BICENTENARIO DEL CRUCE DE LOS ANDES

La séptima ruta: el Paso de la Esperanza

Escribe: Hugo Boggi. Profesor de Filosofía y Ciencias de la Educación. Granadero Clase 63 (Esc. San Lorenzo y Esc. Pringles) 

Distinguir es un arte de peregrinos; se gesta en el matrimonio del silencio y la contemplación. La distinción nace en las altas cumbres y/o en las profundidades de los establos a donde concurren asombrados los humildes.

Hace un tiempo, a partir del bello título de “General del Silencio” que le diera a San Martín el ex Juez e historiador Enrique Díaz Araujo (1), invité al diálogo contemplando a José Francisco San Martín y Matorras, como aquel que mira lejos y camina, el hombre de silencios con horizontes de esperanza. Hoy retomo ese camino, para rememorar el Bicentenario del Cruce de los Andes.

El pueblo cuyano celebra por estos días lo que, en gran parte, se debe a su entrega y laboriosidad. Son comunidades que se gestaron en el encuentro de pueblos peregrinos. El estratega San Martín y su estado mayor, planificaron y ejecutaron el Cruce de los Andes por seis rutas en un movimiento que sigue siendo estudiado hasta hoy en las principales Academias Militares del mundo: los Pasos del Planchón, del Portillo, de Uspallata, de los Patos, de Guana y de Come-Caballos, fueron vasos comunicantes de la savia libertadora. ¿Qué mueve a un pueblo a responder al llamado del estratega para una campaña cómo la  sanmartiniana? Pregunta que admite diversidad de respuestas. Quizás, -solo quizás-, San Martín la respondería así: “El pueblo jamás se empieza a mover por raciocinio, sino por hechos” (2). A esa pregunta, que encuentra una respuesta posible en los hechos que se ven, le voy a  buscar otras respuestas en lo que no se ve. Me atreveré a considerar el interior del ser humano San Martín en su condición vital de peregrino, en su carácter de caballero andante, para preguntarme: ¿existe la posibilidad de una séptima ruta, de un séptimo paso, que aún no he visto, y que sea también lo que mueve a un pueblo a realizar grandes obras para ser libre?

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El hombre que mira lejos y camina

Quizás, solo quizás, quien mira lejos y camina, siente sed y bebe en el silencio del agua cristalina de la naturaleza redimida. Se es peregrino en este mundo, cuando se cree en Otro. Eso distingue al peregrino del viajero, del turista, del curioso que por causas afectivas, o estéticas, o científicas, recorre las maravillas de la casa común y crece en humanidad al contacto con ellas. Invito al lector a considerar a San Martín como peregrino, para proponerle que se detenga a ver en él lo que no se ve. Quizás ayude considerarlo como alguien que sabe de dónde viene y a dónde va; sabe del principio, porque sabe del fin; sabe que va con otros gestando lugares para los que vendrán después, por un Camino que él no hizo; sabe que no va sólo, aunque camine en soledad;  espera llegar al Hogar, al Puerto –como gustaba decir él en el uso de sus metáforas marinas –  con otros, aunque para ello, quienes van con él, recorran  caminos distintos o surquen mares diferentes. El peregrino, como el navegante, camina, con la mirada en horizontes de esperanza y aún cuando descansa, cuando duerme, su corazón está allí en lo que desea alcanzar.

En nuestra época se usa, se estila mucho, caminar, hacer viajes, en una especie de “búsqueda interior de si mismo”, se suele decir; quizás como una reacción que satisfaga el deseo de la afirmación de la propia identidad, ante una sociedad de consumo que masifica y despersonaliza. Y estos viajes, una vez finalizados suelen traer un tiempo de sosiego, descubrimiento de aspectos personales que se desconocían, etc. pero que más tarde o más temprano, reclaman otros viajes. El peregrino al que me refiero, es aquel que recorre un Camino – quizás lo hace varias veces -, pero es un Camino que se convierte en vital, porque  al transitarlo surge en su recorrido lo mejor de su ser, y con ello cambia, para mejorar, todo o casi todo aquello que va tocando a su paso. El peregrino es un ser que vive su ser social a pleno, y la manifiesta en obras.

