BEATO PASCUAL FORTUÑO

Otro Santo asistiendo a la comunidad azuleña

 El Padre Pascual Fortuño vivió un lustro en nuestra ciudad, encargándose de la educación de los niños cobijados en el Asilo San Antonio. En el año 2001, el Papa Juan Pablo II lo beatificó, encaminándolo así a su canonización. Poco después de la partida del Padre Pascual Fortuño, el Asilo fue ampliado con la construcción de la planta alta, lográndose mediante esta obra albergar a más de cuarenta niños. GENTILEZA MARCOS DELUCAImprenta del Asilo en la que los jóvenes trabajaban en la edición de “La Revista”, órgano de difusión de las distintas actividades religiosas de la ciudad y otras tantas notas sociales; lo recaudado con su venta era destinado al mismo Asilo. GENTILEZA MARCOS DELUCAEntre los tantos talleres que se desarrollaban en el Asilo San Antonio, se encontraba el de encuadernación, el cual brindaba a los jóvenes una importante salida laboral. GENTILEZA MARCOS DELUCA
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Imprenta del Asilo en la que los jóvenes trabajaban en la edición de “La Revista”, órgano de difusión de las distintas actividades religiosas de la ciudad y otras tantas notas sociales; lo recaudado con su venta era destinado al mismo Asilo. GENTILEZA MARCOS DELUCA

El franciscano español estuvo en nuestra comunidad durante un lustro, atendiendo con esmero y dedicación a los niños alojados en el Asilo “San Antonio”, el primer colegio privado de varones que existiera en Azul a comienzos del siglo XX. El mártir, que fuera asesinado en la madrugada del 8 de septiembre de 1936, se encuentra en camino a la canonización.

Por Norma Iglesias y Eduardo Agüero Mielhuerry

Pascual Fortuño Almela nació el 3 de marzo de 1886 en Villarreal, próspera ciudad de La Plana, provincia de Castellón, España. Fue hijo de Joaquín Fortuño y María Gracia Almela.

Fue bautizado al día siguiente de su nacimiento. Su infancia transcurrió en el sano ambiente de una familia piadosa y acomodada que cultivaba sus propios campos; allí aprendió las virtudes cristianas y la laboriosidad. Estudió las primeras letras en el colegio de los franciscanos de Vila-Real, mostrándose dedicado aunque no sobresaliente.

A la edad de doce años ingresó en el seminario menor franciscano de Balaguer (Lérida), perteneciente a la Provincia franciscana de Cataluña, donde comenzó el estudio de las humanidades, que terminó en el seminario menor de Benissa (Alicante), perteneciente a la Provincia franciscana de Valencia, al que se había pasado. Vistió el hábito franciscano en la casa noviciado de Santo Espíritu del Monte (Gilet-Valencia) el 18 de enero de 1905, y allí mismo hizo la profesión religiosa el 21 de enero de 1906. Cursados los estudios de filosofía y teología en el Estudiantado franciscano de Onteniente (Valencia), recibió la ordenación sacerdotal el 15 de agosto de 1913 en Teruel.

Tras su ordenación, los superiores lo destinaron al seminario menor de Benissa como educador de los niños de la Provincia, por quienes se desveló y de quienes se ganó el aprecio y la confianza por su entrega y sus cualidades pedagógicas. Cuatro años estuvo dedicado a este ministerio, pues en 1917 fue destinado al servicio de la Custodia de San Antonio, en Argentina, dependiente entonces de la Provincia franciscana de Valencia; durante cinco años estuvo ejerciendo con ejemplaridad el ministerio sacerdotal en la casa del Azul.

 

Asilo “San Antonio”, una obra monumental    

El 17 de marzo de 1904 se reunió la Comisión Directiva de la “Pía Unión de San Antonio”, la cual era presidida por la señora Úrsula Vásquez de Zapata. En dicha reunión se hizo evidente la necesidad de fundar un asilo para niños huérfanos, a imagen y semejanza del “Sagrado Corazón” dedicado a las niñas.

El acta de constitución es del 18 de septiembre de 1906, donde quedó definitivamente resuelta la adquisición del terreno ubicado en la calle Dolores entre Entre Ríos y Córdoba (las actuales Gral. Francisco Leyría entre Dr. Alfredo Prat e Intendente Dr. Ernesto M. Malére).

El 2 de junio de 1907 se colocó la Piedra fundacional, bendecida por el Obispo de La Plata, Monseñor Francisco Alberti. A pesar de la fría jornada, una nutrida concurrencia acompañó la ocasión en la que la señora Vásquez de Zapata hizo uso de la palabra. A su lado, el Padre Cáneva sonreía henchido de emoción frente a la gran obra que avizoraba en beneficio de la comunidad y los más desprotegidos.

