AZULEÑOS EN EL CONFLICTO BÉLICO DE 1982

“Patria”, en la Guerra de Malvinas

Carlos Martínez, conscripto del Regimiento 7 de La Plata, logró enviar desde las Islas algunas cartas a su familia en Azul. Estos artículos, anticipo de un libro de próxima aparición, reflejan el rescate que se está realizando de documentos epistolares del ‘82. En esta entrega, las referencias a un tordillo, una poesía que el soldado dedicó a su mamá y algunas reseñas sobre la vida cotidiana en Malvinas, en el momento en que comenzó a agravarse la conflagración.

Escribe: Marcial Luna

lunasche@yahoo.com

Fragmento de la carta en la que Carlos Martínez cuenta a su madre sobre el caballo “Patria”. ARCHIVO DEL AUTOR

Poesía para una madre. Carlos Martínez la incluyó en una carta a su madre, desde Malvinas, a fines de mayo del 82. ARCHIVO DEL AUTOR

 

 

NOTA III

En el momento en que el conscripto azuleño José Martínez, el 24 de mayo de 1982, desde una posición del Regimiento 7 de La Plata en Malvinas, terminó de escribir la carta a su mamá, la fragata inglesa “Antelope” ya había sido atacada por la aviación argentina, literalmente partida por la mitad y hundida poco después. A los soldados, que se mantenían en los pozos de zorro y respondían al fuego enemigo, poco y nada les importó que el Mercado Común Europeo ese día cerrara filas a favor de Inglaterra y, a través de la prensa, anunciara que había resuelto mantener sanciones económicas contra nuestro país. ¿Cómo pensar en eso, si el cielo de Malvinas se transformaba todo el tiempo, como si fuese un caleidoscopio, por lo que parecían interminables explosiones, rojas, anaranjadas, y con un estrépito jamás imaginado?

Llovían bombas en Malvinas y el conscripto azuleño (“Carlitos”, para la familia y allegados) logró concluir la primera de tres cartas que esa última semana de mayo pudo enviar a su mamá. La información en el sobre fue precisa y escueta: domicilio, Miñana 995 de Azul, enviada por: soldado clase 62 Martínez, José; del Regimiento 7 Coronel Conde, X Brigada. El sello revela el día: 24 mayo 1982, Islas Malvinas (CP 9409).

“Mirá mamá […] ahora son las 12,30 y estuvimos comiendo, y empezamos a hacer torta frita, yo y tres más. Amasamos y otros dos fritaron. Ya casi tenemos un almacén. Tenemos aceite, harina, sal, puré de tomate, de todo”, le contó esa vez, Carlos, a su mamá.

También le confirmó un dato, sólo para erradicar cualquier idea de soledad: […] no sé si te dije que en la montaña somos quince soldados […] Estamos tranquilos y me olvidé de decirte que yo encontré un caballo tordillo bárbaro, gordo, es divino, y yo lo llevo a todas partes, y entre todos le pusimos un nombre: ‘Patria’. [Con él] yo ando por todas partes, mamá”.

Era un tordillo “kelper”. Había nacido en el pueblo y allí lo había hallado Carlos. Lo enlazó, le puso unas mantas sobre el lomo y se lo llevó a la montaña. Entre toda la soldadesca, el caballo recibió un nuevo nombre, si es de suponer que tuviera alguno. Pero el tordillo, en cuanto Carlos se descuidaba, salía al galope rumbo al pueblo. Varias veces lo tuvo que correr para enlazarlo y llevarlo nuevamente hasta la posición argentina. Al final, ganó el caballo, porque en cuanto el RI7 comenzó a desplazarse, de un lugar a otro, para cambiar sus posiciones ante el avance británico, sobre todo desde la primera semana de junio, “Patria” se fue. Y Carlos ya no pudo ubicarlo.

25 de Mayo  

Para la guerra, el siguiente pudo ser un día más. Pero para los argentinos ese amanecer no lo fue. Por el contrario, caló más hondo que el frío malvinense: el 25 de mayo de 1982 se realizó una celebración, aunque breve, del 172° aniversario de la Revolución de Mayo en un sector de Puerto Argentino. En cada Puesto Comando se rindió homenaje y, por ejemplo en el del BIM 5, hasta se ofició una misa. La voz del cura (capellán) aparecía y desaparecía entre el estallido de proyectiles de morteros, obuses y cañones de mayor porte.

