RELATOS DESDE EL ENCIERRO

Omar y el viudo González

Escribe Matías Verna (*)

“Dios no está en los detalles de hoy”.  Indio Solari 

Omar Rizzo Cáceres era un empleado de campo borrachín que un fin de semana se pasó de copas y ocasionó disturbios, tiró tiros al aire y sin querer mató a la mujer del dueño del bar con su camioneta.

La estampó contra la pared lateral del boliche con una Ford F100 y se dio a la fuga aunque lo agarraron a los 200 metros por un camino de tierra que lo conducía al campo donde trabajaba por la zona de Urdampilleta.

Omar Rizzo Cáceres vivía en un pabellón común con presos trabajadores y pasó su condena manteniendo la chanchería de la cárcel, alimentando ovejas, recolectando verduras y durmiendo en la celda por las noches.

Su libertad fue a los ocho años de condena y, a su salida, el viudo González lo mató llevándolo por delante con una Chevrolet de esa de antes imposible de  igualar por esas chatas plásticas con motores 3.0, tecnologías de última generación y no sé qué más.

La noticia en el pueblo duró mucho tiempo, incluso en algún medio amarillista de la gran ciudad se le otorgó algún párrafo sin imágenes y nada más. Pero los paisanos de la zona adoptaron la historia y crearon circuitos turísticos para recaudar alguna platita, pequeños trípticos que versionaban los hechos, audios rústicos con voces de la época que daban testimonios de haber visto lo que no vieron y demás.

Con el tiempo la historia se fue modificando y los buenos fueron malos y las puras se convirtieron en prostitutas, los muertos en espíritus y los niños se dedicaron a vender historias y los abuelos a corregir detalles.

Detrás de los muros, donde en el encierro las historias son así y solo así, el viudo González ocupó la celda de Omar Rizzo Cáceres y pudo ver que en las paredes rotas y húmedas, su víctima y el asesino de su único amor, había escrito como tarea de escuela primaria en los ocho metros cuadrado de vivienda oscura en los que purgó su condena: “perdón, perdón, perdón”; así, las seis letras decoraban esa cajita con barrotes, el techo, las puertas y todo lo que ocupaba ese lugar.

El viudo González lloró mucho y gritó más.

Borró las palabras y se ahorcó con la sábana de dos plazas que supo darle calor con su mujer.

Los fiscales alegaron tristeza infinita y debajo de los barrotes que mostraban la calle escribió con el filo de un cuchillo desafilado: NO

(*) Es periodista y escritor. Nacido en Azul, vive actualmente en Olavarría: Recientemente publicó su séptimo libro, titulado “Crudo”. En esta sección compartiremos textos inéditos que detallan, con ficción y realidad, la vida en contexto de encierro, tanto de empleados del SPB como detenidos.

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