28 de septiembre de 2026

ALEJANDRO IRIGOYEN

ALEJANDRO IRIGOYEN . "En Azul nos hemos pasado debatiendo muchos años y seguimos con los mismos problemas: ahora hay que hacer"

El ingeniero analizó una problemática que Azul arrastra desde hace décadas: discusiones que se multiplican, pero que muchas veces no se transforman en hechos concretos. Identidad, inversión, trabajo y responsabilidad comunitaria aparecen en el centro de la conversación. Mientras sus proyectos inmobiliarios modifican distintos sectores de la ciudad, plantea la necesidad de recuperar la confianza, asumir riesgos y entender que el sector privado y el Estado pueden complementarse.

Hay una obra que concentra buena parte de las ideas que Alejandro Irigoyen desarrolla cuando habla del futuro de Azul. Es el proyecto que se encuentra en desarrollo en la zona del Balneario, una intervención que, por su escala, no se limita a la construcción de un nuevo complejo inmobiliario, sino que plantea también una transformación de ese sector de la ciudad.

El proyecto contempla un acceso por avenida Lola Mora que ya está trazada y en claro avance de obra, y distintos desarrollos independientes: locales comerciales, oficinas, un supermercado, otros espacios comerciales, un centro deportivo, una estación de servicio y un complejo de viviendas sobre calle Alvear. En total, se trata de alrededor de 15 mil metros cuadrados que serán ejecutados progresivamente.

Irigoyen explica que la magnitud de la iniciativa puede dimensionarse si se la compara con la recuperación de la casona ubicada en Belgrano y Moreno: el volumen de obra del Balneario equivale aproximadamente a unas quince construcciones de esas características.

La ejecución, justamente por su escala, no será simultánea. Se realizará por etapas y estará vinculada al comportamiento de la preventa. "Se va a hacer por etapas y va a depender de la preventa. Cuanto más exitosa sea, más rápido se van a hacer las obras y a nosotros nos da más impulso económico", explica.

El esquema contempla anticipos del 30 por ciento y financiación de hasta 120 cuotas. Según señala, ya existe interés y una lista de espera. La obra, además, tiene para él una dimensión que excede el movimiento propio de la empresa: el empleo que puede generar durante varios años. Calcula que solamente la ejecución del proyecto demandará trabajo directo para no menos de cien personas, sin contabilizar el impacto indirecto que puede producir sobre otros sectores de la economía local. Y ahí aparece una de las razones que, según explica, más lo movilizan a la hora de invertir en Azul: "Creo que es lo que más me moviliza: ver un Azul lo más lindo posible, que haya cada vez más posibilidades laborales para la juventud, para que los pibes no se nos vayan."

El proyecto incorpora, además, una obra de infraestructura que para Irigoyen resulta central: una gran rotonda de ingreso que permitiría ordenar la circulación de los barrios Ceferino Namuncurá, Pinasco y Santa Elena y, al mismo tiempo, garantizar el acceso al nuevo complejo.

Esa rotonda abre otra mirada: la posibilidad de recuperar una modalidad de trabajo conjunto entre el sector público y el privado. La propuesta consta de un trabajo entre el Municipio que aportará hormigón, materiales y maquinaria vial, mientras que la empresa se hará cargo de los camiones mixer y de la mano de obra. La intención sería avanzar mediante un convenio y bajo un esquema de administración con presupuesto oficial. Esto denota reuniones previas, charlas y ponerse de acuerdo en una idea de trabajo conjunto, el estado acompañando y aportando lo que puede y el privado invirtiendo y generando proyectos como estos. Al ser consultado, el ingeniero mencionó que tuvo reuniones con el intendente Nelson Sombra y sus funcionarios donde acordaron esta modalidad, algo que no se venía haciendo desde hace muchos años.