¿Hay una séptima ruta sanmartiniana, un séptimo paso, ignorado, olvidado por mi, y que San Martín recorre como peregrino? ¿Qué vé quien mira lejos y camina? Ve horizontes, desde el principio ve el fin que lo mueve desde el principio. Porque conoce el fin, puede caminar mirando lejos; se preparó, se formó, se forjó, se educó, trabajó en la sencillez de lo cotidiano, lo que le permitió – entre otras cosas – descubrir los obstáculos que se pueden presentar de forma imprevista. En el trayecto se admiró y se detuvo a contemplar las huellas de los que le precedieron; preguntó, indagó, registró en su memoria lo verdadero y aprendió a distinguir lo que se presenta engañoso o falso o efímero. Quien mira lejos pre-ve; ve antes que los demás.

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Caminar con Esperanza  

¿Cómo camina un peregrino? El caminar del peregrino, resulta ininteligible para quien no tiene horizontes de esperanza; y en el esfuerzo por comprenderlo, desiste, porque termina confundido, agobiado. No se comprende el obrar del estratega peregrino desde la cómoda posición de un sillón frente a una pantalla o una cámara. A quien lo sofocan las grandes alturas o ciegan las profundidades, comienza a buscar las fallas, los yerros, las debilidades, se detiene en los aconteceres accidentales de la historia; con la excusa de “humanizar”, deshumaniza, con la intención de “deconstruir”, destruye. Cuando ve pasar un peregrino, mira que marca de zapatillas usa.

San Martín mira lejos y camina con esperanza, porque es capaz de rememorar, de obrar su presente en conmemoración de quienes le precedieron y porque es capaz de ver a los que le sucedan más allá de su propio horizonte vital. Nutre su obra en la savia vital de sus raíces sabiéndose sarmiento de una Vid de la que otros harán vino.

Sabe que para caminar con esperanza hay que hacerlo con otros y a esos otros hay que atraerlos al peregrinaje; y para ello sabe que “el camino más seguro de llegar a la cabeza es empezar por el corazón” (3).  Quizás, solo quizás, para entender al estratega San Martín en sus seis rutas, se requiere también realizar ese recorrido. ¿Qué hay en el corazón de San Martín que nos invite a partir para llegar a su estrategia libertadora? ¿Habrá allí una séptima ruta, el Paso de la Esperanza?

En este atrevimiento, se nos presenta un San Martín capaz de contemplar en el silencio los arquetipos que por su ejemplaridad le atraían, esos que, a la vez que atraen, impulsan hacia horizontes de esperanza. Se nos figura que en su peregrinar interior era capaz de realizar ese movimiento ancestral del arquero que tensa su arco para lanzar la flecha con certeza hacia el fin que persigue. Capaz de tomarse el tiempo, – a sabiendas que éste es más importante que el espacio -, para forjar la causa de la América que quiere libre. En esa contemplación silenciosa de su interior, se nos presenta capaz de encontrar sus propias cordilleras, los Andes de su corazón, con sus fértiles valles y sus cumbres heladas, con cuevas a las que nunca llegó el sol (hizo un arte del secreto en sus campañas); con arroyuelos por donde desciende cristalina el agua en primavera; y lechos que saben de sequías o se hielan en inviernos que a veces aparecen antes de tiempo y en otras ocasiones se prolongan mas de lo esperado. El “General del Silencio” es capaz de recorrer sus propios cordones montañosos de ida y de vuelta, varias veces; cruzarlos en salud y en enfermedad; camino a la gloria o de regreso a un destierro. En sus Andes interiores se enfrenta a la quietud de las luminosas auroras de sus virtudes y a las erupciones volcánicas de sus pasiones, que a veces cubren de ceniza y humo su peregrinar. Quizás allí, -solo quizás-, aprendió que su mejor amigo es el que enmienda sus errores y reprueba sus desaciertos.(4) Es en el silencio donde aprende a escuchar, a estar atento a la palabra que trasciende – asciende subiendo -, y en esas cordilleras interiores que atraviesa con la energía de la juventud conducida por cauces de ascetismo y sobriedad, aprende la distancia que hay entre lo que se es y lo que se debe ser (5); y así va conquistando ese tiempo en el que ya no se pertenece a si mismo sino a la causa del Continente Americano (6). “En sí pensaba, y en América; porque es gloria suya, y como el oro puro de su carácter, que nunca en las cosas de América pensó en un pueblo u otro como entes diversos, sino que, en el fuego de su pasión, no veía en el continente mas que una sola nación americana”, escribirá de él José Marti.(7)

