RÍO 2016: CRÓNICAS DE VIAJE (TERCERA PARTE)

Nada mal para un día trece

Un atleta despliega su destreza en la final de gimnasia trampolín, los jurados observan atentos. Los brasileños se retiran del Arena Carioca 1, luego de la derrota de su seleccionado de básquet frente a la Argentina. Michael Phelps y sus compañeros del “Team USA”, instantes previos a recibir su medalla dorada número 23. La imagen es gentileza de Viktor. La pantalla de un pupitre de prensa muestra la estadística de Michael Phelps en Río 2016: 5 medallas de oro y una de plata. Vista panorámica de la zona de encuentro y patio de comidas, al fondo el Megastore Río 2016.
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Michael Phelps y sus compañeros del “Team USA”, instantes previos a recibir su medalla dorada número 23. La imagen es gentileza de Viktor.

Argentina le gana agónicamente a Brasil en básquet y Del Potro vence a Nadal para convertirse en finalista del tenis. Se desata la fiesta blanca y celeste en el Parque de Barra. Con récord olímpico y una nueva medalla dorada, la número 23, se despide el mejor de todos los tiempos: Michael Phelps. La jornada, se reflejó en la anterior edición, había arrancado con Bolt en acción. 

 Por Gonzalo Berríos – Especial para El Tiempo

Hay plata para las Olimpíadas pero no para la salud”, leo en un muro durante el trayecto de algo más de una hora entre el Estadio Engenhão, sede del atletismo, y el Parque de Barra da Tijuca. Los Juegos Olímpicos llegaron a Brasil en plena crisis política, económica y social, con la entonces presidente apartada de sus funciones por un polémico juicio político que recientemente derivó en su destitución. Unas semanas antes, Río de Janeiro fue declarado en estado de emergencia financiera, mientras el presupuesto invertido para el desarrollo de la fiesta deportiva superó ampliamente el previsto, en medio de denuncias de corrupción. Queda claro que el color de Río 2016 incluye ocres y grises. Tomás es mi hijo mayor. Tuvimos la fortuna de darnos el gustazo de vivir juntos los primeros Juegos Olímpicos en Sudamérica. Exitosos, creo, y entiendo que con un positivo legado. Vaya si los disfrutamos. Sin embargo, vienen bien aquellas imágenes para no perder el foco, entrar en contradicción, equilibrar la balanza.

Esa linda rivalidad 

El público argentino dijo masivamente presente en Río 2016. Más allá de una histórica rivalidad, muchos locales todavía no han podido cicatrizar lo sucedido hace un par de años atrás, durante la Copa Mundial de Fútbol. El “Brasil, decime que se siente…” todavía resuena en sus cabezas. A veces porque se vuelve a entonar por estos días, aunque las cosquillas parecen perdurar desde entonces. Lo cierto es que no se quedan callados y, a su manera, responden. Por lo pronto, exhiben un repentino fanatismo por cualquier deportista o equipo que enfrente a nuestros representantes. No muestran ningún prurito al respecto. Hasta tienen un antecedente un tanto “oscuro”, que los argentinos les recordamos. En la final del Mundial de 2014 tomaron abiertamente partido por Alemania, que a nosotros nos arrebató el título por penales pero que apenas unos días antes goleó a Brasil por 7-1, en lo que significó una de las más dolorosas derrotas de la verdeamarella en su historia.

En términos de repertorio, de un lado suenan clásicos como “Vamos, vamos, Argentina…”, “Es un sentimiento, no puedo parar…”, “Mirá Argentina, cómo se mueve…” o “El que no salta…”. Un tanto más redundantes, en general del otro lado eligen el “Mil gol, mil gol, só Pelé, só Pelé, Maradona cheirador (aspirador)”. En ambas parcialidades encontramos personajes bastante persistentes, efusivos y fastidiosos, que sacarían de quicio a cualquiera. En general, prima la cordura y la cosa no pasa de la cargada. Salvo repudiables excepciones, todo termina en los estadios, con sonrisas y palabras de ocasión. “Tudo bom, tudo legal”.

 Grata sorpresa 

La previa del choque Argentina-Brasil en básquet estaba teñida por ese folclore. Pintaba también para partidazo entre dos buenos equipos, que además se conocen mucho. Por ese motivo, durante varios días estuvimos intentando conseguir tickets. Fue en vano. Sin chances de ver el clásico, nos acercamos al Court Central del Tenis, donde Del Potro enfrentaba a Nadal. Tampoco teníamos entradas. Estuvimos durante algún tiempo allí, preguntando a quienes ingresaban si no les sobraba algún acceso o si no querían vender o intercambiar los suyos. Previsible, la respuesta en general era negativa. Como sea, casi lo logramos. Un contingente de estadounidenses, patrocinados por una multinacional, llega al estadio. Repetimos el pedido y siguen camino. De repente, uno pega la vuelta y ratifica nuestro interés. Dispone de algún ticket adicional pero mientras intentamos ponernos de acuerdo aparece un voluntario que le dice algo a nuestro interlocutor y casi que lo empuja hacia adentro. Nos quedamos con las manos vacías y bastante bronca.

