Legado

Cuando muere un ser querido, es natural preguntarnos “¿por qué nos pasó a nosotros…?”. Igualmente de previsible es que lleguen a nuestros oídos expresiones como: “era una gran persona” o “fue excelente en su trabajo” o “ha dejado un legado imposible de olvidar”. Hay personas que fueron eso y más, aun cuando no se las reconozca en vida, como en toda sociedad madura debería ocurrir.

Norma Teresa Rusconi, quien ayer hubiera cumplido 79 años de edad, fue una de esas personas. Y no lo digo como hijo. Lo afirmo porque viví buena parte del desarrollo de ese legado que dejó en familiares, colegas y amigos, y en la sociedad azuleña en general.

Sé de sus ideas y luchas, de sus proyectos y realizaciones; o de alguno de ellos, porque su cerebro era una “tormenta perfecta” de ideas y propuestas.

No era de movilizarse ni marchar, pero era una ferviente defensora de los derechos humanos en general, y de los de la mujer en particular. En su retina, según contaba, quedaron grabadas las imágenes del ingreso de las tropas militares en la Universidad Nacional de Córdoba donde estudió, con todo lo que eso implicó para los oscuros años de la Dictadura, con desapariciones, secuestros y muertes.

Como corresponde -y ella así lo quería-, jamás se le regaló nada. Todo se lo ganó en buena ley: por concurso o mérito propio. Llegó a tener varios trabajos al mismo tiempo para solventar los estudios de sus tres hijos. Jamás se quejó de aquello que el destino le puso por delante.

Como docente y rectora -en distintas etapas- de los dos profesorados terciarios de Azul, siempre respaldó la educación pública y gratuita; de la misma manera, insistentemente instó a sus alumnos a tener un pensamiento crítico, libre y democrático.

Para ella, la docencia era mucho más que un trabajo. Era una forma de vivir.

Desde el patrimonio cultural y turístico que tiene la ciudad, tuvo mucho que ver, hace varias décadas, con la decisión de “Doña Santa Ronco” de donar al pueblo de Azul su casa con las colecciones bibliográficas que allí se cobijan; el mismo ímpetu le puso al Museo Etnográfico y Archivo Histórico “Enrique Squirru” mientras fue directora, y a los inicios de la Facultad de Agronomía de la Unicen, casa de estudios donde un salón lleva su nombre.

Cuando en el año 1995 cumplió el sueño de la casa propia en el barrio San Francisco, los vecinos la recibieron con los brazos abiertos y la respetaron siempre, tal vez en retribución a la humildad y generosidad que ella practicaba con los lugareños.

Hizo una decena de viajes al exterior representando al país en congresos internacionales de museos. De regreso, volvía a su “Sanfra” a disfrutar: su patio, sus plantas, sus mascotas.

Norma fue una militante de toda época. Tenía convicciones muy fuertes y las defendía, siempre apostando al diálogo. No por nada se especializaba en clases de Filosofía y Ética, entre otras. Hizo honor a ellas no sólo mientras daba cátedra, sino a través de una conducta intachable.

Seguramente cometió errores; como todos, pero nunca por maldad ni falta de compromiso o de dedicación en lo que hacía.

Desde el año 1983 en adelante, como una forma de canalizar sus inquietudes, un par de veces se involucró en actividades partidarias y formó parte de alguna lista que se presentó a elecciones. Cuando supo de ideas y/o acciones que no condecían con los valores que ella defendía, dio un paso al costado.

En lo personal, le estaré eternamente agradecido porque –aun cuando no estuviera en el año 1972 pasando por épocas de prosperidad económica- en una actitud altruista que aplaudo de pie, me adoptó y crió con el amor que pudo y supo dar, de la misma manera que lo hizo con sus dos hijas mujeres. Más acá en el tiempo, vivió intensamente su “debut” como abuela de dos de sus cinco nietos.

A fines de la década del 90’ Norma asumió, con entereza y valentía, el diagnóstico de una cruel enfermedad. Jamás se quejó y, aun cuando se sometía a tratamientos invasivos, le puso todas sus energías a tratar de torcer un destino sellado.

El cáncer se llevó su cuerpo el 19 de mayo de 2004, mientras estaba –sedada- internada en Bahía Blanca. Veinte días después, como si de un “pacto” no firmado se tratara, su único hermano emprendió el mismo “viaje”.

Pasaron más de 14 años de su fallecimiento y a diario me encuentro con personas que fueron colegas o alumnos, o amigos o conocidos y, con cariño y mucha emoción sincera, me hablan del “legado” que Norma dejó en ellos.

No existe huella, por marcada que sea, que pueda reemplazar su presencia como madre, abuela, amiga y asesora; como generadora de ideas y luchadora, pero reconforta y enorgullece ser hijo de alguien así.

Norma: donde quieras que estés, ¡feliz cumpleaños!

Augusto Meyer

DNI: 22.505.935

 

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