EL GOBIERNO DE LOS GERENTES

La preferencia de Mauricio Macri por un modo distinto de gestión y los prejuicios de la izquierda

 

Desde los últimos reductos kirchneristas se caracteriza al gobierno de Macri como una “CEOcracia”. La izquierda tradicional siente por los gerentes y el capitalismo la misma repugnancia que los creyentes por la figura de Satanás. Ambas visiones son religiosas, distantes de la política.

La izquierda tradicional, de matriz anticapitalista, no puede entender que el presidente Mauricio Macri haya integrado en su gobierno a hombres de empresa. DYN
<
>
La izquierda tradicional, de matriz anticapitalista, no puede entender que el presidente Mauricio Macri haya integrado en su gobierno a hombres de empresa. DYN

Por Aleardo F. Laría (*). Agencia DyN.

La izquierda tradicional, de matriz anticapitalista, no puede entender que el presidente Mauricio Macri haya integrado en su gobierno a hombres de empresa. Su desprecio por el capitalismo es tan fuerte que estigmatiza a todo aquel que proviene de ese mundo, con independencia de cuáles sean sus capacidades.

Desde los últimos reductos kirchneristas se caracteriza al gobierno de Macri como una “CEOcracia”. La izquierda tradicional siente por los gerentes y el capitalismo la misma repugnancia que los creyentes por la figura de Satanás. Ambas visiones son religiosas, distantes de la política.

La izquierda anticapitalista ha visto siempre al capitalismo como un ogro  

Una mirada similar la ofrece Beatriz Sarlo, crítica del kirchnerismo pero compartiendo con él la visión de la izquierda anticapitalista. En diálogo con TN, Sarlo condenó que los funcionarios públicos escogidos por el Presidente para su gabinete y demás dependencias del Estado no tengan formación política sino que sean gerentes.

“Tenemos que señalar aquí que los países a los cuales les admiramos su política tiene ministros y funcionarios con una carrera política, que se forman en universidades y escuelas de gobierno”, añadió. Una apreciación un tanto tardía, que debió haber sido expuesta antes, cuando estábamos en Argenzuela y la distancia con Francia era todavía mayor. La izquierda anticapitalista ha visto siempre al capitalismo como un ogro, de modo que parte del prejuicio que nada bueno puede provenir de su seno. Ignora cómo funcionan internamente las empresas en el capitalismo y condena anticipadamente la presencia de gestores que vienen del mundo de la empresa privada. Asumen tardíamente la importancia de la formación de los cuadros políticos en las escuelas de gobierno, pero no registraron que durante doce años el populismo anticapitalista ha llenado la administración pública de “ñoquis” y de ministros elegidos por su simpatía y habilidad en tocar la guitarra.

Estos prejuicios, como señala Roberto Ampuero en “Diálogo de conversos” (Editorial Sudamericana), son atávicos y provienen de que “la izquierda proyecta una imagen idealizada y esquemática del ser humano: están los abnegados y desinteresados revolucionarios del mundo por un lado y los inmorales y avarientos reaccionarios del mundo, por el otro”.

“Administrar no es lo mismo que gobernar: se administran bienes materiales pero se gobierna a seres humanos”  

Este maniqueísmo, de matriz religiosa, está basado en las visiones milenaristas en la que el Bien enfrenta secularmente al Mal para traer el Paraíso a la tierra. De modo que para estos progresistas que arrastran prejuicios milenarios, todo el capitalismo y por extensión sus gerentes, forman la parte execrable de la humanidad.

Una nueva muestra de esta ceguera ideológica la ofrece la historiadora María Beatriz Gentile, quien se pregunta, retóricamente, si “la sociedad se gobierna o se administra”. Y contesta, en tono mayestático, que “administrar no es lo mismo que gobernar: se administran bienes materiales pero se gobierna a seres humanos”. Es decir que para esta historiadora kirchnerista los gerentes en las empresas administran bienes materiales, pero no dirigen seres humanos. Lo cual es revelador de la ignorancia más palmaria de cuanto sucede en el seno de una organización empresarial.

La actividad de los gerentes en las grandes compañías consiste básicamente en formar y dirigir equipos de seres humanos. Quien haya tenido una mínima experiencia en empresas conoce perfectamente la extraordinaria similitud que existe entre la política arquitectónica y la gestión empresarial. En ambos espacios hay que desarrollar capacidades para ejercer el liderazgo, es decir trazar los objetivos generales y motivar a los implicados.

Los objetivos -ni en la política ni en las empresas- se fijan de modo arbitrario y emergen de modo natural de numerosas y complejas negociaciones entre intereses contrapuestos que deben ser tenidas en cuenta.

También en ambos mundos, la labor de liderazgo consiste en señalar objetivos y establecer prioridades, fijando las metas de corto y largo plazo, seleccionando los medios adecuados y motivando a los protagonistas. La motivación consiste en lograr el alineamiento de las metas individuales con las colectivas. En esta labor, los líderes intentan disminuir la intensidad de los conflictos y buscan soluciones transaccionales que eviten el fracaso.

“Ninguna sociedad puede florecer y ser feliz si la mayor parte de sus miembros son pobres y miserables”    

La capacidad de liderazgo se evidencia también en el éxito en transmitir esos objetivos a los demás y ganar la confianza de los administrados. También en las grandes empresas hay una suerte de cursus honorum, donde la mayoría de los altos ejecutivos han comenzado desempeñando las tareas más básicas desde la sala de máquinas. Luego de alcanzar tan elevadas posiciones, los que acuden a la política lo hacen con sus necesidades económicas satisfechas, llevados en ocasiones por el deseo egoísta de trasladar su confort personal al ámbito social.

Son “egoístas inteligentes” según la ocurrente expresión del Dalai Lama: desean vivir bien pero en una sociedad confortable y sana, en la que hayan sido eliminadas las lacras de la extrema pobreza y la exclusión social, caldo de cultivo de la delincuencia y de la drogadicción. Como decía el liberal Adam Smith, “ninguna sociedad puede florecer y ser feliz si la mayor parte de sus miembros son pobres y miserables”.

Tan similares son las tareas que deben acometer políticos y ejecutivos empresariales, que ha dado lugar al nacimiento de una nueva disciplina, la nueva gestión pública (NGP) -en inglés ‘new public management’ (NPM)- que es una hibridación de ambos espacios. El objetivo de esta disciplina consiste en optimizar los recursos humanos con que cuenta la Administración pública, trasladando prácticas que han tenido éxito en el mundo de las empresas: asegurar fórmulas imparciales de selección, basadas en las capacidades profesionales; motivar a los funcionarios, estableciendo sistemas de evaluación en el desempeño de los organismos públicos y generar información confiable que llegue a los ciudadanos. Se trata, en definitiva, de modernizar el aparato administrativo del Estado, de un nuevo modo de concebir la relación de la Administración con los ciudadanos y una forma de legitimar la acción del Estado ante la sociedad.

Estamos ya muy alejados de las antinomias que alimentaron los debates políticos del siglo XX: Estado vs mercado; privatizaciones vs nacionalizaciones; políticos frente a gestores y otras de factura similar. Hoy, lo que los ciudadanos le piden al Estado es que sirva a la sociedad con eficacia, eficiencia, objetividad y transparencia.

Para cumplir con esos objetivos es alentador que se convoque a los más preparados, con independencia del sector social al que pertenezcan.

(*) Aleardo F. Laria es periodista y abogado.

 

 

 

 

 

¡Deja un Comentario!

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *