TORNEO APERTURA DE PRIMERA DIVISIÓN   

Poco fútbol y algo de bochorno: mala receta

La postal más fuerte que queda de San José – Boca es, lamentablemente, la violencia en el final del primer tiempo, cuando jugadores xeneizes agredieron al juez Coria. Es que el juego contó demasiado poquito como para compensar la mirada. Tres expulsiones y dos goles de penal y un empate que al conjunto boquense lo sostiene como escolta de Alumni.

Las dos caras de un gol. Traina lamenta lo que San José festeja. El fidelino sumó su primera unidad en el Torneo Apertura. Con los ojos llenos de gol. Travi ya empató el partido y “hace” la foto. Boca es escolta de Alumni en la Zona A. 

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Con los ojos llenos de gol. Travi ya empató el partido y “hace” la foto. Boca es escolta de Alumni en la Zona A. FOTOS NICOLÁS MURCIA

Por mucho que nos duela reconocerlo –porque ver esas escenas en cualquiera de los partidos amarga más allá de la camiseta implicada–, cuando el final del primer tiempo se vio inmerso en un contexto de violencia, de momento se trataba de lo más conmovedor (para mal) que el cotejo ofrecía por entonces. Confirmar esto no es, claramente, una manera de celebrar; por el contrario, es una suerte de rezongo ante el espectáculo insulso que producían San José y Boca en la 4° fecha del Apertura.

Ya después, con el encuentro desnaturalizado anímicamente (jugadores y árbitro), exigir mejores circunstancias futbolísticas no resultaba sensato, aunque tampoco alcanza a una excusa completa. Quedó mejor parado el xeneize en el plano futbolístico, hallando ciertos caminos de conexión y profundidad en la segunda parte del complemento. El fidelino todavía lamentará el modo en que no exprimió el jugo le dieron de beber las expulsiones auriazules, no obstante la propia: jugó unos cuarenta minutos con un hombre más en el segundo tiempo y jamás sacó provecho.

Un signo del cotejo fue el lanzamiento largo y frontal, intentando –a veces con una ingenuidad llamativa– tener ventaja ofensiva con balones por alto directamente contra los centrales, siendo que ninguna de las duplas atacantes titulares disponían un hombre que pudiese gravitar de esa manera. Como sin poder escapar de un embudo invisible, el juego se centralizaba entre áreas, sin relevancias.

Tanto San José como Boca estaban a merced de la segunda jugada para prosperar, tomar las sobras de los intentos iniciales fallados. Algo más de tenencia lucía el boquense, siempre con Ledesma como referencia y principal (y mejor) administrador, y hallando forzadas sociedades con Giacoboni que por lo menos aportaban serenidad para descubrir alternativas. Con otras características y desde otra posición (más retrasado que el 10 xeneize), Barbero se daba de bruces tratando de sobrellevar el mismo rol, la función de amalgamar un equipo inconexo y sin un plan clarificado (con muchas ausencias también, vale destacar). De momentos, el volante santo hallaba la misma sintonía en el juvenil Olmos y el panorama mejoraba para el local.

Cuando Conti golpeó en el rostro a González (el defensor se quejó fuertemente sobre una primera agresión del delantero), Coria sancionó correctamente el penal: el golpe el 4 lo dio dentro de su área con la pelota en juego. Para entonces, ciertas sanciones del árbitro ya habían enojado a Boca y con la roja, la cosa se puso mucho peor. Y se multiplicó con la expulsión de Íbalo (Traina fue arquero de ahí en más), por doble amarilla, previo a la ejecución del penal por parte de Natiello que terminó en gol.

Masivamente Coria se vio rodeado de camisetas auriazules, intento de agresiones y un sinfín de reclamos. El banderín del asistente 1, Leyría, terminó volando por sobre el alambrado y la tarjeta amarilla del árbitro principal, en pedacitos. Coria prefirió no expulsar a nadie más y eso torna, desde lo reglamentario, incomprensible el criterio de sanciones utilizado. Sierra fue uno de los más enojados: acusó a Coria de golpearlo mientras él intentaba resguardarlo de las reacciones de sus propios compañeros.

Al complemento Boca salió sin relegar aspiraciones ofensivas, como tal vez podía llegar a esperarse con un defensor echado. En parte era la necesidad de empatar que lo impulsaba y en parte, podemos entender, que pasaba por comprobar la tibieza ofensiva del “Sanjo”. Carmona se corrió a la derecha y Giacoboni debió alargar unos pasos más su retroceso cuando el equipo pasaba a la faz defensiva.

La temprana expulsión de Narvaja y la impericia colectiva fidelina para proponer otro tipo de juego, llevaron a que Boca no tuviera que padecer el 11 contra 9 con el que afrontó el segundo tiempo. La roja al jugador azulgrana afianzó más todavía esa comodidad xeneize pese al marcador adverso.

El que pasó a despotricar contra Coria fue San José, al entender que el juez comenzaba a equiparar los fallos. A los 24’, Sierra mandó un centro larguísimo desde su propio campo al punto penal; De Stéfano pudo saltar y bajar la bocha que halló el avance cerrado de Travi, fauleado al parecer cuando se perfilada para rematar. Penal sancionado y penal convertido por el propio Travi.

Lo que restó hasta el cierre respondió a la idiosincrasia que Boca le impuso. El ingreso de De Stéfano generó algo más que una referencia en ataque; se erigió ante todo en un delantero donde apoyar el avance, jugar el pase interno (muy necesario para Ledesma) y descansar unos segundos, útiles para plegar líneas y ganar en cohesión.

Con más penas que gloria se terminó el partido en River y con esa particularidad entre risueña y paradojal que significa que ambos planteles (e hinchadas) se vayan de un estadio enojados con el juez.

 LA FIGURA  

Matías Ledesma

No pudo desplegar todo su repertorio, pero apenas unas pocas “piezas” le fueron suficiente. Cuando Boca tuvo orden, variantes, asociaciones y más tiempo la pelota en el control, fue porque Ledesma logró influir en lo que estaba aconteciendo.

 

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