PALABRAS Y HECHOS 

Palabras, palabras y más palabras no pueden alterar ni ocultar los hechos, que son la consecuencia de una realidad que han forjado los mismos portadores de esas palabras que siguen agobiando a una sociedad ya agobiada desde hace largo tiempo.

Una sociedad a la que se le puede reprochar con justa causa el seguir mordiéndose la cola como perros tozudos, pero la cual tampoco encuentra opciones superadoras en el horizonte inmediato ni mediato.

Una sociedad que genera sus propias bacterias que se reproducen de forma por momentos aparentemente infinita y no permiten la generación de imprescindibles anticuerpos para empezar a combatir males añejos que, en muchos casos, amenazan con convertirse en perennes y terminales. Pero, en el fondo, es una sociedad que de manera mayoritaria no tiene acceso al poder, es partícipe de los elementos formales de la democracia y a la vez no quiere recurrir nunca más a métodos delirantes y violentos para resolver los problemas que la atraviesan de cabo a rabo.

Por ello, lo que se vio en estas jornadas en las movilizaciones de la CGT y del Día de la Mujer fueron expresiones de grupos minúsculos y posiblemente digitados para menoscabar los verdaderos fines y espíritus de esas concentraciones, más allá de las legitimidades y consideraciones de valor que puedan hacerse sobre los convocantes a esas demostraciones callejeras. Lo mismo podría decirse sobre la huelga de los maestros, más allá del prestigio de sus dirigentes en la opinión pública, sobre todo teniendo en cuenta que esos sindicalistas son elegidos por sus propios representados.

Otro cantar es la discusión sobre la responsabilidad gremial en cuanto a dejar a los alumnos sin clases y la categoría de servicio público esencial en una sociedad como es la educación.

En suma, en derredor de todo ello sigue habiendo palabras, palabras y más palabras, la mayoría de ellas retahílas de frases repetidas hasta el cansancio y de alto voltaje político, especialmente en un año electoral. Lo concreto es que la CGT no tiene margen para eludir el paro para sintetizar todos los conflictos que se siguen multiplicando en la geografía argentina, con suspensiones y despidos, mientras se esperan las inversiones masivas que generen puestos de trabajo genuinos, más allá de las contrataciones que se produjeron (también masivas) en los diversos Estados (ergo, subsidios enmascarados).

Y el gobierno -los gobiernos en general- deben tomar nota y no despreciar las manifestaciones ni hacer foco únicamente en los incidentes para machacar que el sindicalismo es el pasado (sobre todo, como si los gobernantes no negociaran con esos propios dirigentes, alimentando su poder de esa manera).

Desde ambas veredas se dice solo lo que a cada uno le conviene.

Los dirigentes gremiales deben admitir que el gobierno está buscando cambios y que ha recibido muchas cosas en llamas -no como en 2001, claro-, ante las cuales la mayoría del sindicalismo hizo caso omiso durante mucho tiempo o directamente fue corresponsable de ellas.

El oficialismo tiene que aceptar que la situación no tiene ni por asomo el brillo prometido ni el que dice ver en muchas cuestiones y que los sindicatos no están buscando derrumbarlo. Y que, si bien es cierto que su dirigencia es vetusta, es la que hay. Pero, por sobre todas las cosas, debe admitir que las estructuras gremiales tradicionales son las que pueden contener y encauzar los conflictos y evitar desmadres no deseados y expresiones anárquicas que puedan derivar en algún tipo de manifestación descontrolada.

Los canales de diálogo están abiertos. El paro que se viene anunciando para los primeros días de abril (algunos dicen el 4 de abril, otros el 6, unos menos se animan a plantear una huelga de 48 horas) parece no tener marcha atrás, salvo que el gobierno abra demasiado la mano, remueva a algún ministro y tome un par de medidas que significarían dar un volantazo en alguno de sus rumbos liminares.

Como hoy es casi imposible pensar en eso, en Azopardo 802 dan por hecho la medida de fuerza, aunque también allí andan a los codazos con sus propias internas, incluso por los estertores de la desorganización del acto reciente y la falta control de lugares estratégicos -como el palco, lugar “sagrado”-, cosa que nunca había pasado en todas las manifestaciones de estos casi 34 años de democracia.

Con razón muchos se preguntan qué pasará después del paro. Una movilización masiva, casi nunca vista desde las épocas de Saúl Ubaldini (30 años atrás) y un mes después una huelga general, obligan a analizar cómo se sigue.

Inmediatamente debe seguir tendida la mesa de diálogo para buscar soluciones a las demandas pero también las posibles medidas de protesta posteriores, entre las cuales seguramente no estarán “charlas de concientización” o asambleas de 10 minutos por turno. Porque, además de todo ello, en el medio estarán a pleno vapor las discusiones por las paritarias y, en ese marco, sin duda, habrá varios conflictos sectoriales de las diversas actividades. Y ahí se notarán mucho más que ahora las diferencias entre las   palabras y los hechos.

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