Desde su Bolívar donde vivió su niñez vino a esta ciudad un joven sacerdote, consagrado a Dios, ungido y ordenado para celebrar y ofrecer el Sacrificio de la Misa y administrar los sacramentos. Se llama Abel Urrutia. Aquí ingresó al clero castrense, siendo el primer rector del Oratorio San Serapio Mártir, hoy capilla.
En esta ciudad se dedicó a caminarla, a pesar de su salud, no dejó de visitar hogares, hospitales, expresar una palabra de aliento en el momento justo y oportuno. Cuando alguien lo requería nunca decía que no. Allí estaba presente con su palabra de esperanza, de fe, transmitiendo la convicción que tiene sobre Dios, Jesús, y la doctrina católica.
También, donde sabía que una persona podía requerir su presencia, sin que nadie le dijera nada él iba a golpear la puerta para llevarle una ayuda espiritual.
Se lo veía siempre caminando rápido, como apurado. Pero si alguien quería hablar con él en la calle, se detenía y disponía de todo el tiempo necesario para escucharlo y darle su parecer. No un parecer negativo sino de optimismo, de aliento, impulsando a que tenga más fe, esperanza.
Para él lo fundamental es la persona humana. Para ello estaba dispuesto a ayudarla, sin importarle lo que piense, y que credos profesa.
Interiormente se siente bien, feliz, cuando puede ayudar a alguien. Y esa felicidad muchas veces la exteriorizaba entonando cánticos religiosos.
Así es el padre Abel, que para algunos lo llaman Angel porque riega con el maravilloso don que Dios le ha dado, el corazón de los hombres.
También colaboraba en esta ciudad con los medios periodísticos publicando temas que tienen que ver con la juventud, la palabra del Sumo Pontífice, y conceptos morales que ayudan para que las personas no se aparten del buen camino. Merced a un trabajo de él se repartió en todas las capillas, parroquias, iglesias de la Diócesis de Azul un escrito condenando el crimen de la persona por nacer.
Al llegar a los 75 años, y con la salud deteriorada, decidió retirarse y acompañar a sus hermanas en Bolívar. Por ese motivo, luego de servir por casi 20 años al Clero Castrense con una importante labor pastoral realizada, decidió retirarse.
En un sencillo acto se le entregó una copia del decreto del administrador diocesano del Obispado Castrense de Argentina, donde se le agradecen los importantes servicios prestados como capellán. En la oportunidad una tropa de órdenes ejecutó un minuto de silencio en homenaje a los capellanes militares que sirvieron al Ejército en los cuarteles de Azul, especialmente al Obispo Manuel Marengo y a Monseñor Lionel Omar Mosse, recientemente fallecido.
Como buen jardinero sembró. Lo que cayó en tierra fértil, dará sus frutos en las próximas generaciones. Porque su siembra es de muy buena semilla.
Cumplió un gran servicio a Dios, a la Patria y a los cristianos que por su presencia llenaron sus corazones del amor del padre. Gracias por tu humildad y sencillez, que supo conquistar los corazones. Porque pasaste por nuestras vidas, silencioso y dejando huellas como un ángel, se dijo en dicho acto. Y cuanta razón tienen estas palabras porque refleja el pensamiento de esta comunidad que siempre lo recordará y lo tendrá presente en los corazones.
Seguramente como un excelente sacerdote, hasta sus últimos días de estadía física en este mundo, seguirá siendo un hombre dedicado y consagrado a hacer, celebrar y ofrecer sacrificios.