LOS ARCHIVOS DE LA DICTADURA - Nota III

La razzia de febrero de 1977: el secuestro de Graciela Pérez

Graciela Pérez poco antes de ser secuestrada. A su izquierda, Guido Rizzo, su pareja. El domicilio de la familia Pérez, en Burgos 424, y el caos reinante en una habitación luego del secuestro. Los hermanos Graciela y Ernesto Pérez, en una foto tomada en la época que fueron secuestrados y desaparecidos de Azul.
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Los hermanos Graciela y Ernesto Pérez, en una foto tomada en la época que fueron secuestrados y desaparecidos de Azul.

Era maestra egresada de Escuela Normal. Estudiaba Medicina en la UNR. Fue raptada en Azul y trasladada a tres centros clandestinos, consecutivamente. Uno de sus torturadores, cuando descansaba de las intensas “sesiones” a las que sometía a la azuleña, se divertía con los dibujos animados de la televisión.

Escribe: Marcial Luna – lunasche@yahoo.com

En nuestra ciudad hubo una razzia en febrero de 1977.

Había comenzado el día 5 con el secuestro de Susana Yaben, hecho ocurrido cerca de su domicilio en Azul. Siguió el día 6, con el rapto de la azuleña Norma Monticelli, a quien sus captores siguieron desde nuestra ciudad hasta Mar del Plata. Y continuó el día 8, con una doble detención ilegal: la de los hermanos Graciela y Ernesto Pérez. Un grupo de tareas los arrancó de Burgos 424 y los mantuvo desaparecidos durante treinta días.

El caso que se expone en este artículo corrobora aspectos claves del mecanismo implementado durante la última dictadura. Había profesionales médicos que asistían en las sesiones de tortura y que conocían datos íntimos de las víctimas; los captores circulaban entre provincias sin inconvenientes y los seguimientos, inclusive, traspasaban la frontera argentina. Se detuvo a personas que no pertenecían a organizaciones político-militares, ni a partido político alguno; pese a ello, se las liberó luego de varias semanas de interrogatorios y torturas.

El agravante es que todo ello se ejecutó desde el propio Estado.

La vocación     –

Norma Graciela Pérez nació el 30 de enero de 1951. Derivado del primer nombre, sus amigos la recuerdan con el sobrenombre “Moma”. Estudió en la Escuela Normal y allí obtuvo, al término del secundario, el título de maestra normal.

Iniciada la década de 1970, surgió claramente su vocación: quería ser médica y, poco después, inició estudios en la Universidad Nacional de Rosario (UNR).

En esa ciudad conoció a Guido Rizzo, un rosarino con carta de ciudadanía italiana. Al igual que ella, su vocación era la medicina, aunque luego se especializó en Psiquiatría.

Convivieron en un departamento de Rosario y ambos progresaron en sus estudios. Durante aquellos años de facultad, lograron sobrevivir con la confección y venta de artesanías.

Había llegado el verano de 1977 y Graciela Pérez regresó a Azul para pasar algunos días de vacaciones junto a su familia, que por entonces llevaba un comercio céntrico, Kely Deportes, en Yrigoyen 469.

Graciela cursaba el cuarto año de Medicina cuando su vocación fue tronchada.

La madrugada de las pelucas   –

En la madrugada del 8 de febrero de 1977, poco antes de la hora 5, un grupo de hombres irrumpió violentamente en la casa de la familia Pérez, en Burgos 424 de Azul. Los  incursores se identificaron como miembros del Ejército Argentino.

En realidad, aunque vestían uniformes verde oliva, se presentaron travestidos. Llevaban pelucas y bigotes postizos con el fin de desfigurar sus rasgos faciales y, de ese modo, impedir que alguien pudiera reconocerlos.

Graciela se había sobresaltado al escuchar la agresiva irrupción en la casa de sus padres y, por un momento, llegó a pensar que se trataba de un asalto. Se despabiló enseguida, con los gritos y los golpes de los desconocidos, que ya estaban sobre ella.

En su casa fue donde primero se violentó a Graciela. Sus familiares encontraron, en la cocina, algunos cables, un velador a medio desarmar y una mesa corrida hasta donde había un enchufe, lo que lleva a pensar que allí se produjo, por lo menos, un intento de tortura.

En esa cocina, de la que hasta ese momento sólo guardaba el grato recuerdo de desayunos y meriendas familiares, Graciela Pérez fue golpeada por algunos de los que se habían travestido con pelucas.

Le colocaron una bolsa de nylon en la cabeza y, mientras habían comenzado a asfixiarla, le hacían preguntas. Sólo se le quitaba cuando el rostro comenzaba a cargarse de una tonalidad azulada. De paso, mientras Graciela Pérez recuperaba el color sonrosado, los que llevaban pelucas le golpeaban el cuerpo a puñetazos.

