10 de septiembre de 2017
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Por Augusto Meyer
ameyer@diarioeltiempo.com.ar
Es oriunda de Saladillo, pero lleva seis años en Azul entregando todo por el bien de 30 chicos de entre 2 y 14 años que no cuentan con el alimento en cantidad y calidad necesario para su desarrollo. En el comedor Luz y Esperanza que tiene en su propia casa, les da comida, contención e información en formato de talleres. Sara cumplió con un sueño (construir una huerta) y va por más: espera contar con un espacio verde para sacar a los menores “de la calle”. Carece de subsidios oficiales, recibe donaciones de la comunidad y le preocupa la proliferación de la droga entre los chicos del barrio que se traduce en hechos de violencia e inseguridad. Todo sucede a 20 cuadras del Municipio y mientras en el Concejo Deliberante cada vez con mayor frecuencia no se abordan las problemáticas que condicionan el futuro de la sociedad en su conjunto.
La respuesta a una pregunta describe con claridad qué clase trabajo que, en silencio y sin mayores ayudas oficiales, realiza Sara Galeano en el Comedor Luz y Esperanza del Barrio Villa Suiza. En su casa, la cual desde hace seis años pone a disposición de una noble causa, esta mujer oriunda de Saladillo pero radicada en Azul recibió a EL TIEMPO para dar cuenta de la solidaridad que trae desde muy pequeña, cuando pasó por carencias del mismo o mayor tenor del que tienen los 30 nenes que recibe cada semana. Consultada sobre cómo le gustaría que la recuerden, Sara señaló: “Lo que más me gustaría es ver un cambio en ellos...Me encantaría poder verlos dentro de unos años y poder decir: ‘mirá, este chico no se está drogando’; ‘es un padre que cuida a sus hijos’; ‘es una buena persona, un buen cristiano’. Hoy en día cuesta muchísimo eso”.
Galeano es contemporánea de una grave situación social atravesada por la proliferación de droga y vínculos que se tejen con la delincuencia, falta de valores y la carencia de contención afectiva en familias donde las primeras víctimas son nenes de corta edad que, producto de un “pesado” presente, quedan expuestos a un futuro sin mayor porvenir.
Todo esto sucede en Azul, ciudad que no es una isla en un contexto nacional donde este tipo de situaciones se reproducen a escalas aún mayores. En este caso el agravante es que sucede a sólo veinte cuadras del Municipio y mientras en el Concejo Deliberante se debaten cuestiones estériles o, lo que es aún peor la situación de otro país, como es el caso de Venezuela.
Al pie del cañón -
A Sara Galeano le preocupa mucho más que darle un plato con comida a chicos de entre 2 y 14 años. Ella está al “pie del cañón” de carencias afectivas y de proveerle a esos nenes de hoy, jóvenes de mañana, algunas herramientas como el inculcarles el trabajo de la tierra para autoabastecimiento alimentario a través de los productos de huerta.
“Tuve una infancia con once hermanos. Una vecina nuestra, esposa de un comisario que vivía en el barrio que está al lado de la cárcel, nos daba juguetes y la leche. Era una familia que estaba muy bien económicamente. Digo que debe haber quedado en mí algo de eso…”, expresó cuando se le preguntó el origen de esa pasión por ayudar.
Galeano supo iniciarse en el camino solidario cuando tenía domicilio en el barrio Riva, sólo que en ese caso las fichas estaban orientadas sólo al dictado de charlas, sin comedor. Ya instalados en la vivienda de calle Tandil, junto con su marido, comenzaron con la atención del comedor. Luego edificaron un quincho de 15 metros cuadrados en los fondos de la propiedad, que es donde actualmente se recibe a los chicos. Hubo una fuerte inversión familiar para llevar los servicios a esa construcción (luz, gas y agua) en la que se contó con la ayuda del vecino Juan María Louge, quien aportó el dinero para llevar la red de gas hasta la puerta de la casa.
“Más allá de mimarlos y darle la leche ellos vienen acá y algunos, no todos, cuentan sus problemas y lo que les va sucediendo. Ahí una tiene una manera de aconsejarlos”, indicó la entrevistada.
Las actividades del comedor se centralizan jueves y sábados. Éste último día, a las 9, se les sirve el desayuno. Luego se da paso al dictado de talleres dados por alumnos de la Facultad de Derecho de la Unicen sobre manualidades y pintura, básicamente. Seguidamente los nenes almuerzan y regresan a sus hogares.
El jueves, la actividad se focaliza en la huerta en un terreno que está enfrente del comedor, donde se remarca al adolescente la importancia de trabajar la tierra, con la idea de que puedan replicar ese concepto en su casa.
“Más allá de tener el alimento que precisan, el día de mañana pueden también vender verduras. Acá nos abastecemos de la verdura que precisamos para el comedor; el remanente lo vendemos”, explicó Galeano.