Quizá enfervorizados por la fecha patria, ese día la aviación de guerra argentina atacó y hundió dos embarcaciones inglesas, el destructor “Coventry” y el buque logístico “Atlantic Conveyor”, aunque también produjo serias averías al menos a dos fragatas misilísticas del Reino Unido: Broadsword y Alacrity.

Dibujos y ornamentaciones en una carta malvinense. El soldado azuleño no desperdició un solo espacio del papel, cuando no había muchas palabras por decir a una madre, excepto esa síntesis: “Palabras más bonitas: Mamita Hilda”. ARCHIVO DEL AUTOR

 

…Oíd el ruido de rotas cadenas

ved en trono a la noble igualdad…

Pero Carlos estuvo ese día en la montaña, junto a otros soldados, y en silencio  recordaron la fecha patria. Testificando, sin quererlo, cómo cambiaban las posiciones de las distintas unidades de combate luego del desembarco inglés y el despliegue de tropas del Reino Unido y aliados.

En la cabeza de Carlos y los demás soldados argentinos, apostados en Malvinas ese 25 de color gris verdadero, bajo un manto de silencio en muchos casos, resonó con fervor la letra …coronados de gloria vivamos,¡O juremos con gloria morir!…

Versos para una madre  

La segunda carta de Carlos a su mamá en Azul tiene fecha 27 de mayo de 1982, con sello colocado en Islas Malvinas.

En varios aspectos, esta carta tiene rasgos diferentes a las anteriores. Si bien insistió con la idea de tranquilidad ([…] te vuelvo a contar que donde estamos nosotros no pasa nada”), le escribió a su madre: “Yo parezco un cafishio, duermo, como y fumo. Yo acá me levanto a las once de la mañana y jodo todo el día, y a las seis [de la tarde] ya estoy durmiendo. La carpa es para dos, pero con los víveres que tenemos casi duerme uno solo. La carpa ya parece un almacén, lo que me falta es pan, porque no hay. Lo único que tenemos es galletitas”. Para afirmar esa necesidad en la carta a su madre, Carlos subrayó con tinta azul la palabra “falta”.

Ese día regresaban a su país brumoso los sobrevivientes del Sheffield. Al caer la noche, acompañando la fuerte llovizna, comenzaron las batallas de Pradera del Ganso y Darwin.

Mientras avanzó en la escritura, sin darse cuenta, Carlos lentamente fue descuidando la coraza con la que recubrió la información que evitaba que llegara a manos de su madre; aquella intención de no preocuparla frente a los verdaderos alcances que estaba teniendo la guerra de Malvinas: “Mirá mamá, recién acabo de tomar mate y cayó un suboficial que es sargento, y me empezó a contar una historia larga de la vida, más o menos, y él vio que estaba escribiendo y me preguntó: ¿qué, le estás escribiendo a tu novia? Y le dije que no, que le estaba escribiendo a mi mamá”.

Las madres, precisamente en tiempos de guerra, eran revestidas de una sacralización mucho más fuerte por parte los soldados, de lo que normalmente ocurre. Fue ese momento, en el desarrollo de la carta, cuando Martínez le dijo a su mamá que lo que iba a leer a continuación, era una poesía dedicada a ella: “Yo quiero que cuando la leas, no llores, porque es linda. Ni te preocupes, porque cuando me veas, me vas a ver hecho un chancho. Bueno, ojo mamá, yo te escribo la poesía […] y ya llevo como ocho kilos de panza. Ojo, guardala a la poesía, ¿eh?”.

Sobre de una correspondencia de Martínez desde la Compañía Servicios del Regimiento 7 de La Plata, que combatió en Malvinas. ARCHIVO DEL AUTOR  

El título fue breve, aunque inconmensurable en cuanto a sensaciones, para cualquier soldado en ese momento en las islas: “Las Malvinas”.

Y breve, también, la dedicatoria: “Poesía para vos, Mamá”:

Eres la luz de mi vida/ Eres la luz de mi andar/ porque guías mi camino/ cuando empecé a caminar./ Porque vives todos mis sueños/ de cada día al pasar,/ y tu corazón es tan grande/ que no deja de pensar./ Sé también que muchas veces/ junto a mí quieres estar,/ pero es mucha la distancia/ para poderse acercar./ Se va acercando tu día/ aunque todo es todo el año sin par,/ y por tu amor y cariño/ que Dios te bendiga Mamá.