Quizás, -solo quizás-, en sus cordilleras interiores aprendió a conjugar el tiempo llano de los valles florecidos con la aridez de cumbres heladas por las que asomarse a sus propios abismos, y así forjarse libre por ser capaz de no abandonarse a los excesos. (8) Es la mirada interior la que le permite al Peregrino de la Libertad, ver lejos con esperanza. Peregrina en horizontal y en vertical y así comienza, desde dentro, a trazar “la Cruz en su esfera durable” tal cual la significará Leopoldo Marechal en su Didáctica de la Patria. (9)

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Por la ruta de la Cruz o la no enseñada 

¿Tendrá el trazado de la Cruz el séptimo paso, la séptima ruta que se va abriendo desde el principio, en el corazón sanmartiniano? Primera en la intención y última en la ejecución, ¿no será esta ruta una de aquellas realidades a las que Exupery llama esenciales por invisibles a los ojos?

Quizás, -solo quizás-, porque esta séptima columna no se enseña, no se aprende cuando aprendemos las seis rutas sanmartinianas para conocer algo del Cruce de los Andes, quizás por eso ya la hazaña no mueve, no despierta en el que enseña y en el que aprende, dos de las condiciones necesarias para los mejores aprendizajes: la admiración y el deseo. Y en la repetición constante de un Cruce de los Andes en seis rutas, se puede producir lo de aquella vieja sentencia latina: “Assueta viles cunt”, algo así como, “las cosas que se reiteran se envilecen”; se cae en la rutina, no se admira, se apaga el deseo, no se aprende.

¿Cómo se puede trazar en un mapa la séptima ruta? ¿Cuáles son sus escalas, sus acampes, sus escaramuzas, sus combates, sus batallas, sus lugares de aprovisionamiento, sus fuentes de agua, los mojones en los que se sepultan los caídos?

“Aquel hombre que se hacía el desayuno con sus propias manos, se sentaba al lado del trabajador, veía porque herrasen la mula con piedad, daba audiencia en la cocina – entre el puchero y el cigarro negro – dormía al aire, en un cuero tendido…Campeó entre aquellos trabajadores el que trabajaba mas que ellos;…el que en los conflictos de justicia sentenciaba conforme al criterio natural; el que solo tenía burla y castigo para los perezosos y los hipócritas; el que callaba, como una nube negra, y hablaba como el rayo…”, en la  descripción de José Martí (10); ese hombre, es capaz de mirar lejos porque está atento a lo que tiene cerca. Porque posee hábitos virtuosos, que descubrió, fortaleció, desarrolló, en su ruta interior, puede mostrarle a los demás, y exigirle esfuerzos y renuncias, en pos de un bien mayor que él conoce y pone de manifiesto que lo busca, con sus obras cotidianas.

José Francisco San Martín y Matorras: su ejemplo arrastra a las altas cumbres y/o sumerge en las profundidades de los establos a donde concurren asombrados los humildes; su ejemplo invita a recorrer el único paso que podemos seguir recorriendo con él, el séptimo, la ruta que estuvo primera en su intención y última en su ejecución, la ruta que se renueva en cada corazón argentino que quiere seguir cruzando cordilleras para encontrarse con la Verdad que lo hace libre: por el Paso de la Esperanza, por la Ruta de la Cruz, la no enseñada.

 

(1) Cfr. Díaz Araujo Enrique, San Martín: cuestiones disputadas, UCALP, 2015, T.II, Pág. 364.

(2) y (3) Documentos del Archivo del General San Martín, Bs.As., 1910, Santiago 1° de enero de  1819, T. VII, Pág. 163.

(4) Mitre Bartolomé, Obras completas, Bs.As., 1940, Mendoza 12 de abril de 1816, T V, Pág. 254.

(5) Carranza Adolfo P., Correspondencia del Gral. San Martín, Carta fechada en Montevideo 27 de abril de 1829, Pág. 173.

(6) Documentos del Archivo del General San Martín, Bs.As., 1910, Lima 19 de enero de  1822, T. XI, Pág. 577.

(7) y (10) Marti José, San Martín, Bolívar, Washington y otros escritos, Ed. Sopena Argentina, 1945, Págs. 26 y 27

(8) Cfr. El Legado de San Martín, Inst. Nac. Sanmartiniano, 1978, La estatua del Gral. San Martín y su inauguración, A los habitantes del Perú, Valparaíso, 22 de julio de  1820, Pág. 191.

(9) Marechal Leopoldo, Heptameron, Sudamericana, 1974, Pág. 70

 

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