Las donaciones que el comedor recibe de la comunidad y quedan en stock, a riesgo de vencerse se reparten entre unas diez familias –en su mayoría con entre seis y nueve chicos- para que tengan alimentos básicos como arroz, fideos y polenta.
Hay un aspecto que Sara prioriza: el de la Salud. Por ello, invita a médicos para que den charlas que son abiertas a las familias. De esa manera pasan por el comedor, cuando se los convoca, los doctores Dours y Capelli, quienes abordan temáticas como diabetes y el cuidado del corazón, respectivamente. En la semana también concurren peluqueras y dentistas.
La colaboración de los padres de los nenes no está dentro de las generalidades, explicó Galeano, pero aclaró que “hay algunos que, cuando les pedimos que vengan a ayudarnos con la huerta, a regar o cosas así, vienen”.
En ese sentido la mujer destacó el compromiso y dedicación del Ingeniero Agrónomo Rodolfo Rocca, de la agencia local del INTA, así como también de huerteros que se acercan para brindarles asesoramiento sobre el cuidado de la tierra y lo que se siembra.
Un festejo infaltable
La importancia de la tarea que realiza Sara junto con su marido y una de sus hijas quedó en evidencia durante el festejo que se realizó con motivo del Día del Niño. Fueron más de 70 chicos los que compartieron la merienda en el comedor. La mujer realizó el festival “puertas adentro” para no correr el riesgo de no poder atender una demanda mayor.
“A veces parece que los resultados no se ven, pero están. Yo soy evangélica pero no tiene nada que ver la iglesia con el comedor. Más allá de eso, viene un matrimonio que son maestros de la escuela bíblica para dar charlas. Es poco lo que se da porque a los chicos no les gusta; no retienen mucho cuando le empezás a hablar de Dios. Es una forma de transmitir que le digan no a la droga, al alcohol ni la prostitución. Yo les hablo muy clarito: ‘si vos seguís con esto, mañana te espera la cárcel, que te maten o que vos mates a alguien’. Vienen nenas muy ‘avanzadas’ o chicos que fuman o han probado alguna droga. Por eso me alegra cuando veo a uno de los pibes que estuvo viniendo y se quedó con los buenos consejos que les dimos”, indicó.
Entre las olas y la arena
De los treinta chicos que concurren al Comedor Sol y Esperanza, unos pocos aún no conocen el mar. El resto de los nenes ya tuvo su primera experiencia con las olas y la arena gracias a los viajes que organizó Sara Galeano con un puñado de colaboradores. Así, los chicos conocieron Mar del Plata o Necochea y, más recientemente, Mundo Marino.
También son comunes las salidas en grupo para realizar campamentos de fin de semana. Se hicieron excursiones a localidades de la región. “Uno que es muy lindo y del que me vine muy contenta es el de Tapalqué. Vamos viernes, sábado y domingo y nos venimos felices”, expresó Sara.
Galeano dijo que, cuando le han pedido colaboración al director de Acción Social del Municipio, Carlos Peralta, la respuesta fue siempre positiva, pero confió que no recibe subsidio oficial alguno, algo que le sería de suma utilidad teniendo en cuenta que para el comedor precisa ingredientes que se ven en la obligación de comprar.
“Recibimos donaciones de muchas cosas, menos de carne”, aclaró.
Resaltó que desde los comienzos cuenta con el acompañamiento del Grupo Fátima y de Furia Torinera, que producto del padrinazgo que tienen con la institución les donan los alimentos que recaudan en los encuentros que organizan.
“Listo el Pollo, de Fernando Esteban Tonel, nos dona medallones o formitas de pollo. Hay mucha gente que se ha dispuesto a ayudarnos”, subrayó.
Sueños: cumplido y por cumplir
Sara contó que la huerta es un “sueño cumplido”, para el cual contó con el compromiso del Señor Dupuy, que les cede el terreno mediante un contrato renovable cada dos años; del Ingeniero Romat, que les donó el cerramiento de planchas; de Titina Martínez, ex presidenta de la delegación local de la Cruz Roja; y del citado Rodolfo Rocca.
“Mi sueño es si del terreno municipal de enfrente, el señor Bertellys nos cede –con papeles o un contrato- una parte para que puedan jugar los chicos. La idea es tener juegos de verano, pileta y todas esas cosas, además de cancha de fútbol. Ese lugar era todo basural y lo fuimos limpiando de a poco. Ojalá se levante gente que venga a colaborar para jugar al fútbol con los chicos, que necesitan descargar energías en eso. Nosotros estamos solos”, expresó cual desesperado pedido de ayuda.
Goldenhörn, quien es Directora Ejecutiva de la Eternal Library Foundation participó de la décima edición de la Escuela Argentina de Gobernanza de Internet, realizada en la Universidad Tecnológica Nacional, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Junto a la doctora Mailín Herrera, de La Plata, presentó aplicaciones de blockchain y algunos de los usos concretos que plantea su encuentro con la inteligencia artificial.
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