"Hay que recuperar ese espíritu", sostiene Irigoyen. Se refiere a una forma de cooperación que, según entiende, era más habitual en ciudades pequeñas y que hoy considera necesario recuperar para afrontar obras que exceden las posibilidades individuales de cualquiera de los sectores. Su planteo parte de una idea concreta: Estado y sector privado no deberían pensarse como espacios enfrentados. "Como que son partes diferentes, hasta se piensan como partes enfrentadas y en realidad no es así, son complementarias", sostiene. En esa concepción, el Estado municipal no necesariamente debe ser quien haga todo, pero sí puede facilitar, acompañar y generar condiciones. "Lo que puede hacer el Estado municipal es sumarse a facilitar, agilizar, sostener política y emocionalmente a la gente que lleva adelante inversiones en una economía como la que tenemos", plantea. La propuesta del Balneario aparece así como un caso concreto de una mirada más amplia: qué puede hacer cada sector para que una inversión privada también tenga efectos sobre el espacio público y sobre la vida cotidiana de la comunidad.

Y allí introduce otro elemento que considera necesario poner en la conversación: el riesgo. "También es importante que se sepa que nosotros invirtiendo también tenemos miedo a perder, no es que no tenemos problemas económicos", señala. Quien invierte, explica, atraviesa dificultades económicas, financieras y personales antes de llegar al resultado final de un proyecto. Y, en ese sentido, insiste en una idea que atraviesa toda la entrevista: quienes ponen recursos en Azul no son ajenos a la ciudad. "Porque en el fondo no dejamos de ser un vecino más de Azul."

El desafío no es sólo del Municipio

La conversación vuelve sobre la relación entre el sector público y el privado, pero Irigoyen amplía la mirada. El desarrollo de Azul, plantea, no puede depender únicamente de una administración municipal.

Reconoce aspectos de la actual gestión y destaca particularmente la disposición al diálogo que encontró en el intendente Sombra "incluso antes de ser elegido". La apertura al diálogo y a escuchar distintas visiones. "Esa es una condición que yo rescato mucho, la apertura que él tuvo en su momento para estar sentado con gente que no opina igual que él en términos generales".

Luego desplaza la mirada hacia otro lugar: las instituciones intermedias. "A veces hablamos mucho del municipio, pero yo creo que hay que hablar de las entidades intermedias que están atravesando un periodo muy oscuro". Para Irigoyen, Azul tiene personas capacitadas, pero eso no necesariamente se traduce en instituciones con la fortaleza que tuvieron en otros momentos. "Gente capacitada hay muchísima en Azul, pero yo no lo estoy viendo que repercuta en la calidad de instituciones que alguna vez supimos tener". Y vuelve a hablar de liderazgo, pero no solamente político: "El problema de liderazgos y dirigencial que tiene esta ciudad no es solo del sector político, es del sector intermedio también".

La dificultad, dice, está en que muchos de los temas que deberían abordarse son incómodos y obligan a quienes los plantean a exponerse. "Lo que pasa es que son tan antipáticos los temas que hay que tratar en profundidad que hay que tener mucha espalda, mucho compromiso y mucha seguridad por lo que vas a luchar para poder encarar la lucha". No habla solamente de dirigentes. Incluye empresarios, profesionales, representantes institucionales y vecinos que tengan capacidad de involucrarse.


El desarrollo inmobiliario en la zona del Balneario comprende unos 15 mil metros cuadrados que serán ejecutados progresivamente.

Dejar de discutir y empezar a hacer

En la entrevista, todas las ideas vuelven a encontrarse. El proyecto del Balneario, la recuperación de la casona, la generación de empleo, la identidad, la relación entre Estado y privados y la necesidad de contar con información concreta aparecen como partes de una misma preocupación. No se trata, para Irigoyen, de dejar de discutir. Se trata de que la discusión no termine reemplazando a la acción.

"Teoría contra hechos concretos, la cosa cambia", resume en otro momento de la conversación. Su propuesta es acumular acciones: invertir, recuperar espacios, generar empleo, construir infraestructura, fortalecer instituciones y asumir riesgos. No necesariamente encontrar primero una fórmula perfecta para después comenzar, sino empezar a hacer aquello que cada sector considera que puede aportar.

