OPINIÓN

Misoginia: en búsqueda de una salida

Por Dolores Bengolea – bengoleadolores@gmail.com

Según el diccionario de la RAE misoginia significa aversión u odio a las mujeres.  Puesto en buen criollo podríamos decir que es machismo elevado al extremo.  Es algo así como reducir a la mujer a la condición de súbdita del hombre, vulnerarla en sus cualidades de mujer, desmerecerla y, de ser posible, transformarla en una persona-objeto capaz de satisfacer cualquiera de las necesidades masculinas.  No es casual que circulen comentarios o chistes del tipo: “¿Sabés qué es una gran mujer? La que es capaz de ser chef en la cocina, señora en la sala y puta en la cama” o “No te metás que son cosas de hombres” o el remanido  “Andá a lavar los platos”. “¿Machista yo? Si a mi mujer la dejo trabajar y todo.”

No es patrimonio exclusivo de los argentinos pero es necesario acotar esta reflexión a nuestra cultura para conservar la esperanza de brindar un aporte genuino a la toma de conciencia de una realidad que urge trabajar si realmente nos interesa mejorar  las condiciones de la vida humana.

Los múltiples casos de femicidio que venimos sufriendo como sociedad y las campañas por Ni Una Menos con sus estériles resultados también dan cuenta de la necesidad de reflexión, estudio y concientización que el tema merece.  Porque la misoginia, antesala del femicidio, es violencia de género y corrompe pero no es delito. Se trata de una característica tan hecha carne en nuestra sociedad que el término casi no existe en nuestra jerga cotidiana.  Por ahora no somos capaces, tanto hombres como mujeres, de intentar una mirada crítica sobre los hechos y los pensamientos misóginos que nos rodean cotidianamente y que vulneran nuestra dignidad.   Todos somos responsables mientras cerremos los ojos y callemos.

Pero, ¿dónde se aloja esta enfermedad endémica?  En hombres envalentonados en los que la rabia pesa más que la tristeza,  incapaces de aceptar una frustración.  En hombres cobardes convencidos de que su fuerza bruta los hace superiores y les da un derecho de carácter casi divino a imponerse autoritariamente sobre la mujer, humillarla  y someterla hasta el punto de enfermarla psicológica y mentalmente. En hombres manipuladores que bajo la máscara de “lo hago por tu bien” o “te lo digo como consejo para ayudarte” llevan adelante veladas amenazas para apabullar a su víctima.  En hombres paternalistas que, de tan perfectos, nunca pidieron perdón.  En personas necias y blindadas, ciegas al dolor ajeno, ignorantes de que se necesita algo más que ser macho para ser hombre.  Pero también en mujeres que avalan este tipo de ideas y de conductas;  mujeres cuya existencia sólo es válida en función de sus hombres. En mujeres que sólo denuncian la violencia de género frente a castigos físicos mayores o frente al femicidio.  Y además en instituciones  que avalan las conductas de quienes abusan del género femenino o atenúan su gravedad.

Hay excepciones tanto en mujeres como en hombres: son quienes con valentía y tenacidad trabajan todos los días para conseguir y sostener la identidad de la mujer como persona independiente,  libre y autónoma con derecho a ser tratada con el mismo respeto que merece y recibe el hombre. Personas convencidas de que la mujer debe desarrollar su potencial y brillar en la sociedad como resultado de su trabajo, de sus talentos y de su creatividad.

La misoginia no se da únicamente en las parejas o en las familias, también se da en las relaciones sociales, laborales y comerciales.  Para combatirla es necesario un trabajo conjunto desde la educación, la medicina, la justicia, el trabajo, la iglesia, el parlamento, las fuerzas de seguridad, los medios, la ciudadanía y la familia.

En nuestra sociedad muchos hombres nacen con su superioridad incorporada; hombres orgullosos de su ignorancia e incapaces de reconocer la violencia que empiezan a desplegar sutilmente ni bien se dan cuenta de que la presa fue atrapada. Cuando estos hombres no son asesinos ni locos hacen todo lo posible para conseguir que la sociedad condene y eyecte a quienes no pudieron someter.

Mientras sigamos tratando el problema de la misoginia como parte del orden natural de las cosas, mientras toleremos el atropello, la manipulación y el sometimiento de la mujer por parte del hombre, mientras sigamos avalando la violencia de género en cualquiera de sus variantes por más sutil que sea, mientras siga habiendo mujeres que se empeñen en seducir desde el lugar de mujer-objeto, los femicidios no disminuirán.  Porque cada vez que una sociedad esquiva una de las grandes leyes misteriosas que rigen el universo, esa sociedad entra en un callejón sin salida.

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