En el final, Carlos le escribió: “Tu hijo que más te quiere, Mamá (Carlos)”.

Hoy, con la distancia que otorgan treinta y seis años, Martínez explica al autor de esta nota que, al final de cuentas, “mi intención era no preocupar a mi vieja, y le termino mandando esa poesía que la debe haber hecho llorar como loca. Y además se debe haber dado cuenta de que no le decía toda la verdad en mis cartas sobre lo que nos estaba pasando en Malvinas”. Quebró la coraza que había construido, Carlos. O se desahogó, que es otra manera de verlo.

El escaso espacio del papel lo utilizó Carlos para una particular confesión: “Ah, mamá, me olvidaba de decirte que cuando me vaya para casa voy a seguir fumando de la marca tuya, porque acá sólo conseguimos Jockey Club.”

Sobre un costado, con letra inclinada, agregó: “Saludos te mandan mis compañeros que son estos: El Gordito Vega, Torres, Zamora, Pérez, Barral y otros.” Y los espacios en blanco, entre la ornamentación de los versos, los aprovechó el soldado azuleño del RI7 para garabatear algunos pequeños dibujos y añadir algunas leyendas: “Cabezón y Las Malvinas”; “Palabra más bonita: Cabezón y Mamita Hilda.”

La firma de las cartas varió entre “tu hijo, Carlitos, o Cabezón”, el apodo con que toda su compañía lo conocía en la guerra.

En la carta a que hacemos referencia, del 27 de mayo, expresó en el final: “Vos ya sabés: recibí mil besos de tu querido hijo y, ojo, no llores y quedate tranquila. Yo también estoy tranquilo y escribo. Chau. Carlos.”

46 tortas    

El 28 de mayo de 1982 el Papa Juan Pablo II rezó por una “paz justa y honrosa” en el contexto de la guerra, pero lo hizo en Londres. Su visita a la Argentina se produciría dos semanas después, prácticamente cuando la balanza del conflicto alzaba al tope su plato británico. Carlos Martínez, como tantos otros soldados hundidos por entonces en la turba malvinense, ni se enteró de ello. Sólo encabezó su carta:

28 / 5 / 1982- “Las Malvinas”. Tenía cosas para contar, pero ya llegaría el tiempo de hacerlo. Quizá. O quedarían, como tantos cuerpos allí, sepultados como si fuesen recuerdos.

Optó por describir algunas escenas cotidianas de la guerra en la isla:

[…] Mamá, paso a contarte algo de acá. Son las ocho de la mañana y no puedo dormir más y me puse a escribirte bien temprano y yo estoy comiendo torta asada con dulce de membrillo. Vos, mamá, te vas a reír. Amasamos a las 11,30 horas de la mañana de ayer y empezamos a freír a las 12, para la 13,00 ya habíamos fritado 46 tortas, todas crudas, bueno, pero son ricas igual. Bueno mamá, yo estoy bien, no me puedo quejar. Somos bacanes acá en la montaña. Ah, y también comemos cordero, asado al arrebato, en sopa, en estofado y de todo un poco.”

En esa carta volvió a referirse a “Patria”, el tordillo con el que se había encariñado Carlos.

[…] te sigo contando que de andar tanto a caballo ya me estoy paspando todo. Yo ya te digo que acá hasta mate de leche tomamos […] Mamá, mandame a decir cómo están todos y quiero que me digas cómo están todos en la casa de la abuela, si están todos bien. Ah, mamá, yo no sé si te dije que en las cartas que recibí de la Coca me dice que doña Manuela está jodida. Dice la Coca que hasta sueña conmigo. Pobre vieja, espero que se cure rápido […] Ya te dije que el que me quiera escribir que me escriba, dale la dirección también. Perdoná la letra, es que estoy en una carpa. No quiero salir porque no se levanta nadie todavía”.

Quizá como para darse esperanza a sí mismo, además de continuar llevándole tranquilidad a su hogar en Azul, Carlos Martínez, ese 28 de mayo, escribió un último renglón: “Se va a arreglar todo y nos vamos a ir de acá. Chau mamita”.

 

 

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