La idea también implica aceptar que algunas decisiones van a generar controversia y que determinados proyectos pueden ser resistidos antes de ser incorporados como parte de la ciudad. Por eso, cuando habla del futuro, Irigoyen no pone el foco solamente en una obra determinada. Habla de una comunidad capaz de asumir objetivos de largo plazo.

"Y la lucha grande es la de los grandes objetivos, el compromiso absoluto. Yo creo que hay pánico a estar expuesto, es lindo que te reconozcan con las cosas lindas, pero con las malas noticias o temas antipáticos no". Y cierra con una mirada que vuelve a poner la responsabilidad en el conjunto: "Si la gente capaz y honesta intelectualmente da el paso hacia adelante para hacer un Azul mejor, yo creo que en 20 años no nos conoce nadie. Y eso no es fácil".

Agrega, incluso otros conceptos frente a las diferencias políticas, vuelve a señalar un posible punto de encuentro: "Yo me puedo sentar con gente de distintos estratos políticos, en el fondo todos los temas que podemos diferir en términos de ciudad son muy poquitos".

Que una obra también se vuelva parte de la ciudad

Para Irigoyen, el desafío no termina cuando una obra se construye. También importa la forma en que los vecinos la incorporan a su vida cotidiana. Recuerda, en ese sentido, la resistencia que generó en su momento la construcción que llevó adelante el municipio con la rotonda del Parque. "Cuando se hizo la rotonda del Parque hubo mucha resistencia, negación, controversia y hoy anda perfecto", señala.

Por eso espera que algo similar pueda suceder con la nueva infraestructura proyectada para el Balneario: "Ojalá que la zona del Balneario, con la nueva rotonda, la gente la tome como propia, el acervo de la comunidad". La expectativa está puesta en que una inversión privada pueda terminar formando parte del patrimonio cotidiano de los azuleños. No solamente como un conjunto de edificios, comercios o viviendas, sino como una nueva forma de conectar y recorrer una zona de la ciudad.

Ese mismo razonamiento aparece cuando habla de cómo Azul muestra su propia historia. Irigoyen considera que muchas veces la ciudad no logra comunicar aquello que tiene y que podría convertirse en un elemento de identidad y atractivo. "La gente viene acá y no sabe dónde está", sostiene. Y vuelve sobre la necesidad de reconocer lo propio, incluso aquello que puede generar discusiones históricas: "No se trata de inventar una identidad sino de reconocer y comunicar aquello que ya existe."

Una ciudad que necesita volver a creer

La idea de que Azul tiene recursos, pero necesita recuperar confianza aparece también en otra de sus experiencias recientes: la recuperación de la antigua casona de Belgrano y Moreno, que en este momento ocupa a no menos de 30 trabajadores. El proyecto había comenzado con una dimensión comercial, pero durante el avance de los trabajos ocurrió algo que, según cuenta, lo sorprendió. Vecinos que pasaban frente al lugar no solamente comentaban cómo estaba quedando la construcción, sino que se acercaban para agradecer.

Irigoyen interpreta ese gesto como algo que excede la valoración de una obra. "Yo analizo ese agradecimiento y pienso que es "gracias por mostrar que Azul puede hacer cosas para salir de este estancamiento", creo que hay una especie de metamensaje ahí. Necesitamos volver a creer en nuestra comunidad, y eso es muy fuerte para el desarrollo, es muy fuerte que exista esa esperanza".

La casona, entonces, se transforma en algo más que un proyecto inmobiliario. Para él, representa una señal sobre la posibilidad de recuperar edificios, generar actividad y demostrar que todavía es posible hacer cosas en Azul.

Y es allí donde aparece una de las frases que mejor sintetizan su mirada: "Hemos debatido muchos años, demasiada cantidad de años y seguimos teniendo los mismos problemas. Porque en definitiva más que debatir cada uno tiene que hacer y concretar las cosas por las que cree que se puede apoyar el desarrollo de Azul".