Tras varios contratiempos, el Asilo de Huérfanos “San Antonio”, fue inaugurado el 1 de octubre de 1911, bajo la presidencia de María Gómez de Enciso, quien sumó así una obra más al servicio de los niños sin hogar. La secundaban en su afanosa tarea, Juana B. de Naulé como tesorera y Antonia Berdiñas como secretaria, y una numerosa comisión de damas caritativas.

Siempre se procuró la educación de los niños desde una faz práctica, por ejemplo, en su imprenta se confeccionaba “La Revista”, órgano de difusión de las diversas obras. Éste semanario, que alcanzó los dos mil ejemplares por número, comenzó a publicarse en abril de 1915 y tuvo una existencia de más de treinta y cinco años. Vale destacar que todo lo producido por la venta de la misma estaba destinado a los dos Asilos.

Algún tiempo después, gracias a la contribución de la señora Rufina de Martínez Berdes, el 5 de noviembre de 1916, se inauguró la iglesia de “San Antonio”. Desde entonces, cada día fue convertido en la excusa perfecta para contribuir de una u otra manera a mejorar el estilo de vida de los jóvenes hospedados en los orfanatos. Socios bienhechores, rifas, bazares de caridad, conciertos, subvenciones, legados y donaciones “anónimas” fueron varios de los recursos que ayudaron a prosperar a los Asilos.

El Asilo “San Antonio” fue el primer colegio privado católico para varones de Azul, dirigido y conducido por sacerdotes. La atención de los asilados y el trabajo interno del Establecimiento estuvieron en un principio a cargo de los presbíteros Ramón Pinillos y Luis D’Agostino, quedando a cargo posteriormente de los Padres Franciscanos, luego los Benedictinos y finalmente los padres Antonio Cano Blanco y Francisco Gallardo.

 

Azul en 1917   

Al llegar el Padre Pascual al Azul se halló con una ciudad próspera, en pujante desarrollo de su estructura edilicia, pero con puñado importante de desamparados y desprotegidos que hallaban en obras como la del Asilo San Antonio su único refugio.

La labor que le tocaría desarrollar sería “puertas adentro”, atendiendo a los niños huérfanos o abandonados que allí eran cobijados, educándolos en el catecismo, las primeras letras o en los diversos oficios que sin dudas se constituirían en una herramienta de desarrollo para el futuro laboral de los niños cuando ya adultos debieran salir “al mundo”. Precisamente en 1917, año en el que el Padre llegó a Azul para colaborar y atender el Asilo, se inauguraron los talleres de imprenta, encuadernación, sastrería, zapatería y carpintería.

El periódico “El Imparcial”, conducido por los hermanos José María y Eduardo Guillermo Darhanpé, conductores del periódico y miembros activos de la Logia Masónica “Estrella del Sud” Nº 25 que aún operaba por entonces en nuestro medio, varió considerablemente su tono crítico y anticlerical al hablar del Asilo y señalar que se trataba sobre todo de una escuela la que funcionaría en el asilo que debía ponerse “…bajo la protección del vecindario caritativo y generoso… pues venía a llenar una necesidad cada día más sentida en esta población”. A pesar de las posturas adversas de algunos órganos de prensa, el Asilo San Antonio encarnó un proyecto diferente; para los varones se pensó en una solución más integral por medio de la cual al dar albergue, educación y formación en hábitos morales y conocimientos básicos de lectoescritura, se sumaron los talleres de artes y oficios para los hijos de padres trabajadores que, no pudiendo atenderlos personalmente, en cambio, sí se preocupaban por el destino de sus hijos. Como se señalaría “…nuestro obrero progresa, abandona su incuria tradicional y se preocupa por el porvenir de sus hijos. Hoy quiere educación para su prole…”.

Inmerso en una sociedad cada día más compleja y muchas veces a cada paso más contradictoria, el Asilo llevó adelante muy dignamente su labor, viéndose en poco tiempo resultados positivos de su labor. De hecho, a los pocos años de su inauguración se comenzó a proyectar su ampliación (concretada en 1925 con la construcción de una planta alta en la que se albergaron a 40 internos más).

El Padre Pascual trabajó arduamente durante el lustro que estuvo radicado en Azul. Su accionar fue sumamente destacado y muy recordado por aquellos que estuvieron bajo sus enseñanzas.

El último acto público al que asistió el Padre Pascual antes de retornar a su patria, fue la bendición del Altar Mayor de la actual Catedral Nuestra Señora del Rosario. La consagración fue el 24 de mayo de 1921, de la mano del Obispo Dr. Santiago L. Copello, acompañado por el Padre César Antonio Cáneva y una multitud que se estimó en 5.000 almas, entre los que se contaron a varios asilados del “San Antonio”.