Reflotamos nuestras entradas para gimnasia trampolín en el Arena Olímpica de Río. Desistimos en el intento de ver a nuestros compatriotas y hacia allí nos dirigimos. Corríamos el riesgo de quedarnos sin el pan y sin la torta. Entramos con poca convicción, salimos realmente entusiasmados. La altura que los atletas alcanzan impulsados por esas “camas elásticas” es sorprendente, casi tanto como las acrobacias que realizan en el aire, buscando la perfección y el visto bueno de los jurados. Fue como ir al circo. Lo planteo como sensación, pero hay mucho de realidad: el 50 % de los acróbatas del Cirque du Soleil proceden del mundo del deporte a la vez que Bernard Petiot, responsable del casting de la compañía, tuvo una prolífica carrera como entrenador, incluso de cuatro atletas olímpicos. En efecto, además de impactante, lo que los atletas hacen en sus rutinas es bello. La disciplina tiene un podio: Uladzislau Hancharou, de Bielorrusia, se adjudica el oro por sobre los chinos Dong Dong y Lei Gao. Sin la capacidad de un jurado para detectar los detalles, disfrutamos del primero al último de los participantes.

Fiesta en Barra –

Finalizada la velada gimnástica, me conecto a la aplicación de Río 2016 en el celular para averiguar el resultado final del básquet y el tenis. Me quedo sólo con el primero: “Tomi, apuremos, todavía no terminó y está muy parejo”, digo mientras observo que Argentina está abajo 93-95 con la posesión y a 48 segundos del final. En la carrera hacia el Arena Carioca 1, voy actualizando la App: doble de Campazzo, 95-95; triple de Campazzo, 98-95; nuevamente Campazzo por tres, 101-95. Parece que ya lo tenemos. Se cuelga la aplicación, no termino de entender cuánto falta. Y seguimos caminando. De pronto, 106-105. “Pucha, ¿qué pasó? ¡Cuántos nervios!”, pienso. ¿Habré realmente pensado “pucha”? ¿Habré sólo pensado? Ya en cercanías del estadio, nos cruzamos con la gente saliendo del mismo. Muchas camisetas y banderas de Brasil. El teléfono no responde pero leemos gestos más certeros que la mejor de las tecnologías. Definitivamente ganó Argentina. Más tarde nos enteramos del agónico triple de Nocioni para forzar el primer suplementario, que también terminó empatado, y de la descollante actuación de Chapu y Campazzo para terminar 111-107 arriba.

Con una indisimulable mueca de satisfacción, caminamos contracorriente para acceder al estadio, al menos para los festejos. Estábamos en eso cuando un voluntario detiene mi carrera. Me explica, le explico. Tomi pasa a mi lado y le digo que siga, que después nos encontramos en el mismo lugar. Finalmente, logro también ingresar y me sumo en los saltos y cantos a los afortunados que pudieron presenciar el partido. Ya habían abandonado las tribunas y comenzaban a retirarse del lugar.

Nos acoplamos a unos cuantos que esperaban afuera y todos juntos nos dirigimos hacia el complejo de tenis para apoyar a Del Potro, al menos desde afuera. Llegamos cuando se estaban disputando los últimos puntos del tie-break, cuya proyección podíamos seguir a través de un tablero ubicado en las afueras de uno de los estadios. Después de más de tres horas, Del Potro cerró el partido en 5-7, 6-4, 7-6. Los festejos se intensifican y el celeste y blanco se impone en el Parque Olímpico de Barra. El colorido y la pasión de la hinchada argentina capta la atención de los transeúntes y de la prensa internacional, como un equipo de la televisión coreana cuyo reportero pide que cantemos mientras él entrevista a alguno de nuestros compatriotas. Los gritos “ensucian” el sonido y banderas e hinchas se cruzan entre la cámara y los entrevistados. Lo logra luego de varios intentos fallidos.

 Sponsors –

Tenemos cuatro horas hasta nuestra próxima actividad programada y decidimos recorrer algunos de los lugares públicos del Parque. Nos hemos movido estos días por el “Camino del espectador”, trasladándonos de un estadio a otro, pero apenas nos detuvimos, por ejemplo, en el enorme patio de comidas o en el Río 2016 Fest. Durante el paseo, nos cruzamos con los periodistas Miguel Simón y Rifle Varela, el judoca Emmanuel Lucenti, el Secretario de Deporte, Educación Física y Recreación de la Nación, Javier “Colo” Mac Allister, y con un familiar de nuestro vecino Gustavo Valicenti, al que – recuerdo ahora – no le transmití los saludos que le mandaron.

