COLUMNA DE OPINIÓN

La mecha

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Por Luis Tarullo / Agencia DyN

BUENOS AIRES – Tal como lo preveía el pronóstico político, la CGT resolvió finalmente transformar en hechos su amenaza de endurecimiento frente al gobierno de Mauricio Macri.

Así entonces, dispuso realizar una movilización de protesta al Ministerio de la Producción el 7 de marzo y días después hacer un paro nacional.

Las medidas se decidieron en una caldeada reunión de la conducción cegetista donde los dirigentes, que no hace mucho tiempo se mostraban los dientes entre ellos, ahora coincidían en no dejar títere con cabeza.

Desde hace un rato extenso vienen advirtiendo que el Gobierno abrió la mano sólo para la devolución de fondos a las obras sociales, que en definitiva es dinero de los sindicatos, o mejor dicho, de los aportantes, que son los trabajadores.

Después hizo la reforma del Impuesto a las Ganancias, pero es harto sabido que ello es limitado y, como dice el refrán, “pan para hoy, hambre para mañana”.

El resto del panorama está rodeado de borrasca: despidos, inflación, retracción económica, intentos de flexibilidad laboral, por nombrar algunos de los pesares que integran la agenda de las demandas que fueron delineando el camino gremial hasta llegar al destino de la protesta concreta.

El paso inicial fue la decisión de la CGT de abandonar la mesa de diálogo integrada también por el gobierno y los empresarios. Pero ese escenario no era gran cosa. Nació, como tantas otras iniciativas similares, destinada al fracaso.

Cuando se armó esa mesa surgieron, como siempre, las expresiones grandilocuentes y las ambiciones desmedidas, con pretensiones de “Pacto de la Moncloa”, sin tener mínimamente en consideración que ese tipo de iniciativas no son trasladables ni pueden siquiera imitarse, empezando por las circunstancias históricas.

Pero a ello hay que agregarle el ingrediente argentino de las mezquindades sectoriales y la ausencia casi absoluta de políticas de Estado consensuadas desde tiempos inmemoriales.

Si el pago de un bono salarial compensatorio implicó un debate de un montón de semanas, plagado de argumentos por momentos insostenibles y hasta ridículos, resulta al menos absurdo pensar en un acuerdo multisectorial perdurable y destinado a sacar al país adelante.

Es probable, claro, que vuelva a haber una reunión de autoridades, empresarios y sindicalistas, pero ni por asomo hay que creer que será para un pacto social serio. Tan solo servirá para una foto de coyuntura y ganar tiempo en alguna circunstancia que así lo requiera.

Y hablando de reuniones, hay posturas dispares acerca de la posibilidad del levantamiento de la huelga general. Hay en el gobierno quienes confían en gestiones urgentes para lograr ese objetivo. Otros son pesimistas -o quizás más realistas- y dicen que, aunque falta más de un mes, no hay margen para satisfacer reclamos.

 

Posible punto de distensión

Alguien en la CGT dijo que una entrevista con el propio Mauricio Macri podría ser un punto de distensión. Pero ¿qué daría Macri? ¿Qué medida adoptaría el presidente de la Nación? Delegaría las gestiones en sus segundos, o sea ministros y secretarios, sin dudas.

Hubo, poco antes de la reunión de la cúpula sindical del jueves, una intentona que sonó pueril a esa altura: trascendió que un alto funcionario que mantiene diálogo con los gremialistas habría tratado de que aceptaran subir al avión que a fines de febrero llevará a Macri en visita oficial a España.

Dicen que primero lo miraron con cara de asombro y demudados, preguntándose si les hablaba en serio o era una broma. Y después, con un gesto de comprensión -interpretando además su juventud, su investidura y su apellido con historia- le dijeron candorosamente que no podían hacer eso. Más que obvio.

Parece que quien sí volará a Madrid será el dirigente de los petroleros y senador Guillermo Pereyra, quien acordó la modificación a su convenio colectivo en el marco del yacimiento Vaca Muerta. En definitiva, por ahora no aparece en el horizonte ninguna respuesta concreta a las reclamaciones gremiales que pueda desactivar la mecha.

Una mecha que se ha encendido con una carga de combustible bastante intensa -una movilización y enseguida un paro general-, por lo que es una incógnita cómo (y también cuándo) podrá apagarse.

 

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