RAMIRO BARBERENA

RAMIRO BARBERENA

"El secreto principal es que a uno le guste mucho lo que está haciendo"

Lo expresó el azuleño quien es arqueólogo investigador y está dejando relevantes huellas profesionales en el CONICET. También, desempeña su tarea como profesor en la Facultad de Filosofía y Letras, en la Universidad Nacional de Cuyo. Reside, junto a su esposa, en Mendoza y están esperando su primer hijo. Habló de sus referentes: los maestros que lo acompañaron en los inicios de su carrera. Miró para atrás e hizo un paseo por su vida. Qué significa Azul: su familia de la cual se desprenden sus valores, su humanidad, sus costumbres, hábitos y cómo recuerda a nuestra ciudad.

26 de noviembre de 2020

Por Laura Méndez de

la Redacción de EL TIEMPO

Es, primero azuleño, arqueólogo, investigador en el CONICET (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas), institución pública de investigación más importante de Latinoamérica.

Desde 2010 vive en Guaymallén, Mendoza junto a su esposa Maitén Durán con quien están esperando su primogénito.

Es hijo del ex intendente Juan Atilio Barberena y de la escritora Ana de Benedictis y tiene un hermano menor, Federico.

Aunque este profesional nacido en esta ciudad, Ramiro, supo hacerse un camino solo y logró una importante serie de objetivos, logros de los cuales se siente muy orgulloso y su familia también. Tanto que Federico fue convocado por este diario a describir a su hermano y expresa mucho afecto en sus palabras.

Federico Barberena: "Me convoca en este momento la hermosa tarea de escribir unas líneas respecto nada menos que de mi hermano Ramiro, adelantando que nada de lo que pueda expresar va a poder describir en forma adecuada lo que verdaderamente sentimos quienes tenemos la suerte de tenerlo en nuestras vidas. Como hermano es todo lo que cualquier hermano pudiera soñar tener, siendo aparte de mi hermano sin ningún lugar a dudas mi mejor amigo, el mejor tío de mi hija, y en un futuro muy próximo el mejor padre que pueda existir. Estas líneas que anteceden, lo describen en una apretada síntesis a nivel personal; pero es en la faz profesional incalculable el orgullo que a todos nos produce su extraordinaria carrera y aportes efectuados a lo largo de los años como investigador del CONICET en el campo de la arqueología, siendo querido y respetado por su labor tanto en ámbitos nacionales como internacionales. Quien lea ésta líneas podrá rápidamente pensar que mi valoración sobre su desarrollo profesional puede encontrarse teñida de la subjetividad que el amor conlleva, pero ello podrá ser fácilmente evacuado con el testimonio de cualesquiera de sus numerosos colegas que seguramente ampliarán y profundizarán el relato de tantisimos logros que en el campo de la investigación viene dejando en incontables publicaciones y numerosos libros editados a la fecha. Como pude adelantar todo lo que pueda decir de mi hermano lo siento insuficiente comparado con lo que ha sido y es en mi vida".

Grandes maestros, "grande" discípulo

-¿A qué edad te fuiste de Azul y qué sueños te llevaste en la valija?

-Me fui de Azul a los 18 años, a comienzos de 1995, con toda la ilusión de estudiar en Buenos Aires e iniciar una nueva etapa de mi vida. Para quienes somos del interior irse a estudiar representa no solo elegir una carrera o actividad, sino que implica dejar atrás casi todos los aspectos cotidianos de la vida y reemplazarlos por otros nuevos. Es emocionante y desde ya que puede resultar un poco abrumador, aunque yo lo viví con una gran alegría. Por todas estas cosas, no es exagerado definirlo como un momento bisagra en la vida de una persona. Mis sueños en ese momento tenían que ver con encontrar, más allá de un ámbito de trabajo a futuro, una pasión. Algo que te encanta hacer y que permite que se desdibuje el límite entre una actividad laboral y una pasión de vida. Y aunque el camino no es inmediato, puedo decir que ese sueño se cumplió. Y me siento muy afortunado por haber tenido la suerte de encontrar el mundo que encontré.

-¿Qué te fuiste a estudiar? Arqueología directamente aunque imagino tenés capacitaciones ¿no?

-Siempre recuerdo mi test vocacional -que hice con Cecilia Paskvan- que habría varias opciones, arqueología o antropología como una principal entre ellas. Y la realidad es que más allá de lo que vemos en películas como Indiana Jones o Lara Croft, que para decepción o alivio de varios confirmo que están bastante alejadas de la realidad. En mi caso empecé la carrera con una idea muy poco precisa de que era. Pero tengo que reconocer que en el fondo nunca consideré otra alternativa muy seriamente. Puse de entrada todas mis fichas a la arqueología.

