La Tournée del Gurú

Por Adolfo Mirande -Especial para EL TIEMPO

“Si muero no moriré del todo”

Salvador Dalí.

“La fuerza del vampiro reside en que nadie cree en él”

Richard Matheson M.                        

Juan Calzada era “el gurú” para sus discípulos.

De personalidad extrañamente seductora y sonrisa enigmática “el gurú” imponía fácilmente su presencia por su notable carisma, su recóndito  alo de misterio y su extraña inteligencia.

Era gustoso de las charlas informales con estudiantes curiosos que se interesaban por sus temas y eran interlocutores muy atentos de sus siempre muy fantásticas e inusuales opiniones.

Parapsicología, física quántica, universos paralelos,  vida después de la vida, viaje en el tiempo eran cuestiones que su sugestivo discurso las hacia atrapantes.

Calzada era profesor de Física en la Universidad Nacional de La Plata y un brillante conversador que demostraba su formación enciclopedista y su fino discurrir misterioso, poniéndose en  el centro de los debates sin soberbia y con gran destreza discursiva.

El estudiante Lucena era el más amigo del profe y casualmente el más escéptico en cuanto a sus fantásticas y a veces herméticas disquisiciones.

Esa mañana lo había llevado la ambulancia a Calzada con fuertes dolores en el pecho y según los médicos, nada pudo hacerse, y por eso se murió en el camino.

Fue en ese momento  cuando el discípulo Juan Lucena vivió la experiencia más notable de su vida. Sintió una fuerte actividad muy extraña en su mente pretendiendo informarle que su amigo Calzada no estaba muerto.

Ocurría un fenómeno muy difícil de creer, y era que Lucena recibía pensamientos del profesor, que estaba vivo, puesto que lo que había ocurrido era un ataque de catalepsia y no su fallecimiento.

El podía ver y oír, pero no se podía mover.

La cuestión presentaba aristas muy oscuras y hasta desatinadas; su recóndita extrañeza no estimulaba a la afable aceptación ni a una sumisa creencia.

Efectivamente el discípulo no lo creyó y para Juan era un fenómeno perteneciente a la subjetividad de su imaginación y nada tenía que ver con lo real.

Estoy vivo, estoy vivo, mírenme pensaba con total impotencia el profesor.

Y puesto que sólo podía pensar y no hablar, nadie lo escuchaba.

Nadie, excepto Lucena, que lo sentía en su cerebro y  podía oírlo, pero totalmente persuadido de que era una manifestación fantasiosa  de su mente muy apremiada por tan desmesurados y fantásticos sucesos.

El profesor estaba en la cama boca arriba y supo que lo llevaban al féretro cuando dos hombres se acercaron y lo agarraron por las piernas y por la espalda.

–No, no, al cajón  no, trataba de decir Calzada.

Pero nada podía decir y Juan Lucena no lo podía creer.

Su mente esquemática le impedía admitir el fenómeno paranormal.

Después prosiguió la espantosa angustia y todo fue oscuridad para el “cadáver” que estaba vivo.

Los ruidos parejos eran las paladas de tierra que desde arriba echaba el sepulturero.

–Polvo eres, y en polvo te convertirás; decía el cura.-

La tremenda zozobra se convirtió en desesperación y comenzó el sepultado a golpear y rasguñar las maderas que lo cubrían.

Los dedos se lastimaban y las uñas se partían sangrando profusamente.

Y todo lo percibía en su cerebro con la claridad de las palabras el amigo incrédulo del profesor, pensando en una creación de su propia mente.

La respiración de Calzada era fuerte, jadeante y las gotas de sudor le caían por el costado de la frente. Sus fuerzas se agotaban.

Entonces escuchó chillidos en la negrura y rasguños en la madera y su alarido fue de tremendo terror. ¡Eran las ratas carroñeras! Y venían por carne fresca!.

Las viejas charlas informales con el gurú comenzaron a tener perentoriedad dramática en la terrible duda del discípulo que se agravaba con los minutos y en la sensibilidad del joven por su amigo “muerto”.

Juan Lucena, repuesto de su ofuscación excesivamente académico-racionalista y muy preocupado a esa altura, comprometió de urgencia a sus amigos para un “desentierro” de rescate del profesor. Y al punto pusieron manos a la obra.

Se evitó la discusión con burócratas y religiosos porque ese tiempo podría hacer la diferencia entre la vida o la muerte por asfixia. El amigo del profesor al contrario de lo anterior actuó  con “crédula” decisión.

Cuando las palas y los amigos de Lucena llegaron al féretro, el inhumado vivo estaba totalmente ensangrentado y con un rictus de muerte en su rostro.

Se encontraba profundamente desvanecido y lo sacaron vivo.

Los testigos amigos todavía no salían del tremendo shock.

Lucena no era un jurista pero intuitivamente sentía que había cuestiones atrapadas en las oscuridades de la duda.

Si Calzada hubiera muerto como consecuencia de su actitud dubitativa, hubiera sido él un homicida por omisión?.

O no hubiera sido imputable?.

Aunque ya era una cuestión abstracta el fantasma de la culpa no dejaba de acosarlo.

Pero al tiempo todo careció de importancia.

Lucena fue el primero en apreciar los profundos cambios en la conducta diaria de Calzada y el primero en ser afectado también por ese proceso.

Se levantaba “el gurú” por las noches y salía a hurtadillas a vagar por cementerios y por zonas de enterramientos andando como un zombi y Lucena lo seguía detrás con un gesto que exhibía una profunda concentración casi mística y ya decididamente bajo el ascendiente del gurú.

Profesor y discípulo acudían noche a noche a las tumbas cercanas   donde ocurrió el enterramiento del gurú, viendo, oyendo, y haciendo cosas imposibles de entender para seres humanos.

Algo muy extraño estaba teniendo una influencia determinante en ambos peregrinos merodeadores de la noche.

Poco a poco fue apoderándose de los lugareños la  idea de que fuerzas satánicas se movían por los bosques y arroyos vecinos.

El profesor y el discípulo eran los señalados.

Un anciano catedrático, teólogo y filólogo colega de Calzada tenía su idea formada.

De acuerdo al viejo profesor estos amigos después de las terribles peripecias vividas sucumbieron al mundo del enigma de la muerte.

Y así fue que los dos caballeros de las sombras, en una terrible noche, de esas donde medran brujas y demonios, entonaron las más extrañas letanías entre truenos y relámpagos invocando a Satanás y se marcharon con los diablos a las tinieblas del averno.

Ambos vampiros se fueron con presta voluntad de pronto retornar…

 

 

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