OPINIÓN

Nunca es triste la verdad

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Escribe: María Liliana Christensen

En el año 2008, para el Día de la Madre, alguien muy querido me regaló un libro apenas conocido, que hacía poco tiempo estaba en las librerías y que sería revelador: Hablen con Julio.

El libro, producto de las serias investigaciones periodísticas de Francisco Olivera y Diego Cabot, fue un disparador formidable para advertir señales concretas de lo que desde hacía un tiempo intuía y sirvió para fundamentar mis sospechas acerca de la corrupción estructural que anidaba en el corazón del gobierno kirchnerista. Luego vendrían otras lecturas, más información y una atenta mirada de la realidad que siempre desde una perspectiva histórica me permitieron arribar a sólidas conclusiones.

Pero este libro no fue un libro más. Ya desde sus páginas los autores afirmaban con certeza algunos conceptos que luego -y hoy más que nunca- serían confirmados por el devenir de los hechos. Leía entonces: “Los hombres más influyentes de la Argentina tuvieron que aprender el arte de la genuflexión. ‘Hablen con Julio’, se acostumbraron a escuchar de boca del presidente Kirchner tanto empresarios como sindicalistas, intendentes y funcionarios. Era la frase mágica, la contraseña para acceder a la concreción de sus aspiraciones”.

“Obediencia De Vido” dicen que bromeaba  sobre sí mismo el arquitecto devenido en brazo derecho de un gobierno que llegó a la Casa Rosada con ínfulas progresistas y terminó arrebatando a los argentinos sumas incalculables que hoy podrían traducirse en importantes  obras para el beneficio de todos: hospitales, escuelas, rutas, vías férreas, viviendas.

Siempre dentro de los dominios de Julio De Vido, las empresas constructoras tenían múltiples sectores donde desarrollar su actividad; por un lado, mucho dinero se canalizaba en obras relacionadas con las rutas que rara vez se finalizaban. Dicen los autores de Hablen con Julio: “Otro circuito muy proclive a la felicidad de los constructores es el Plan Federal de Viviendas, que maneja  un hombre de De Vido, José López, el Petiso. De su firma dependen, además de las viviendas, los planes hídricos, algunas cuestiones energéticas  y todo lo que tiene que ver con el servicio de agua potable y cloacas de la Capital Federal y gran parte del conurbano”. 

Un botín considerable para gente que llegó a la función pública con el claro objetivo de enriquecerse y acrecentar su patrimonio personal a cualquier costo. “Dentro de este prometedor sector de la obra pública hay otro Kirchner, que no es Néstor, sino su primo: Carlos Santiago Kirchner, Jefe de la Subsecretaría de Coordinación de Obra Pública Federal, un cargo decisivo, creado a fines de agosto de 2005, una semana antes de la designación del funcionario en cuestión”, afirman Cabot y Olivera.

Según el decreto que dio origen al cargo, los objetivos eran “coordinar e intervenir en la relación entre las distintas áreas dependientes de la Secretaría de Obras Públicas, entes desconcentrados y descentralizados, en todo lo relacionado con obras de infraestructura habitacional, viales, públicas e hídricas”. 

Las cartas estaban echadas. Las condiciones decididamente favorables para llevar adelante el gran saqueo de las arcas del estado se habían planificado cuidadosamente y ningún cabo quedaría suelto. Basta verificar algunos datos simples como la continuidad del arquitecto Julio De Vido y su segundo José López al frente del Ministerio de Planificación desde el 25 de mayo de 2003 hasta el 9 de diciembre de 2015. Ninguna otra mirada debía interferir en el accionar de quienes controlaban los negocios. La caja debía estar bajo el cuidado de los fieles, de los leales, de los que garantizaban la continuidad del plan de la familia gobernante sin fisuras.

Es suficiente hoy ponderar el crecimiento patrimonial de los personajes centrales de esta historia de desfalco, impunidad y corrupción sistémica para concluir que como dice Serrat, nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio.

Hace pocas horas la diputada del Parlasur Mariana Zuvic apeló a las palabras justas para responder una pregunta de la prensa: – ¿Ud. cree que este dinero es de López, o puede ser de De Vido, o de la familia Kirchner? La parlamentaria dijo, categórica: -Este dinero es del pueblo argentino.

 

 

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