RELATOS DESDE EL ENCIERRO

Mariano

“La muerte es una cuestión de suerte” (Pistolas-Los Piojos).

Escribe Matías Verna (*)

Mariano Arévalo Ponce se tiroteó con la policía en un super chino y en medio de la balacera mató a una nena de diez años que abrazaba a su mamá porque estaba asustada entre las latas de arvejas y los paquetes de lentejas y porotos.

Esa tarde, hasta él lloró por la injusta muerte. La tele se cansó de pasar las imágenes captadas por la cámara de seguridad. El estruendo. Los alimentos desparramados. La desesperación. La impotencia. La sangre.

Lo condenaron a 25 años y él se condenó todos los días también.

Mariano Arevalo Ponce fue al super en busca de comida porque no quería humillarse más pidiendo alimento. “Se me llevaron hasta la dignidad, encargado”, me decía cada vez que relataba la historia.

Lo pasearon por todas las cárceles de máxima seguridad por su peligrosidad y su delito. Lo molieron a palos en cada destino los otros presos y los “vigis” que se veían afectados con la causa de Mariano o aquellos que tenían hijos pequeños y no podían mirarlo a la cara.

Mariano Arevalo Ponce subía a los camiones esposado de pies y manos, resignado, esperando la muerte por un puntazo, una golpiza o por depresión colgado del cuello.  “Voy a cumplir mi condena”, decía y lloraba contando los días.

Sus días transcurrían en la biblioteca. Tenía Secundario completo. Los informes no lo habilitaban a salir a hacer tareas laborales. Miraba poca televisión, algún partido de la selección o fútbol europeo los sábados de tarde y los domingos por la mañana.

Mariano Arevalo Ponce, no quería vivir más, pero debía cumplir su condena.

Yo lo conocí unos años antes de que recupere la libertad. Se fue con veinte kilos menos de la cárcel de Sierra Chica. En la boca una dentadura postiza floja. En un bolsillo algunos cigarrillos, los documentos y la ropa puesta. “Esto es todo lo que tengo encargado, no sé que hacer, ¿qué hay afuera?”, preguntó temblando y angustiado.

“Firme acá”, le indicaron desde la oficina de Registro de Internos.

Le tendí la mano y 200 pesos escondidos. “El taxi está pago hasta la Terminal”.

 

(*) Es periodista y escritor. Nacido en Azul, vive actualmente en Olavarría. Este año publicó su séptimo libro, titulado “Crudo”. En esta sección compartiremos textos inéditos que detallan, con ficción y realidad, la vida en contexto de encierro, tanto de empleados del SPB como detenidos.

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