la naturaleza ni la voluntad enigmática de los dioses, sino la libertad de los hombres. Cuando decimos la libertad de los hombres, decimos: su capacidad de razonar, de discutir, de elegir y revocar dirigentes, de señalar problemas y de plantear soluciones. El nombre por el que hoy conocemos a ese formidable invento griego, el más revolucionario políticamente hablando que nunca se haya dado en la historia humana, es democracia.

El principio fundamental que regía a la democracia griega era el principio de isonomía: las mismas leyes regían para todos (Fernando Savater, Política para Amador). Y lo más importante, regían también para quienes las hacían. Los hombres, que inventaban las leyes, también debían someterse a ellas. Nadie estaba en la ciudad por encima de la ley, y la ley tenía que ser obedecida por todos. La ley no provenía de nada más elevado que los hombres. Muy en serio se tomaban los griegos la igualdad política de los ciudadanos y estaban convencidos de que su concreción se debía sólo a la obediencia de las leyes, que efectivamente garantizaba esa igualdad y consagraba entonces la democracia.

 

Privilegio implica también impunidad    

Dicho esto, vale la pena reflexionar sobre los acontecimientos a los que hemos asistido, desconcertados, en estos últimos días. Tomando los principios enunciados, lo primero a considerar es la necesidad imperiosa de aceptar que ningún ciudadano está por encima de la ley, todos tenemos que obedecerla. Cuando existen privilegios, estamos abandonando la idea superior de democracia y empezamos a hablar de otra cosa. Los privilegios han abonado durante siglos las más profundas desigualdades sociales y han cimentado las sociedades más injustas. En nombre de la igualdad y la justicia se han cometido, también, demasiados crímenes que han terminado consagrando las formas más perversas del autoritarismo.

Privilegio implica también impunidad. Lejos de aquella idea fundante de que todos somos iguales ante la ley y nadie está por encima de ella, la sola existencia de un privilegio que favorezca a cualquiera de los miembros de una comunidad distorsiona de manera definitiva la vigencia del estado democrático. Los privilegios, de cualquier índole, siempre encierran una cuota de injusticia porque ponen a algunos individuos en un lugar superior al resto de la ciudadanía y rompen con la razonable certeza de que, como hemos dicho, la ley es la misma para todos.

Muy bien, y de manera muy gráfica, relata esto George Orwell en Rebelión en la Granja (1945), cuando describe la relación de los animales que ingenuamente adhieren a los principios del llamado Animalismo creyendo que van a lograr mejorar sus vidas y que a partir de la implementación de esas ideas serán por fin todos iguales, y podrán ser felices. A medida que uno avanza en la lectura –que recomiendo muy especialmente hacer con los adolescentes en la escuela- va advirtiendo de qué manera los animales de la granja son una y otra vez engañados, estafados en su buena fe, explotados igual o peor que antes, y sobre todo, sometidos a una dura realidad que implica padecer los privilegios de quienes mandan.

Cuando los animales se empezaron a preguntar, por ejemplo, por el destino de la leche que se ordeñaba todos los días y que invariablemente desaparecía, el relato de Orwell nos aclara el estado de situación: “El misterio del destino de la leche se aclaró pronto: se mezclaba todos los días con la comida de los cerdos. Las primeras manzanas ya estaban madurando, y el césped de la huerta estaba cubierto de fruta caída de los árboles. Los animales creyeron, como cosa natural, que aquella fruta sería repartida equitativamente; un día, sin embargo, se dio la orden de que todas las manzanas caídas de los árboles debían ser recolectadas y llevadas al depósito para consumo de los cerdos. A poco de ocurrir esto, algunos animales empezaron a murmurar, pero en vano. Los cerdos estaban de acuerdo en ese punto, y finalmente uno de ellos fue enviado a dar las explicaciones necesarias.

_ Camaradas –gritó- imagino que no supondréis que nosotros los cerdos estamos haciendo esto con un espíritu de egoísmo y privilegio. Muchos de nosotros, en verdad, tenemos aversión a la leche y las manzanas. Nuestro único objetivo al comer estos alimentos es preservar nuestra salud. La leche y las manzanas (esto ha sido demostrado por la Ciencia, camaradas) contienen sustancias absolutamente necesarias para la salud del cerdo. Nosotros, los cerdos, trabajamos con el cerebro. Toda la organización y administración de esta  granja depende de nosotros. Día y noche estamos velando por vuestra felicidad. Por vuestro bien tomamos esa leche y comemos esas manzanas.”

Sin pretensión de idealizar la democracia en su forma más auténtica, es oportuno señalar que nació entre conflictos y sirvió para aumentarlos en lugar de resolverlos. Lo importante es poder reflexionar sobre estas cuestiones que son públicas –políticas-, que nos atañen a todos, y particularmente sembrar en los jóvenes la inquietud por hacerse preguntas, comprender la necesidad de informarse  y saber para no ser sometidos a engaños y estafas y sobre todo no perder nunca la capacidad de indignarse ante los privilegios de los que aspiran a estar por encima de la ley.

 

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