RELATOS DESDE EL ENCIERRO  

Nicolás  

 

Escribe Matías Verna (*)

Esperando, el nudo se deshace y la fruta madura”. Federico García Lorca

Nicolás Fernández Zuqui está despierto siempre. Nadie lo conoce dormido. Por momentos creo que no tiene párpados y que duerme con los ojos abiertos. Observa. Mira. Ve. Cuando habla con voz pausada, escasa de palabras y eses, sus ojos dan mucho  miedo.

Con las manos hace gestos cual rapero en estado up, sus pasos retumban en el pabellón, y lo único que pide son tarjetas para hablar por teléfono. Hace más de dos años que no recibe visitas. Decidió que así sería mejor y que el recuerdo de un rostro joven, con más dientes, sin cicatrices y el pelo con color natural sería saludable para la familia.

Nicolás Fernández Zuqui tiene aún mucho tiempo a la sombra. Lo sabe.

“Hola viejita, feliz cumpleaños, ¿Hiciste la tarta de coco con el dulce de leche que vende el Omar? Mientras habla se golpea la cabeza con la reja y con el puño derecho le da a la pared de la que cuelga el teléfono. Sufre. Se rasca la nuca. Se frota la cara. Sufre más. “Bueno viejita, te amo ¿Sabés? Saludos al Yony”.

Había guardias en las que ni yo pegaba un ojo pensando en que pensaba Nicolás. ¿Qué se hace un martes de madrugada caminando en una celda de 2×3 en el silencio, la humedad y el dolor?.

Definitivamente la tristeza de este hombre no lo dejaba dormir. Sus pasos parecían firmes, pero su cuerpo dejaba cada segundo algo de vida por esos pabellones.

El sargento ayudante Cordebiola me llamó una mañana por teléfono para que me acerque a su casa en horario de franco. Me entregó una carta con sobre cerrado que Nicolás Fernández Zuqui dirigía para mí: “No sé en qué andas pibe pero esto está mal”, me dijo en tono seco el suboficial y me cerró la puerta en la cara.

La carta tenía mucho dolor. Cada palabra bien o mal escrita dejaba pena. Yo maté, yo robé, yo no soy así, decía en varias partes.

La guardia siguiente fue tensa. Nicolás me tendió la mano como todos los días y buscó en mis ojos con sus ojos las respuestas que no podía darle.

A veces lo recuerdo, no sé si por su mirada, su pena o su despedida. Se fue en libertad sin ningún beneficio judicial. Cumplió los 14 años de punta a punta. Lo saludaron como se debe. Se fue con lo puesto y dejó en la celda el pasado.

Me dio un abrazo y antes de pisar la calle lo llamé para darle una tarjeta de teléfono. Giró la cabeza, metió la mano en el bolsillo, sacó un celular, quiso reírse y no recordó como era reír. Levanté la mano y se fue.

(*) Es periodista y escritor. Nacido en Azul, vive actualmente en Olavarría: Hace poco tiempo publicó su séptimo libro, titulado “Crudo”. En esta sección compartiremos textos inéditos que detallan, con ficción y realidad, la vida en contexto de encierro, tanto de empleados del SPB como detenidos.

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