No plantea esa responsabilidad exclusivamente sobre los empresarios. En su razonamiento aparecen vecinos, instituciones, dirigentes y Estado. Pero especialmente quienes, por las oportunidades que tuvieron, cuentan hoy con herramientas para asumir determinados riesgos. "Los que tenemos la posibilidad porque pudimos estudiar, que nos fue bien en la actividad profesional, los que queremos a Azul en serio, cuando tenés tres o cuatro de esas cosas conseguidas, también tenés la obligación y la responsabilidad empresarial en términos de comunidad y en lo social".


La recuperación de la casona de Belgrano y Moreno, una reciente obra significativa en la ciudad.

"Lo que me motiva es Azul"

Esa posición no puede separarse de su propia historia. Irigoyen se formó y desarrolló parte de su actividad profesional fuera de la ciudad. Junto con su esposa tomó, años atrás, la decisión de que sus hijos crecieran en Azul, aun cuando tenían una empresa importante en Buenos Aires. "Lo que me motiva es Azul. Cuando uno vuelve después de formarse y hacer una actividad profesional fuera de la ciudad siendo muy joven, coincidimos con mi esposa de querer que nuestros hijos crezcan en Azul", cuenta.

Su actividad, además, tiene una característica que hace particularmente visible su impacto. "Hay gente que está invirtiendo en Azul, pero por ahí es en algo que no vemos. El hecho de que mi actividad tenga réplicas en otros rubros de la sociedad hace que el impacto sea más grande". Por eso, cuando habla de inversión, no lo hace solamente en términos financieros. Habla de movimiento económico, de empleo y también de permanencia de los jóvenes en la ciudad.

La identidad aparece vinculada a esa misma preocupación. Irigoyen sostiene que Azul tiene condiciones propias para construir un desarrollo diferente: su ubicación, su historia, el arroyo, el Parque, la arquitectura y la cercanía con las sierras. "Creo que tenemos condiciones muy buenas como para proponer una ciudad diferente a las otras, pero con una fuerte identidad. No creo que haya un proyecto exitoso si no hay una fuerte identidad, una conexión con lo local".

Hasta los nombres de sus emprendimientos forman parte de esa búsqueda. La Borraja, su primer proyecto de chacras, toma el nombre de una flor del arroyo Azul. Serapio, el bar que funcionará en la casona de Belgrano y Moreno, remite a San Serapio Mártir. "Es natural que uno trate de llevar adelante, sobre todo a esta edad, obras en su propia ciudad que ayuden a desarrollar estas cosas".

Una identidad que todavía se está buscando

Cuando la conversación se detiene específicamente en la identidad de Azul, Irigoyen reconoce que todavía no existe una definición única capaz de sintetizarla. A lo largo del tiempo se habló de una ciudad turística, de una ciudad de raíces pampas y de distintas posibilidades.

Pero para él existe un dato que no puede evitarse: hubo una época en la que Azul fue una referencia regional y provincial. "Creo que hay algo que Azul tiene y que nadie lo puede negar, que es una historia o una época que marcó una etapa en toda la región, en toda la provincia de Buenos Aires. Azul era referencia. Lo que era en el año '50, increíble". A partir de allí desarrolla su propia interpretación sobre las razones por las cuales la ciudad fue perdiendo ese lugar. Vincula parte de ese proceso con las transformaciones de la legislación laboral y con la dificultad que, según entiende, tuvieron empresarios de otras épocas para adaptarse a esas nuevas reglas.

También plantea una lectura histórica que reconoce como controversial sobre el período conservador y el desarrollo fundacional de Azul. No desconoce los abusos laborales ni la ausencia de regulación que caracterizaron aquella etapa, pero considera que tampoco deberían borrarse los elementos que quedaron como parte de la identidad de la ciudad. "Hay muchas críticas a esa etapa, pero no hay que dejar de reconocer que lo fundacional y lo que se estableció, incluso lo que hoy son hitos de identidad azuleña, se hicieron en esa época, gran parte se hizo ahí".

Invertir también implica asumir riesgos

Su mirada sobre el empresariado se aparta de una concepción exclusivamente asociada a la rentabilidad. Irigoyen reconoce que ganar dinero forma parte de cualquier actividad privada, pero considera que existen otras motivaciones. "Hay que romper ese mito de que el empresario es egoísta, que busca rentabilidad, que se quiere llenar los bolsillos. Hay de esos un montón, pero también hay otro sector de empresarios".

