¿OTRA VEZ?

La CGT largó embalada en el asado de Luis Barrionuevo en Mar del Plata con su amenaza de medidas de fuerza contra el gobierno de Mauricio Macri y sus políticas económicas y sociales. Les dio forma en la reunión de cúpula realizada apenas nació febrero y dio a luz una manifestación para el 7 de marzo y un paro para la segunda quincena del mismo mes, o sea dentro de un puñado de semanas. Hace apenas un manojo de días todo se presentaba como inamovible, sin posibilidad de marcha atrás, pero ahora empezó a agitarse el fondo de las aguas y los dirigentes, que venían con todas las ínfulas, parecen no tener una postura unánime.

Algunos dicen que la marcha está “prácticamente” confirmada, otros afirman que está “absolutamente” confirmada. El sentido común, la experiencia y los antecedentes indican que la movilización no debería postergarse, porque es el equivalente a una válvula de escape para que la gente que no la está pasando bien saque a relucir su malestar.

Sobre todo los trabajadores sindicalizados, cuya asistencia estará garantizada por los tradicionales aparatos gremiales.

Y aunque la dirigencia continúe con sus acciones devaluadas en la consideración de la clase media, es probable que un sector de ese estamento social se sume a la protesta habida cuenta de la molestia que siente porque el gobierno de Macri, al que evidentemente le dio su apoyo, ahora lo está castigando con aumento de tarifas y la continuidad e incluso profundización de la presión impositiva.

Pero el paro les sigue haciendo ruido interno. Desde hace mucho, muchísimo tiempo, la CGT, separada o unida, no quiere hacer huelga, por razones diversas. De hecho, en la era kirchnerista la esquivaron hasta último momento y la del año pasado, ya con el macrismo en la Rosada, la suspendieron en definitiva porque les dieron la plata de las obras sociales y un bono de un par de miles de pesos que no se pagó en todos los casos.

Realmente muy poco para levantar una medida de tamaña magnitud como un paro nacional, absolutamente distinto a lo que ocurría en otros años no muy lejanos.

Lo que ocurre es que ahora la CGT, unida a la fuerza, se ve compelida por la presión de las bases y de la realidad modificada en un año, con la pérdida de decenas de miles de puestos de trabajo, aunque el gobierno ande blandiendo cifras de recuperación de empleo en los últimos tiempos.

El resto de los males del mundo del trabajo sigue en pie, como desde hace largo rato: empleo en negro espeluznante, tareas precarias, salarios depreciados, inflación que se mantiene, retracción económica, grandes inversiones prometidas que no llegan, presión impositiva sobre los ingresos (Ganancias) y planes de flexibilidad laboral, por ejemplo.

La agenda laboral como para justificar un paro es bastante abultada pero se mezcla con la agenda política del año de las elecciones de medio tiempo, donde también los sindicalistas tienen sus intereses y sus discrepancias.

Hay algunos que se mueven con moderación y juran que se manejan con independencia de esas circunstancias (algo poco creíble) y otros que, aunque no hablan de sus preferencias, las dejan entrever sin tapujos cuando directamente admiten que lo que se necesita es un cambio de paradigma económico. Más claro, el agua.

Así, vuelve a presentarse el escenario propicio para una Torre de Babel o un aquelarre donde todos hablan al unísono distintos idiomas y se mezclan los que quieren patear los tableros y los que ruegan por una soga para salir del pantano en que ellos mismos se han metido al anunciar una medida extrema como punto de partida, cual es un paro nacional.

Pero el gobierno ¿estará dispuesto a dar algo a los sindicatos para que depongan su actitud? O más bien, ¿está en condiciones de dar algo de lo que piden? Parecería que en el tiempo que queda hasta la posible concreción de las protestas no existiría tal alternativa. Tan solo promesas podría haber.

Y en este marco otro viejo escenario amenaza de manera incipiente con volver a irrumpir: el de la interna sindical. Hubo quienes apenas se reunificó la CGT le pronosticaron poca vida a esa resurrección. Aún parece temprano para las certezas sobre cualquier pronóstico en ese sentido.

Pero como dice el refrán, “el que se quemó con leche, ve una vaca y llora”. Entonces al final vale preguntarse -aunque obviamente con tiempos distintos- tanto sobre la suerte del paro como la de la CGT…¿otra vez? (DYN)

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