El perfume     –

Del interior de la casa, la arrastraron hasta un vehículo, encapuchada.

El viaje fue corto. Es que la sede de la Policía Federal estaba sólo a dos cuadras de allí (donde actualmente funciona el Juzgado Federal de Azul).

Graciela quedó en el patio, al cual se accede a través de un portón de garaje. Luego fue trasladada al interior del actual juzgado. Las torturas se ejecutaban en el fondo de la edificación, en la última sala.

Es lo que le pareció. Que estuvo tantos días allí que le fueron imposibles de contar. Sin comida. Sin agua. Tabicada con una espesa venda.

Confirmó que, en ese lugar, de los tres sitios en los que estuvo secuestrada, fue donde la torturaron más salvajemente.

Como ocurrió con Susana Yaben (ver edición de EL TIEMPO del 26-3-2017), Graciela Pérez percibió, desde la oscuridad de su venda, que algo extraño ocurría con el médico que la revisaba. No sólo porque, cuando estaba frente a ella, no hablaba, sino por un detalle aún más llamativo: el médico, sea quien fuere, prestaba especial atención a la situación cardiológica de Graciela. Ella tenía un prolapso de válvula, pero nunca les había comentado a sus captores esa circunstancia y bien sabía que no siempre se detecta con el estetoscopio.

Nunca pudo olvidar Graciela que el médico siempre llegaba perfumado, para asistir en las sesiones de tortura.

… 14, 15, 16      —

En la Federal, los primeros tres días de interrogatorios estuvieron a cargo del mismo  sujeto que la inquirió en la cocina de su casa.

Las preguntas que le hacía eran siempre las mismas: ¿Cuál es tu alias? ¿A qué célula pertenecés? ¿Conocés a fulano de tal? ¿Y a zutano? ¿Dónde están las armas…?

La tortura fue sistemática. A las trompadas y los intentos de asfixia durante el secuestro en su propia casa, se sumaron en la sede policial otras variantes. Por ejemplo, le ataron un alambre en el tercer dedo del pie derecho, a través del cual le transmitieron electricidad.

Y era desnudada en las sesiones de tortura, que se extendían hasta producirle el desmayo.

Una noche fue trasladada. Encapuchada, la cargaron en un automóvil que dio unas cuantas vueltas, pero en un momento se detuvo. Uno de los secuestradores descendió del auto, tocó timbre en una casa, esperó ser atendido y habló con alguien (Graciela siempre se preguntó quién sería). Luego se emprendió viaje hacia el nuevo destino, del cual ella no tenía dudas: ese lugar fue el actual Jardín Maternal De Paula, en la estación del desaparecido Ferrocarril Provincial.

Luego de bordear la rotonda de adoquines, la ingresaron al edificio ubicado frente a los cuarteles de Azul y la subieron por una escalera, aunque sus captores intentaron hacerle creer que estaban descendiendo.

La enormidad de días que Graciela llevaba secuestrada había potenciado su percepción. Reconoció que los escalones eran de madera, al igual que el piso de la sala en la que fue depositada durante dieciséis días.

También había aprendido cómo contar sus días de cautiverio.

La felicidad…         –

Graciela Pérez percibió que, a su alrededor, había otros detenidos. Muchos. Escuchaba sus respiraciones, sus quejidos. Pero nadie hablaba allí, porque la sensación era que existía un guardia por cada uno de los secuestrados. Y al menor indicio de diálogo, se descargaba una nueva paliza, con la misma violencia que sobre Azul se abatían las tormentas ese verano.

Las preguntas en el centro clandestino del Provincial fueron más específicas. Rondaron acerca de si conocía a Susana Yaben, a Norma Monticelli, y a los hermanos Santarcángelo, ambos folcloristas, popularizados por sus nombres artísticos El Sureño y El Montaraz.

Por alguna razón, uno de los dieciséis días de Graciela en el ex Provincial, el guardia llevó a la sala de los detenidos música del cantautor Palito Ortega. Ese día, al torturador se le dio por compartir sus gustos. La canción surgió a través de alguna clase de reproductor y, tal vez por el sarcasmo de aquel destino, contrastó grotescamente con la realidad de los secuestrados. La voz de “Palito” también estaba electrificada en el salón de los secuestrados:

La felicidad, ja, ja, ja, ja,

de sentir amor, jo, jo, jo, jor,

hoy hacen cantar, ja, ja, ja, jar,

a mi corazón, jo,,jo, jo, jon.

Graciela continuó sometida a torturas en el ex Provincial. Varias veces le quemaron el cuerpo, con gotones de parafina que caían desde velas ardientes.

