RELATOS DESDE EL ENCIERRO

Marcelito (voz de trueno)

Por Matías Verna  (*)

“Quién no está preso de la necesidad está preso del miedo”

Eduardo Galeano

Marcelo Jiménez Corso entre idas y vueltas llevaba más de 30 años en cana. Un metro noventa y dos de altura, ciento siete kilos, cara de muy malo, pocos dientes y unas manos que cuando saludaba escondían los dedos de los demás.

Robó, mató, se drogó con todo, huyó, robó más y así todo este tiempo.

Me habían advertido de su voz y el miedo que imponía al hablar. Cuando lo llamé por primera vez me miró y no obedeció. Me paré firme frente a la reja y grité su apellido sin importarme nada: “Jiménez Corso, venga”.

Creo que si voló una mosca fue para irse de la cárcel. Todos giraron para verme y entre la multitud de la población, con las celdas abiertas un viernes por la noche, en ese temeroso pabellón N° 4 en la Unidad 7 de Azul, apareció la inmensidad de Marcelito como quien derriba bolos de un bochazo.

La población abrió paso y con movimientos toscos y la mirada clavada en mis ojos, esa mole caminaba hasta mí sin pedir permiso. El silencio era ensordecedor. Se apagaron los televisores, no se escuchó más música, mudo el mundo. Ni los búhos del descampado cercano emitieron sonido.

Marcelo Jiménez Corso, alias Marcelito, preso desde que era guachín y no sabía cargar un chumbo, siguió conservando su apodo por todos estos años.

Mis compañeros me dejaron sólo y se escondieron en la matera asomando apenas el hocico y siguiendo la función. Las manos de Marcelito se aferraron a los barrotes y ese pichón de King Kong pensé que arrancaba las rejas de un tirón.

Me miró, creo que le salía humo por la nariz, yo creo que me cagué un poco, pero no me moví ni un centímetro y mi cara no hizo ninguna expresión.

Me puse más firme y le dije: “Mañana se va de traslado, prepare sus cosas que en la madrugada lo llevan a La Plata”. Mis palabras en el silencio se oyeron hasta el puesto de entrada.

Marcelo Jiménez Corso se inyectó los ojos con sangre de sus venas, rechinó los dientes y creo que salieron chispas y cuando pensé que un trueno saldría de sus cuerdas vocales… una voz aflautada cual Romeo Santos, como de silbato para llamar a los perros vibró en las ventanas que aún quedaban sin romper: “Está bien encargado lo espero”, dijo y se quedó mirándome.

Nadie quiso reírse. Esa bestia con voz de canario creo que me mataba si llegaba a reírme por el tono de su voz. Mis compañeros me habían jugado una humorada y yo frente a ese condenado tratando de superar todo calibre entre la vida y la muerte.

“Muy bien”, dije y giré con el rostro rojo de nervios. “No tarde”,  le ordené y concluí haciéndome el malo. “Está bien encargado”, dijo Marcelito y se metió en la celda hasta que le llegó el traslado.

(*) Es periodista y escritor. Nacido en Azul, vive actualmente en Olavarría: Recientemente publicó su séptimo libro, titulado “Crudo”. En esta sección compartiremos textos inéditos que detallan, con ficción y realidad, la vida en contexto de encierro, tanto de empleados del SPB como detenidos.

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