Cuando llegamos al Río 2016 Fest, un grupo de baile y percusión realiza su show en vivo, auspiciado por una marca automotriz. Dos enormes pantallas reflejan lo que sucede en el escenario. En otras oportunidades, allí se transmiten en vivo competencias deportivas. Los únicos mosquitos que vimos en el viaje merodeaban por el lugar, pero justo ayer habíamos sido convenientemente provistos con unos potes gratuitos de repelente. El zika fue otro de los temores en la previa, pero aparentemente no generó inconvenientes. Un tanto más allá, una proveedora de telefonía celular ofrece sacarse fotos con una antorcha olímpica y una serie de montajes deportivos digitales. Hacia allá vamos. Esperamos más de la cuenta pero obtenemos nuestras imágenes. A lo lejos, se ve el enorme Megastore de 4.200 metros cuadrados y los stand de una gaseosa y un fabricante de teléfonos, repletos de gente y tan o más grandes que aquel. En términos de posicionamiento de marca, sin embargo, entiendo que hay dos que han hecho una muy buena inversión. En lo personal, desconocía ambas. Hoy las tengo claramente identificadas.

Por un lado, la fábrica de ropa china 361° que proveyó el uniforme a todos los voluntarios: zapatillas, pantalones, camisetas, morrales, gorras y rompe vientos. Están por todos lados y su diseño y colorido llama inevitablemente la atención. Desde el primer día intenté “trocar” alguna prenda llevada especialmente desde Argentina por una de las camperas livianas. Finalmente, el cambio se dio durante la última noche y por una de las chombas del kit.

La otra marca que se impone es la de la cerveza Skol. Por un lado, han montado un moderno stand, que funciona como una disco al aire libre, con DJ´s tocando en vivo y mucha juventud en los alrededores. Dato al margen, leí por estos días que aumentaron un 130 % las conexiones a Tinder en el Parque Olímpico. Más impactante y masiva que la futurista instalación, en cada uno de los complejos y estadios hay diseminados decenas de carritos donde venden la cerveza. Se comercializan latas de medio litro pero las entregan en unos pintorescos vasos diseñados especialmente para la ocasión, con vivos colores y la estética de Río 2016. Los recipientes son de un plástico de una calidad más que aceptable y hay versiones individuales con cada uno de los pictogramas que identifican a los deportes incluidos en el programa olímpico. Estratégicamente pensado para coleccionistas, invita a tomarse una Skol sólo para obtener el vaso que a uno le está faltando. Una o varias. “¿Tem basquete?”, pregunto, en vez de simplemente pedir una cerveza.

 Adiós a un grande –

Con cuatro finales, en la noche se desarrolla la última jornada de natación. Mientras hacemos fila para ingresar, chequeo una vez más vía web la disponibilidad de tickets para Argentina-España, que mañana se enfrentan en básquet. Misteriosamente aparecen dos. Hace no mucho más de media hora el sistema me había informado que no había. Las compro. El calendario indica que hoy es 13. Demasiado bien viene nuestro día, como para desmitificar eso del número de la mala suerte.

Según sus propias palabras, hoy se retira Michael Phelps de las competencias, al menos de las olímpicas. Estaremos ahí y seguramente presenciaremos la obtención de su medalla de oro número 23, un récord que será muy difícil de superar por otro atleta en el futuro. En virtud de ello, una vez dentro elegimos ubicarnos cerca del podio, a unos 10 o 15 metros, primera fila, sobre uno de los laterales de la pileta.

En la previa, la danesa Pernille Blume obtiene el triunfo en los 50 metros libre femenino, relegando a la americana Simone Manuel y la bielorrusa Aliaksandra Herasimenia. Luego, en los 1500 libre masculino, el italiano Gregorio Paltrinieri se impone por sobre Connor Jaeger, de EE.UU., y su compatriota Gabriele Detti. El ganador imprime un muy buen ritmo a la carrera y hasta poco del final, en los parciales, superaba por casi un segundo el récord mundial. No le alcanzó, se quedó antes sin fuerzas. En la Posta 4×100 metros combinados femenino, el equipo de EE.UU, conformado por Kathleen Baker, Lilly King, Dana Vollmer y Simone Manuel, ratificó su poderío. Con un tiempo final de 3:53.13, dejó atrás a sus pares de Australia y Dinamarca y obtuvo la medalla de oro número mil del “Team USA” en Juegos Olímpicos estivales.

