La problemática del tránsito

En la calle hay una responsabilidad propia del individuo, un compromiso con el entorno; esto supone un problema ético. En tanto que las acciones que se realizan involucren a otras personas, son éstas las que sufrirán las consecuencias en las distintas situaciones que pongan en riesgo la integridad física.

En el tránsito, las conductas negligentes que muestran falta de cuidado hacia uno mismo y hacia los demás conviven con acciones responsables, cuidadosas y solidarias, una forma de entender la libertad propia y la de los demás, es tener clara conciencia de que nuestros derechos existen porque son respetados por el otro y viceversa.

Desde una aproximación jurídica, se puede definir como un espacio sometido a una regulación específica por parte de la administración pública, que posee la facultad de dominio del suelo, que garantiza su accesibilidad a todos los ciudadanos y fija las condiciones de su utilización y un punto legal donde las leyes establecen y regulan ese espacio público urbano.

El Estado en su rol debe velar por lo tangible, por la infraestructura, las condiciones de los caminos, señalizaciones apropiadas. Es el encargado de diseñar un sistema de tránsito y de circulación eficiente y seguro que garanticen las condiciones mínimas de movilidad, y de ejercer el control y la sanción en los casos que no se respeten las normas que regulan dicha circulación. Pero su responsabilidad va más allá. El Estado debe poseer una mirada de largo alcance, promover e impulsar una nueva cultura vial a partir del sistema educativo, que apunte a mejorar la calidad de vida de los ciudadanos.

Esto implica asumir de manera central la tarea de formar a las personas en aquellos valores, conocimientos y actitudes que son esenciales para la toma de conciencia individual, la comprensión de la importancia de asumir un cambio de conducta que permita prevenir los siniestros viales y reflexionar sobre las causas que provocan los altos índices de siniestralidad. En la gran mayoría de los casos se produce por causas humanas.

Una mirada desde el punto de vista de la salud pública demuestra toda la maquinaria que se pone en marcha posteriormente al siniestro vial, la activación de todos los mecanismos de emergencia, la atención primaria, las instalaciones, los materiales, los insumos utilizados, a lo que les sigue largos períodos de recuperación de los implicados, las lesiones que en muchos casos son permanentes y limitan la vida productiva cuando no la invalidan definitivamente. Estos gastos los absorbe el Estado producto de situaciones evitables.

Alguien puede pensar que circular sin las medidas de seguridad requeridas es una decisión individual y optativa. Ese es el pensamiento al que se aferran quienes deciden vivir sorteando ordenanzas y la sana convivencia social, sabedores que el Estado no es implacable en los controles.

Es imprescindible apuntar a la concientización constante. No sólo cuando se producen siniestros el sentido puede diluirse por la propia gravedad de la información si ésta además contiene la pérdida de vidas. A ese concepto habría que agregarle un seguimiento contínuo, sin eventos que medien, porque, involuntariamente, el mensaje podría caer en la descontextualización privilegiando lo particular y no lo general.

La problemática del tránsito en la mayoría de los casos las produce las conductas de los seres humanos. Por eso la importancia de la concientización.

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