Los Caballeros de la Noche

Por Adolfo Mirande – Especial para EL TIEMPO

De los vivos a los muertos: “Requiescant in pace”

De los muertos a los vivos: “Espectamus dominum”

Alfonso Kerchowen de Peñarada, perteneciente a una familia noble de Bruselas, se dirigía con perversas intenciones  al cementerio de la Recoleta en la fría noche del  24 de agosto de 1881.

Lo acompañaba un grupo de hombres tensos y sigilosos.

En ese miércoles destemplado, de gélidas ráfagas heladas, nadie había quedado en la necrópolis.

Las plegarias por los difuntos estaban enmudecidas, el capataz y su gente se habían retirado y la neblina flotando  en el aire apagaba el color de las flores tan efímeras como fue, en vida, el aliento de los muertos.

Venían con la injuria presta, tras el sepulcro de Dorrego, a deshonrar con sacrilegio su nombre.

Todo era silencio, frío y mala onda, bajo la garúa fría cayendo sobre la cripta que ya era  profanada.

La soledad era la dueña del paisaje y  como un silbo entre el silencio de las tumbas, sonaba el chillido feo de los duendes de la noche, que poblaban un cielo de carbón.

Era todo quietud  la bella arquitectura, en el ambiente espectral, congelado en los brazos de la Luna, que se agitaban cautivos de los lazos de la bruma.

Los visitantes nocturnos con tenebrosas capuchas negras, portaban picos, sierras y palas.

Eran las herramientas necesarias para la tarea de manipular y llevarse un cadáver.

Casi como extinguidas se oyen en la calle, remotas campanadas, el pito de la ronda de algún vigilante y  el silbido de algún caminante lejano vagando solitario en la noche sin bocinas y sin estrellas.

Y en el camposanto las llamas de las teas flamean siniestras de manos de Peñarada  y sus secuaces. Afuera los faroles callejeros alumbran encendidos como candiles desganados.

La banda de profanadores viene a llevarse el cuerpo muerto, hecho cenizas, de Doña Inés Indart de Dorrego.

Jefe de Buenos Aires…¡Don Torcuato de Alvear ¡se está perturbando el descanso de los muertos!; se está cometiendo una felonía!.

¡Duende! ¡Duende!…Vuela rápido en la noche de difusa Luna. Dile a Don Torcuato que llegan Los Caballeros de la Noche…Dile que van llegando.

Las sombras de los perfiles intrusos, se mueven a la luz de las antorchas en una escena tenebrista, y  los asaltantes fueron a lo suyo, que no era la contemplación de joyas arquitectónicas ni de esculturas de vírgenes, de ángeles y de cristos, tan maravillosas, que suelen comentarlas en el mundo entero.

Del lujoso mausoleo se llevan el ataúd de Inés de Dorrego y lo van ocultando en bóveda ajena.

El lugar elegido para  la muerta  errante fue  el sepulcro de la familia Requijo,  que hoy ya no existe y que tal vez no vuelva a levantarse, como no vuelve el alma de los cadáveres desde  la eternidad desconocida.

El peso del féretro complica su traslado fuera del cementerio, pero la sustracción de su bóveda  y la ubicación en su escondite cumplía con el plan.

Felisa Dorrego de Miró, hija de Doña Inés, recibió en la mañana del jueves 25 una carta que exigía el pago de 2.000.000 de pesos por la devolución del féretro.

Pero el objetivo de la banda no pudo cumplirse, ya que los confabulados fueron detenidos.

Las peripecias jurídicas comenzaron cuando se buscaba condenar a los integrantes de la banda.

Para que haya delito por un hecho acaecido debe existir una ley anterior que así lo disponga.

La conducta que se juzgaba no se adecuaba a ninguna denominación de las leyes penales. Técnicamente no existía “tipo”.

Las acciones de los imputados  no están contempladas como violatorias de la ley  en la Argentina, afirmó  el defensor Rafael Calzada.

No obstante en primera instancia fueron condenados.

Un tiempo después la Cámara de Apelaciones dijo que  no se había cometido  delito para la ley del país. Fueron liberados de pena.

Al tiempo se incluye una norma en el Código Penal  que impone  sanción…”Al que sustraiga un cadáver para hacerse pagar su devolución”. Pero las leyes no son retroactivas.

Muchos años después corría una colorida historia sobre la relación entre la señora Felisa y el hijo del Vizconde de Kerchowen.

La mujer intrigada quiso saber cómo el joven belga había llegado a la delincuencia, por lo que decidió conocerlo personalmente.

En las mesas de los bares, a veces sé relata la leyenda romántica de  la aristocrática dama y del joven de Bélgica de rancia estirpe.

El jefe de los Caballeros de la Noche habría manifestado su enamoramiento por la señora Dorrego de Miró.

Mi abuelo supo de la legendaria historia, por los años veinte en “La Veredita”, que después se llamó “La Biela”.

La oyó de boca de un viejo “Habitué” del café, amigo de los duendes de la Recoleta. Y que  así se lo contó.

 

 

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