ALUMNI – ATHLETIC

La última alegría albinegra en su casa

6 de septiembre de 2015. Alumni acaba de ponerse en ventaja con un antológico gol de Nicolás Canelo, en el suelo junto con Mazzante y Pouyannes. Aquella tarde, el albinegro le ganó a Athletic por 2 a 1.
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6 de septiembre de 2015. Alumni acaba de ponerse en ventaja con un antológico gol de Nicolás Canelo, en el suelo junto con Mazzante y Pouyannes. Aquella tarde, el albinegro le ganó a Athletic por 2 a 1.

El triunfo de septiembre pasado en el Emilio S. Puente, es a la vez el más reciente festejo alumnista en el clásico que hoy se reedita. Aquella tarde, el plantel cebra sumó al festejo por el título consumado una semana antes, este 2 a 1 a favor.

 

El contexto que enmarcó lo que hasta ahora es el último triunfo de Alumni en un clásico jugado en su estadio (de hecho, se trata de la última victoria en el clásico), fue –por así decirlo– almíbar + IVA. El domingo anterior a este mano a mano con Azul Athletic, el plantel albinegro se había consagrado campeón después de pasar seis años sin dar una vuelta olímpica, logrando el título del Apertura 2015 en una antológica final ante Sarmiento de Tapalqué, rival al que en el Emilio S. Puente goleó, en la revancha, por 6 a 0.

En Alumni, la felicidad empalagaba, la corona tenía como basamento un destacado funcionamiento del equipo, cuyo poder ofensivo se encargó de doblegar a casi toda defensa que enfrentó (en ese Apertura jugó 17 partidos: ganó 13, empató 1 y perdió 3. Convirtió un total de 39 goles –un promedio de 2,29 tantos por encuentro– y recibió 12 tantos –0,70 por cotejo–). Estas pocas coordenadas sirven para entender cuál era el microclima de ese clásico disputado el 6 de septiembre de 2015 en el estadio de la cebra (volverían a jugar en Maipú y Diab el 8 de noviembre, por los cuartos de final del Clausura. Ganaría el fidelino por 3 a 2, dejando a su oponente eliminado).

“Para que cualquier alumnista no se sienta pleno hoy, su inconformismo debe merodear el arquetipo, pues ¿qué más se puede pedir por estos días en Alumni?”, refería la crónica del lunes 7 de septiembre de EL TIEMPO. El elenco dirigido por Mariani, si bien se sentía saciado, reconocía que le quedaba un anhelo por cumplir: estrenar con celebración su logro ante su antológico rival y que el postre finalmente completase sus cerezas.

“El de ayer fue otro de los tantos clásicos al que la historia le quedó grande y uno de los más violentos de los recientes torneos”, enfocaba amargamente unos de los primeros párrafos del mismo texto, que seguidamente opinaba: “La victoria albinegra puede leerse inmerecida desde el parámetro de las chances de gol por bando; Ibáñez dio forma a uno de los altos rendimientos del cotejo y, en parte, explica lo antes dicho. Abriendo un poco el ángulo de análisis, considerando otros aspectos (esos que ameritan la discusión mucho más que contar oportunidades desperdiciadas), el 2 a 1 no es extraño a lo acontecido”.

Este Alumni-Athletic tuvo un demasiado explícito matiz violento (no fue el primero ni será el último). A los 9 minutos del primer tiempo ya contabilizada dos expulsados, uno por bando: Agustín Parodi en la estrellita y Esteban Castañares en el local, luego de una agresión física mutua.

Esporádicas insinuaciones de gol, alguna muy clara para Athletic e Ibáñez, de a poco, forjando su embestidura de figura (una de ellas). Las rojas habían trastocado funcionalidades y ánimos y el cotejo no alimentaba placeres en el público. Hasta que… “Como en el Apertura –volvemos a leer en la crónica tiempista– Canelo festejó obras personales, y en este caso, una obra de arte: a la salida del círculo, levemente sobre la izquierda y de espaldas al alejado arco de Matos, “Gori” controló, luego giró hacia adentro y mientras el espíritu del “Chango” Cárdenas se apoderaba de su pie derecho, mandó un remate alto, preciso al ángulo superior diestro del arquero albo. Golazo, gran golazo”.

En el ocaso de ese mediocre primer tiempo, el conjunto de Ivanoff consumaría la merecida paridad a través de un balón detenido; Brian Carrizo buscó por alto la pelota llegada desde el sector opuesto, cerrada contra el arco de la calle Diab, y de cabeza vencía al arquero local.

“Era bastante difícil alimentar esperanzas de mejoría de cara al segundo tiempo, y en efecto poco se trastocó aquella escenografía ya vista”, anuncio desilusionado para el albor del complemento, donde más adelante se decía: “En términos generales, la diferencia la hacía el equipo con mayor fortuna en cada conflicto de pelota dividida”.

Mientras que Alumni conseguía construir algo más de tenencia, de circuito grupal, Athletic desperdiciaba alguna chance concreta de gol y se veía cada vez más imposibilitado de amargar el dulce del festejo rival, que pugnaba por los tres puntos para complementar la vuelta olímpica, algo que a poco del cierre pudo establecer.

El segundo tanto alumnista vino a coronar otro rapto de la casi inédita producción colectiva: “Esta vez hubo una sociedad meritoria sobre la borda derecha del ataque alumnista; Duarte, Mazzante, Canelo y el pase vertical para Arrigoni, quien desde su posición defensiva pasó a desairar a Lapalma dentro del área y, luego, doblegar la floja resistencia de Matos contra el primer palo”. Ahora –tal como se tituló aquella crónica de lunes– “El postre tiene todas las cerezas”.

El cotejo finiquitó con el mismo agrio matiz con el que se inició: fueron expulsados De la Canal y Arbizu en el local y el visitante, respectivamente.

El albinegro se daba el gusto grande de completar una enorme celebración de campeón con una victoria ante la estrellita, hasta el momento la última alegría en su casa. Una vuelta olímpica que se extendió durante una semana, en uno de los momentos de mayor éxtasis negro y blanco de los últimos años. Hoy el contexto es otro, las implicancias del certamen son distintas. Pero un clásico tiene un fuego interno que nunca se apaga, jamás.

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