-¿Recordas algún momento particular de tu vida que te haya orientado a hacer lo que haces ahora?

-En mi caso no quedó asociado a un momento en particular. Pero sí a una atracción que me imagino que habré tenido desde siempre por ver o conocer lugares y formas de vida muy distintas a la nuestra. Recuerdo mi fascinación al ver las antiguas revistas de ciencia como Conozca Más o enciclopedias con imágenes. Del mismo modo me fascinó siempre la vieja literatura de aventuras o fantasía, como Salgari, Verne, Tolkien (o Rowling, para los más jóvenes que puedan leer esto), que por definición tiene que ocurrir en un tiempo o lugar distinto al nuestro. Si es la vuelta de casa, no es aventura... La arqueología, que estudia la historia y la diversidad humana, te ofrece la posibilidad de acercarte a mundos distintos. Y creo que fue la forma más lógica que encontré de vincular esa pasión por conocer cosas distintas y ese sentido de aventura que ofrece viajar y trabajar en el campo, aunque no involucré hacer 20.000 leguas de viaje submarino -afortunadamente-.

-Tu papá fue intendente (entre 1995 y 1999). ¿Cómo llevaste eso de chico?

-En un sentido muy cotidiano lo viví de lejos porque fue justo en el momento en que fui a vivir a Buenos Aires. Pero lo viví con la alegría que nos transmitía mi papá de tomar una responsabilidad tan grande. Podríamos decir que su carrera en la política fue algo que vivimos como cosas de la familia entera. Creo que es la única forma en que se puede transitar un camino así, que es tan demandante. Mis mejores recuerdos están con las visitas (¡y las cenas, que valen oro cuando como joven estudiante empezás a entender que hay que cocinar para comer!) que recibíamos en Buenos Aires, a donde mi papá viajaba en forma sistemática. Porque en este caso, y como supongo que sigue pasando, Dios estaba en todos lados pero atendía en La Plata.

-Supongo que te ha transmitido valores. ¿Cuáles son los que más pones en práctica o tenes más presentes o te haya motivado a seguir a tener iniciativas proyectos que más?

-En este aspecto recibí valores muy fuertes de mi papa y de Ana María De Benedictis, mi mamá. Creo que cada uno de nosotros, e incluyo a mi hermano Federico, tenemos un gran compromiso y pasión por aquello a lo que enfocamos nuestras vidas. Entregar todo lo que uno tiene por lo que hace y, más aún, por las personas a las que querés. Ese camino no puede fallar. Eso saqué de mis padres y ya es parte de mí.

-¿Cómo te relacionaste o te llevas con la política?

-No tengo ningún vínculo práctico con la política, aunque me interesa profundamente, tanto en Argentina como en general. Me interesa, me atrapa, me decepciona, me vuelve a interesar... ¿Será así sucesivamente? No lo se.

"Cuando los discípulos son buenos, al enseñar también se aprende"

-¿Cuándo te fuiste hubo alguien que te tendiera una mano o te abriste paso solo?

-Mi gran maestro en la arqueología fue y sigue siendo Luis Alberto Borrero, que es a su vez azuleño y a quien llegué gracias a nuestro querido amigo en común Enrique Rodríguez. Luis fue una parte fundamental de mi camino en la arqueología no sólo porque es una persona brillante y respetada a nivel mundial, sino también porque, como lo que mencioné antes sobre mis padres, te transmite en forma conciente y sobre todo implícita en las acciones que hay que amar lo que se hace y llevarlo adelante con honestidad y generosidad. Obviamente, se aprende que el rol de los verdaderos maestros -en la arqueología o en la vida- es orientarnos por un camino que luego tenes que ir armando y construyendo por vos mismo. Pero lo valioso de este aprendizaje es que uno tiene la oportunidad de hacerlo con las mejores herramientas en la mano. Y como la investigación es un ciclo constante, al poco tiempo te encontras en la situación de tener que hacer lo mismo por gente más joven, y te das cuenta de que cuando los discípulos son buenos, al enseñar también se aprende.

-Vivís en Mendoza. ¿Cómo es la vida allá?