Ella supo otras cosas allí, porque en los interrogatorios uno de sus torturadores llegó a admitir: “Mirá que nos diste trabajo, ¿eh? Siguiéndote hasta Río.”

Hacía pocos meses que Graciela había viajado a Río de Janeiro junto a Guido, su pareja, para visitar a un amigo. Comprobó, de esa manera, que sus captores llevaban bastante tiempo haciéndole un “seguimiento”, incluso transfronterizo.

Es una muestra, además, del modus operandi en el secuestro y desaparición de personas durante el último gobierno de facto en Argentina (1976-1983).

De regreso, Rosario     –

El día dieciséis en el segundo lugar de detención fue diferente al resto, en un aspecto: Graciela fue hombreada hasta un automóvil. La arrojaron en el piso trasero y la cubrieron con una frazada, para ocultarla y, a la vez, para impedirle la visión. Recién entonces uno de sus secuestradores le comunicó que la trasladaban a Rosario.

Y así fue, porque ciertamente el viaje para Graciela se tornó larguísimo. En el transcurso de esas siete horas de trayecto, reconoció tres voces a bordo del vehículo. Todas masculinas.

En Rosario, fue alojada en un lugar que olía y se oía como un campo.

Allí pudo bañarse, luego de llevar casi un mes secuestrada. Le quitaron la venda, sólo para que pudiera higienizarse. En la ducha, asomándose a un pequeño ventiluz rectangular, Graciela Pérez observó el exterior y comprobó que estaba en un ámbito rural.

La tortura en Rosario fue sistemática, como en los anteriores sitios. Habían reunido en ese lugar agreste a muchos detenidos. Tiempo después Graciela conoció otros casos como el suyo, cuando el retorno a la democracia en 1983 comenzó a exponer las más recientes tragedias de la historia argentina.

Ella recordó que, cerca suyo, en una habitación contigua del centro clandestino de detención rural de Rosario, había otros jóvenes. Años después, luego de leer los testimonios, se convenció de que uno de esos jóvenes fue el ex canciller Rafael Bielsa (secuestrado y detenido en 1977 en el centro clandestino denominado “El Castillo”, en la zona rural cercana a la “Quinta de Funes”, en Santa Fe).

El gato y el ratón      —

Su guardián la torturaba a Graciela. Y cuando no le aplicaba la picana eléctrica, el captor se entretenía mirando series de dibujos animados, en la televisión.

El captor detonaba su hilaridad con Tom y Jerry.

Ella logró reconocer que era el canal de Rosario el que allí se sintonizaba. Conocía la programación, los horarios, la grilla. Y desde entonces no pudo quitarse de la cabeza las carcajadas de aquel guardia que se entretenía con los dibujos animados y, de tanto en tanto, la sometía con una picana eléctrica.

Al final, Graciela Pérez fue liberada en Rosario junto a Guido Rizzo, su novio. Aunque habían sido secuestrados en el mismo momento, él en Rosario y ella en Azul, recién volvieron a estar juntos sobre el final de la detención, la noche del 4 de marzo de 1977.

Los dejaron cerca de la terminal de ómnibus rosarina. El departamento de la pareja había sido saqueado durante un allanamiento.

Horas después Graciela emprendió viaje hacia Azul. Antes había llamado a su casa, pero sus padres prefirieron, en ese momento, ocultarle la verdad cuando ella preguntó por su hermano Ernesto. Él aún no había aparecido. Lo haría recién la noche del 5 de marzo.

Como ocurrió también con el caso de las azuleñas Susana Yaben y Norma Monticelli, cuando Graciela Pérez llegó a la estación de ómnibus de Azul, había una persona esperándola. Era Juan Miguel Oyhanarte, periodista de El Tiempo. Él fue quien la acompañó hasta el domicilio de Burgos 424, desde donde había sido secuestrada un mes antes.

Graciela no tardó en comprobar que las intensas sesiones de tortura le habían producido una notoria pérdida auditiva.

Nunca más quiso regresar a Rosario. Ni a la carrera de Medicina. En cambio, estudió en Azul agronomía y obtuvo el título de ingeniera.

Con el tiempo, su salud se complicó, a partir de una vasculitis que fue agravándose.

Graciela Pérez murió el 9 de noviembre de 2015, envuelta en una profunda tristeza.

FUENTES

-Causa N° 41.772 (Caso Hnos. Pérez).

-Otras causas consultadas:  N°131/07 (y acumulada 42/09, caso “Quinta de Funes”) y Causa N° FRO 81000095/2010 (y acumulada 117/099).

El Tiempo, ediciones febrero-junio 1977.

-Entrevistas a Graciela y Ernesto Pérez.

 

 

 

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