RELATOS DESDE EL ENCIERRO

Luciana

“Ojalá te enamores”. Proverbio Árabe

Escribe Matías Verna (*)

Luciana Gómez Hernández amanecía y corría las cortinas de su celda para observar entre las rejas la mirada del guardia de turno apostado en el atalaya Nº 6. El amanecer le daba al vigilante un rostro naranja que con el correr de las horas iluminaba a un joven que nada tenía que ver con ese trabajo.

“Buen día Don”, le gritaba Luciana Gómez Hernández mientras se cepillaba al pelo y se hacía un rodete dejando un cuello libre de perfumes y unas mejillas sin caricias: “Ya le queda poco para irse a descansar ¿no?”.

El diálogo era casi siempre el mismo. Hasta la rutina laboral convertía las palabras en parte del sistema.

Luciana vestía jean ajustado que le apretaba la panza, camiseta de Lanús y zapatillas Nike de  400 pesos. Tenía un tatuaje en la muñeca hecho en la calle. Pelo oscuro y ojos marrones.

Martín, así se llamaba el guardia, miraba a las presas desde los siete metros de altura y no encontraba ni un gramo de excitación en aquellas mujeres privadas de la libertad. Prendía un cigarrillo, sintonizaba la radio que con frecuencia perdía la frecuencia y se esforzaba en escuchar alguna canción completa o alguna buena noticia.

Luciana Gómez Hernández estaba presa por “Homicidio en ocasión de robo” y le quedaban unos años más. Era primaria pero parecía reincidente. Peleaba bien, sabía hablar con el personal, resolver un conflicto y retirarse antes de tiempo.

Cuando no estaba en el patio de recreos o en la escuela, Luciana intentaba olvidarse que estaba en una celda y caminaba imaginando un hogar con pasillos, dos baños, tres habitaciones, una cocina grande con una mesa para seis, siete u ocho comensales y muchas ventanas, sobre todo muchas ventanas.

De reojo siempre miraba el cielo detrás de los barrotes. Soñaba otra vida y cuando la mirada le mostraba una cárcel sabía que siempre sería así o parecida, libre o encerrada.

Su familia dejó de visitarla los sábados cuando empezó a notar que sus conductas en vez de evolucionar la llevaban hacia la exclusión y la marginalidad.

“No me convida un corchito Don”, le dijo Luciana al guardia que se prendía un cigarrillo mostrando una foto triste y ausente. “Como en las películas, ¿vio? Cuando le dicen al condenado si quiere un último deseo y pide un cigarrillo, ¿vio?”, dijo y se rió mostrando luz y belleza.

El guardia se rió y también hubo algo.

Se miraron por sus ventanas. Fumaron sin hablar. Se saludaron con la mano.

(*) Es periodista y escritor. Nacido en Azul, vive actualmente en Olavarría. Este año publicó su séptimo libro, titulado “Crudo”. En esta sección compartiremos textos inéditos que detallan, con ficción y realidad, la vida en contexto de encierro, tanto de empleados del SPB como detenidos.

 

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