- Efectivamente, vivo en la provincia de Mendoza (en Guaymallén, más precisamente) desde 2010. Después de haber vivido más de quince años en Buenos Aires, que es una ciudad que me fascina, encontré que más allá de las diferencias, una ciudad como Mendoza combina algunas de las cosas que me gustan de Azul y de Buenos Aires. Por un lado, tiene una cierta dinámica de ciudad chica donde mucha gente se conoce y al poco tiempo de estar acá ya empezás a tener conocidos por la calle o en lugares inesperados (algo poco probable en Buenos Aires). Pero por otra parte, sigue siendo una ciudad grande ya que el Gran Mendoza tiene 1.000.000 de habitantes aproximadamente. Esto, sumado al turismo y al mundo del vino, que tienen un impacto social y cultural muy amplio, le da a quien vive acá muchas opciones desde cosas pequeñas, como lugares para comer, hasta cosas más importantes como posibilidades para estudiar e insertarse laboralmente. Creo que es una provincia en donde se vive bien y estoy muy feliz de estar acá.

-¿Cómo es un día de tu vida en Mendoza?

-La vida cotidiana tiene, día más o menos, un antes y un después alrededor del 16 de marzo, lógicamente!. Mi vida actual es de trabajo 100 por ciento desde mi casa, ya que amplios aspectos de la investigación (leer, escribir, tener reuniones, inclusive congresos ahora) se adaptaron en forma perfecta al home office o trabajo desde el hogar. A mí me encanta trabajar desde mi casa, aunque hay un montón de aspectos hermosos de nuestro trabajo que no se pueden realizar: estudiar materiales en laboratorio, las jornadas compartidas con los compañeros de trabajo, y los viajes, ¡por sobre todo!. Aunque no haya pasado tanto tiempo, siento que hay que hacer un cierto esfuerzo para recordar la vida pre pandemia, ¿no?. La diferencia más grande con la vida de departamento de Buenos Aires es vivir en un barrio tranquilo, desde donde veo la montaña y todos sus cambios en el día y el año, y algunas otras cosas así. Pero reconozco que en los trazos gruesos mi vida es bastante parecida en un lugar o en otro.

-Trabajas en el CONICET. ¿Cómo llegaste a tanto? ¿Cómo te sentís y qué es lo qué haces precisamente?. Prefiero que lo cuentes vos.

-Es un camino muy largo llegar a trabajar como Investigador del CONICET porque primero tenés que hacer una carrera de grado, luego muchos años de estudios de posgrado, como un doctorado, becas, y luego, con mucho esfuerzo y un poco de suerte -siempre es necesaria- está la posibilidad de concursar para poder ser investigador. El secreto principal es que a uno le guste mucho lo que está haciendo, sino podríamos decir que es un esfuerzo que no tendría sentido. Como en todos los ámbitos de la vida, nada muy significativo se puede lograr muy rápidamente, mucho menos en cualquier tipo de investigación. Más allá de sus vaivenes tradicionales en presupuesto, etc., el CONICET (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas) es la institución pública de investigación más importante de Latinoamérica, y eso es algo enormemente positivo que tiene Argentina y que la transforma en un caso bastante excepcional en el mundo. Realmente no podemos pensar un país desarrollado a futuro sin investigación de calidad, que idealmente se aplique en alguna instancia a solucionar problemas o ampliar perspectivas para la vida de la gente. Ninguna sociedad que sea o aspire a ser desarrollada puede darse el lujo de no producir conocimiento.

Dentro de este marco general de objetivos, mi trabajo como arqueólogo consiste en estudiar la historia humana en Patagonia y los Andes del centro de Argentina, desde la llegada de los primeros grupos humanos a Sudamérica, hace unos 15.000 años atrás, hasta la llegada del imperio español y tiempos aún más recientes, ya en la colonia. Porque el objetivo de la arqueología es entender los procesos históricos amplios, de miles de años, que conforman nuestra historia y la sociedad actual, que es producto de esa historia. Volviendo a lo que charlamos antes, esto implica entender personas y sociedades diferentes que habitaron ambientes que también eran distintos. Mi trabajo consiste en entender como usaba la gente el paisaje de los Andes, sus territorios y circuitos de movimientos, estudiar si existieron grandes migraciones y porqué, como cargaron de información ese paisaje, por ejemplo, mediante pinturas de arte rupestre, entre otras cosas. Y uso herramientas de las ciencias físicas y químicas (como el famoso carbono 14) que revelan muchos aspectos "invisibles" del pasado. Por ejemplo, mediante estudios químicos en huesos y dientes humanos de los últimos 2000 años en Mendoza y Chile pudimos identificar un momento de migración de grupos humanos que eran agricultores de maíz y que llegan a instalarse a un valle andino (Uspallata, en Mendoza), unas décadas antes que el imperio Inka. Y se puede comparar con procesos parecidos en otras partes del mundo.