Caprichos del azar, por apenas una carrera, ese dato no pudo asociarse directamente a los pergaminos de Phelps, que junto a sus compañeros Nathan Adrian, Ryan Murphy y Cody Miller obtuvo una nueva medalla dorada en la prueba de relevos 4×100 metros combinado masculino. No fue un oro más sino el último de su inigualable trayectoria y, como si hiciera falta, para agregarle más épica al momento, el reloj se detuvo en récord olímpico: 3:27.95. Desde su debut con apenas 15 años en Sydney 2000, el nadador norteamericano ganó un total de 28 medallas: 23 oros, 3 platas y 2 bronces. Único, legendario. Desde nuestro cómodo e irrelevante rol de espectadores, estamos viviendo la historia en vivo.

Luego de una larga espera, somos testigos directos de los ojos vidriosos de Phelps al recibir su medalla. Se lo observa contento pero visiblemente emocionado. Saluda y bromea con algunos fans que, con algunas copas de más, prácticamente se cuelgan de la tribuna para llamar su atención. Lindo lugar para este momento pero no estamos para nada mal ubicados, a menos de un metro de los familiares de Ryan Murphy y apenas encima del lugar asignado a los fotógrafos, parada obligada de los nadadores para exhibir sus medallas. Cuando Phelps y sus compañeros de equipo despliegan un cartel con la leyenda “Thank you Río”, lo hacen a no más de cinco metros de nuestra posición. Está movilizado y no es para menos. Las sensaciones me invaden y sólo estoy observando. ¿Qué menos puede sentir el protagonista? Agradezco a la vida el poder disfrutar este momento junto a mi hijo. ¿Qué puede quedar para Phelps con su pequeño Boomer de tres meses en brazos de su mamá en las tribunas?

Backstage –

Como en otras oportunidades, permanecemos en el estadio mientras el público se retira. El hombre del día todavía está en el natatorio respondiendo preguntas de algunos medios. Nos acercamos pero no nos dejan pasar, igualmente esperamos. Con un poco de suerte, quizás logremos que se acerque a saludar, por qué no a firmar nuestra bandera. Termina la entrevista, algunos lo llaman, pero se va. Observamos más o menos por dónde y hacia allí vamos. De alguna manera terminamos en el área de prensa. Hay estudios y cabinas de transmisión de señales internacionales, una sala de conferencias y una escalera a través de la cual se accede al lugar donde minuto antes Phelps respondía preguntas. Al fondo se ve una carpa en cuyo interior se encuentra una pileta, estimo que para entrenamiento y entrada en calor. Todavía pululan algunos técnicos y periodistas por el lugar. No mucho más. Es hora de retirarse.

Me tiro un lance y pregunto si alguno de los buses de prensa va hacia Copacabana. “Sólo con credencial”, me responden. De vuelta al Parque y a nuestro recorrido de salida habitual, aprovechamos que ya casi no queda gente para sacarnos algunas fotos en lugares donde durante el día hay que hacer cola: un montaje donde uno simula estar ejecutando un salto con garrocha y una escultura que replica en tamaño humano la estatuilla que los deportistas reciben junto a sus medallas. Me preocupa la hora, dejamos para otro día los clásicos anillos olímpicos.

Casi en soledad, caminamos hacia la estación de ómnibus rápidos. Sospecho que la encontraremos cerrada y voy chequeando en el teléfono otras alternativas. Definitivamente hoy es un buen día. No sólo podemos abordar normalmente el BRT sino que además logramos llegar a tiempo para combinar con el Metro, más cómodo, más rápido y con una estación a sólo tres cuadras de nuestro hotel. Vagones y estaciones están prácticamente vacíos, lo que nos permite detenernos en algunos detalles como las barras para sostenerse intervenidas como si fueran pesas o andenes con plotteados impresos en el piso simulando ser andariveles de una pileta.

Sentados frente a nosotros, unos jóvenes bromean entre si y ríen desinhibidos. Tomi los reconoce y me dice: “son los que estaban atrás del podio”. Busco las fotos, les hago zoom y efectivamente allí estaban. Nos acercamos y les mostramos. “Ese soy yo”, se sorprende Viktor. “Estoy con mi amigo Michael”, agrega mientras nos muestra las fotos que le sacó a Phelps desde un ángulo privilegiado. Acordamos un intercambio. El me remitirá sus instantáneas y a vuelta de correo yo les mando las mías. “Está muy chupado, no creo que cumpla”, le digo a Tomi. Llegamos a nuestro destino, nos vamos a descansar. Al día siguiente, el borrachín me sorprende. (Continuará)

Ver primera parte en: https://www.diarioeltiempo.com.ar/algun-dia-iba-a-volver-a-ir-a-los-juegos-olimpicos.html

Ver segunda parte en: https://www.diarioeltiempo.com.ar/atletismo-y-una-ciudad-mas-alla-del-deporte.html

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