 

Volver a las  raíces…  

De regreso en su patria, Pascual se dedicó de nuevo a la formación de los alumnos del seminario de Benissa. Estuvo luego en el convento de Pego y durante algún tiempo fue morador del convento de Segorbe.

Ya establecida la II República en España, en 1931 fue nombrado Vicario del Convento-Noviciado de Santo Espíritu del Monte, en Gilet-Valencia, donde lo sorprendió la persecución religiosa de 1936.

Estimado de todos, Pascual era un franciscano ejemplar, fiel a sus deberes religiosos y un pedagogo modelo que vivía lo que enseñaba a los otros. No obstante su carácter sanguíneo, sabía dominarse y siempre se manifestaba amable y acogedor. En los años de ejercicio del ministerio sacerdotal fue asiduo al confesonario y prudente director de almas. Como predicador de la palabra de Dios, se preparaba con esmero y tesón. Fue también director de ejercicios espirituales, y muy solicitado por las religiosas para pláticas espirituales de formación. De hecho, de su dedicada labor se preservan treinta y cinco cuadernos con sus apuntes.

Quienes convivieron con él destacaban sus virtudes morales y religiosas, así como su devoción al Santísimo Sacramento, a la Virgen María, a la práctica del vía crucis, su vida de oración, etc. Recalcaban su sólida formación, su delicada conciencia y su profunda vivencia religiosa, a la vez que su afán de inculcar estas virtudes y devociones a sus alumnos con el tacto de un buen pedagogo.

 

El principio del fin…  

El 18 de julio de 1936, desencadenada en España la persecución religiosa, el Padre Pascual tuvo que dejar el monasterio de Santo Espíritu, como sus hermanos de hábito, y refugiarse en Vila-Real. Pasados los primeros días en casa de sus padres, para mayor seguridad se trasladó con su familia a una casa de campo, donde permanecieron algo más de un mes.

Ante la inseguridad con que incluso allí vivían, se refugió de nuevo en el pueblo, en casa de su hermana Rosario, donde más tarde fue detenido. Según contaron varios testigos, era admirable la predisposición y preparación del Padre Pascual para el martirio. Solía repetir, con paz y confianza: “Sea lo que Dios quiera”; “Que se cumpla la voluntad de Dios”. “Estemos preparados para lo que el Señor quiera de nosotros. Esto es lo único que nos interesa en la vida”.

Singularmente elocuente fue el diálogo que mantuvo con su madre, según contara una sobrina del mártir: “Cuando salió de la casa de campo para esconderse en casa de su hermana Rosario, su anciana madre le dijo llorando: ‘Adiós, adiós, hijo mío, ya no te volveré a ver’. A lo que el Pascual contesta: ‘No llores, madre, pues, cuando me maten, tendrás un hijo en el cielo. Tú me preguntas que a dónde voy: me voy al cielo’”.

En Vila-Real, como por todas partes, irrumpió con violencia la persecución religiosa: fueron asesinados muchos sacerdotes y religiosos, quemados los templos. En este ambiente de odio y persecución religiosa, el Padre Pascual fue detenido en casa de su hermana el día 7 de septiembre de 1936, y encarcelado en el cuartel de la Guardia Civil. Aquel mismo día, por la noche, fueron a llevarle la cena y un colchón sus hermanos Joaquín y Rosario y la sirvienta de la familia, Trinidad Manzanet, últimos familiares que lo vieron y pudieron hablar brevemente con él, guardando un grato recuerdo de su confianza en Dios y de su disposición para aceptar su santa voluntad.

 

Un testigo privilegiado  

Testigo de excepción del tiempo que estuvo en la cárcel el Padre Pascual y de los malos tratos que allí recibió fue don Julio Pascual, que se encontraba en la misma cárcel, y a quien el Beato hizo varias premoniciones: “A usted no le pasará nada. Yo sé positivamente a dónde voy: estoy destinado al martirio; diga a mis hermanos que voy conformado al martirio; que recen mucho por estos pobres hombres”. Don Julio recordó toda su vida estas palabras y las repitió con devoción, pues se cumplió lo que el Padre Pascual le había dicho. También él fue llevado al patíbulo de la muerte, del que pudo escapar y sobrevivir.

 

Un arma blanca contra un alma pura    

El Padre Pascual Fortuño fue asesinado la madrugada del día 8 de septiembre de 1936, en la carretera entre Castellón y Benicásim. Tenía entonces 50 años de edad, 31 de hábito franciscano y 23 de sacerdocio.