Entre esas otras motivaciones ubica algo que define con una expresión casi lúdica: "El reconocimiento es tan fuerte como la rentabilidad. El bronce". Ese reconocimiento, en su interpretación, no es solamente personal. También puede estar relacionado con demostrar que una comunidad sigue viva, que puede generar proyectos y que todavía existen personas dispuestas a apostar por ella.

Su propia experiencia política también influyó en esa mirada. Alrededor de 2000/2001 fue concejal por Vecinos por Azul y recuerda que aquella experiencia le permitió recorrer lugares de la ciudad que antes no frecuentaba. "Cuando te obligás a recorrer zonas que no ibas, ahí es donde empezás a tener una visión más integral". La construcción, además, lo puso en contacto con personas de sectores muy diferentes. "En la industria de la construcción hoy estás sentado con el dueño de un banco a negociar una obra y a la media hora estás hablando con un ayudante del oficial albañil de cuánto cemento le tenés que poner a la máquina mezcladora".

Un debate incómodo: empleo y actividad económica

Desde esa posición introduce también uno de los temas más controvertidos de la entrevista: el impacto que, desde su perspectiva empresarial, tienen las cargas sociales, los juicios laborales y determinadas interpretaciones jurisprudenciales sobre comerciantes y pequeñas empresas.

Aclara desde el comienzo que no habla como especialista en derecho laboral. "Voy a plantear un tema antipático, no soy especialista en el tema laboral, lo veo desde el hecho concreto". Su preocupación se concentra especialmente en el pequeño empresario y en el temor que, según sostiene, puede generar el costo de una eventual desvinculación laboral. En su propia experiencia recuerda el tiempo y el dinero que implicó formar un equipo de entre 18 y 20 personas en gastronomía. "Si la variable de ajuste es el empleado se genera un desastre", afirma.

Su planteo no es presentado por él como una defensa del incumplimiento de derechos laborales. Por el contrario, insiste en que los trabajadores tienen derechos y que el problema que quiere poner en discusión es el costo que determinadas situaciones pueden representar para una pequeña empresa. "No voy en contra del trabajador, pero como estamos con el tema de las liquidaciones por cese, están destruyendo la actividad comercial. Esto es lo que está pasando".

También cuestiona liquidaciones laborales que considera exorbitantes y sostiene que algunas decisiones judiciales se apoyan, según su interpretación, más en la jurisprudencia que en la legislación. Al mismo tiempo, reconoce que existen posiciones diferentes y que hay abogados laboralistas que interpretan las reformas recientes como una forma de precarización.

Su propuesta, en este punto, es que haya un intercambio que se apoye en información concreta. Incluso plantea que Azul debería conocer oficialmente cuántos juicios laborales existen, cuál es el nivel de conflictividad, cuántos accidentes de trabajo se producen y qué sucede en las principales industrias locales. "Me encantaría ver los números de una cifra oficial pública para saber qué grado de conflictividad tiene Azul en términos laborales o en temas de accidentes de trabajo".

La cuestión vuelve así al eje que atraviesa toda la conversación: para tomar decisiones sobre el desarrollo no alcanza con percepciones o posiciones enfrentadas. También hace falta conocer qué está ocurriendo.

Al cierre, el mensaje vuelve al mismo punto de partida: qué hacer con una ciudad que tiene historia, recursos, personas capacitadas y también problemas que llevan décadas esperando respuestas. Irigoyen no propone una fórmula única ni desconoce las diferencias que atraviesan a Azul. Su planteo es otro: que esas diferencias no terminen paralizando la posibilidad de construir. Porque, como sostiene, el desarrollo también depende de que quienes tienen la posibilidad de aportar den un paso adelante, asuman riesgos y se comprometan con objetivos que excedan lo individual. Después de tantos años de debates, la cuestión parece ser, justamente, si Azul está dispuesta a convertir esa conversación en hechos.


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