-Trabajas en un mundo que básicamente pasa por la investigación. Me imagino que manejas otros idiomas y debes conocer diferentes culturas.

-El inglés es actualmente la lengua de la ciencia a nivel internacional. Y ya fuese el inglés u otro idioma, esto es muy afortunado porque permite comunicarte con gente de todo el planeta. Mi nivel de inglés al empezar a estudiar arqueología era relativamente básico, pero luego te vas sumergiendo y se llega a la situación en la que -idealmente- terminas leyendo y escribiendo en inglés casi como en español. Y luego no tanto por mi trabajo sino por las raíces familiares y culturales terminé estudiando italiano en la Dante Alighieri de Mendoza, una institución maravillosa, que es un idioma y una cultura que me encanta. Se siente un gran placer al poder estudiar y hablar o entender otros idiomas.

-¿Formaste familia?

-Sí, de hecho, vine a vivir a Mendoza después de dos años de noviazgo a la distancia con Maitén Durán, que ahora es mi esposa. Tenemos una hermosa perra adoptada (Bondiola, o Bondi para los más cercanos) y ¡pronto vamos a tener un nene!. Así que estamos muy felices. Con Patricia y Víctor, mis suegros, encontré también una segunda familia en Mendoza.

-¿Sentis que lograste todo a nivel personal y/o profesional?

-A nivel personal, sinceramente creo que sí. Estoy rodeado de hermosas y excelentes personas (algunas de estas personas están físicamente lejos, pero cerca en el alma).

A nivel profesional, definitivamente aún no, hay muchísimas cosas que tengo para hacer y aprender, tanto en términos de mi propio trabajo, como de formar a otra gente.

-¿Dónde te gustaría llegar como quien dice "lejos"?

-Creo que es muy ambicioso de mi parte mencionar esto, pero ser una especie de segundo Luis Borrero para Azul y Argentina en general sería llegar lo más lejos que me puedo imaginar.

-A tu parecer ¿qué le falta a Azul para crecer económicamente, culturalmente, para la gente joven no se vaya?

-Reconozco que no estoy tan cerca de los temas cotidianos como para saberlo con precisión. Pero creo que un problema de la Argentina en general, que probablemente aplique también a Azul, es que nos falta siempre el tiempo para discutir y decidir sobre los temas trascendentales que, aunque parezcan poco urgentes en relación con la coyuntura cotidiana, son los que van a marcar cuán lejos podemos llegar como sociedad. No me queda tan claro que sepamos exactamente -como proyecto común de nuestra sociedad- qué queremos que sea Argentina y qué lugar ocupe en un mundo hiper-conectado. Para que la gente se quede se necesita que sus proyectos de vida tengan lugar en Azul. Y eso solo puede ser producto de un diseño consciente y de largo plazo. Lo mismo pasa con Buenos Aires, Mendoza y Argentina en su conjunto.

-¿Qué es Azul para vos?

-Un pedazo de mi vida está en Azul. Además de mi familia, obviamente, y algunos grandes amigos -como Joaquín Coronel-, está mi casa, mi infancia, mi historia, las queridas Biblioteca (gracias a su bibliotecaria descubrí 'El Señor de los Anillos', nunca me lo voy a olvidar) y Casa Ronco. En dónde uno esté, cuando sea, cada uno de nosotros ES esos lugares dónde nos hicimos.

-¿Venis con frecuencia? (fuera de lo que es la pandemia)

-Sí, aunque voy menos de lo que me gustaría porque mi vida cotidiana implica muchos viajes (a Buenos Aires, a Neuquén, a hacer trabajos de campo, a Chile, y a otros lugares).

-¿Tenés en mente volver a Azul definitivamente? Con qué proyecto sería?

-Podría tener distintos proyectos desde Azul, como trabajar con mis queridos amigos arqueólogos en el INCUAPA (Instituto del Cuaternario Pampeano) en Olavarría. Por muchas razones sería muy feliz en Azul, como lo fui durante tanto tiempo, pero no tengo en mente volver porque mi vida ya se va armando aquí en Mendoza con mi trabajo, nuestra casa y tantas otras cosas.

-¿Querés mandar saludos a tu familia?

-Quiero saludar a mis padres, Ana María De Benedictis y Juan Atilio Barberena, mi hermano Federico y mi hermosa sobrina Antonia. Los quiero con todo mi corazón.

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