Refieren los testigos de la época que, una vez conducido al lugar de su fusilamiento y cuando trataban de ejecutarlo, las balas “rebotaban” sobre su pecho y caían al suelo. Ante este hecho, el mártir dijo a quienes le disparaban: “Es inútil que disparéis; si queréis matarme, tiene que ser con un arma blanca”. Por eso, le hundieron una bayoneta en el pecho.

Sus ejecutores quedaron muy impresionados y asustados: “Hemos hecho mal en matarlo -decían-; era un santo. Si es verdad que hay santos, éste es uno de ellos”.

Su cadáver fue trasladado al cementerio de Castellón y enterrado en el suelo, en fosa individual. Ese mismo día, hechas las oportunas averiguaciones, algunos familiares del mártir y doña Trinidad Manzanet se apersonaron en el cementerio de Castellón, donde el enterrador les indicó el lugar en que lo había enterrado hacía poco, y les mostró sus ropas, que ellos reconocieron.

 

Camino al cielo…   

El 3 de noviembre de 1938, liberada ya Vila-Real por el ejército del general Franco, los restos del Padre Pascual fueron exhumados, reconocidos y trasladados al Cementerio de su pueblo natal, que les dispensó un fervoroso y popular recibimiento, siendo depositados en el panteón de los franciscanos.

En agosto de 1967, introducida su causa de beatificación, los restos del mártir fueron trasladados a la iglesia de los franciscanos de la misma ciudad.

El Padre Llorens, cronista de la Provincia franciscana de Valencia, escribió sobre el Beato Fortuño: “Esta vida, más angélica que humana, tuvo en el martirio su coronación más completa. Fue como broche de oro que el seráfico Padre quiso poner a aquella existencia que mereció ver los días de Rivotorto y la Porciúncula, en los que el Santo Padre y Fundador amaestraba a sus hijos en la práctica de la humildad, sencillez, abnegación y amor de Dios”.

 

La beatificación de los Mártires    

El 11 de marzo de 2001 el Papa Juan Pablo II beatificó a 233 mártires de la Guerra Civil Española, que tienen en común, además, que fueron asesinados en la región de Valencia, España, o por proceder de esa región su causa de beatificación fue cursada en este grupo.

El testimonio más elocuente de esta persecución lo dio Manuel de Irujo, ministro del Gobierno republicano, que en una reunión del mismo celebrada en Valencia -entonces capital de la República-, a principios de 1937, presentó el siguiente Memorándum: “La situación de hecho de la Iglesia, a partir de julio pasado, en todo el territorio leal, excepto el vasco, es la siguiente: a) Todos los altares, imágenes y objetos de culto, salvo muy contadas excepciones, han sido destruidos, los más con vilipendio. b) Todas las iglesias se han cerrado al culto, el cual ha quedado total y absolutamente suspendido. e) Una gran parte de los templos, en Cataluña con carácter de normalidad, se incendiaron. d) Los parques y organismos oficiales recibieron campanas, cálices, custodias, candelabros y otros objetos de culto, los han fundido y aún han aprovechado para la guerra o para fines industriales sus materiales. e) En las iglesias han sido instalados depósitos de todas clases, mercados, garajes, cuadras, cuarteles, refugios y otros modos de ocupación diversos. f) Todos los conventos han sido desalojados y suspendida la vida religiosa en los mismos. Sus edificios, objetos de culto y bienes de todas clases fueron incendiados, saqueados, ocupados y derruidos. g) Sacerdotes y religiosos han sido detenidos, sometidos a prisión y fusilados sin formación de causa por miles, hechos que, si bien amenguados, continúan aún, no tan sólo en la población rural, donde se les ha dado caza y muerte de modo salvaje, sino en las poblaciones. Madrid y Barcelona y las restantes grandes ciudades suman por cientos los presos en sus cárceles sin otra causa conocida que su carácter de sacerdote o religioso. h) Se ha llegado a la prohibición absoluta de retención privada de imágenes y Objetos de culto. La policía que practica registros domiciliarios, buceando en el interior de las habitaciones, de vida íntima personal o familiar, destruye con escarnio y violencia imágenes, estampas, libros religiosos y cuanto con el culto se relaciona o lo recuerde.”

A los sacerdotes, religiosos y seglares que entregaron sus vidas por Dios el pueblo comenzó a llamarles mártires porque no tuvieron ninguna implicación política ni hicieron la guerra contra nadie. Por ello, no se les puede considerar caídos en acciones bélicas, ni víctimas de la represión ideológica, sino mártires de la fe.

Justamente, el nombre del Beato Pascual Fortuño, quien caminara por las calles del Azul brindando amparo a los menesterosos, se halla en la lista de mártires que dieron testimonio cruento de su fe en el contexto histórico de la Guerra Civil Española.

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