INVESTIGACIÓN EXCLUSIVA PARA EL TIEMPO

Por qué Arlt estuvo en Azul

Dos redactores de El Régimen, poco antes de su cierre: José L. Hernández y Argentino Sirio Sacomani. Por esos escritorios pasó la pluma de Arlt en 1927.El taller de composición de El Régimen en 1929. Tipógrafos, armadores, pequeños aprendices de la imprenta que, además del diario, realizó trabajos de obra (por ejemplo, sobre una pared puede verse un cartel de remate).La plana Augsburg, que imprimía pliegos de El Régimen. En la foto aparece el maquinista René L. Lebolle, luego gráfico de El Tiempo.“Valioso concurso […] ha prestado en esta casa en su breve paso por ella”, afirmó El Régimen en su edición del 30 de julio de 1927, en una nota de despedida a agradecimiento al periodista Roberto Arlt.
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El taller de composición de El Régimen en 1929. Tipógrafos, armadores, pequeños aprendices de la imprenta que, además del diario, realizó trabajos de obra (por ejemplo, sobre una pared puede verse un cartel de remate).

Un artículo publicado a fines de julio de 1927 y hallado en enero pasado, arroja luz sobre la llegada a nuestra ciudad del autor de El juguete rabioso y Los siete locos, entre otras obras fundamentales de la literatura argentina. Y además: auge y caída de El Régimen, el diario azuleño que albergó la pluma del autor de las Aguafuertes Porteñas.

ESCRIBE MARCIAL LUNA – lunasche@yahoo.com

Después de ocho entregas, es tiempo de desentrañar algunos “misterios” en torno a la estadía en Azul del periodista y escritor Roberto Arlt. Un artículo, breve, incluido en la edición de El Régimen del sábado 30 de julio de 1927 nos aporta elementos suficientes para el esclarecimiento de algunas cuestiones, pero sobre todo: ¿Por qué vino Arlt a Azul?

A partir de allí, podemos anotar otra: ¿Cuánto tiempo estuvo en nuestra ciudad? Y, así, podríamos seguir bastante más. Pero como la historia debe documentarse (y nunca improvisarse) es que preferimos ir a lo concreto.

 

El cófrade

El título elegido para la página 6 por El Régimen fue inequívoco. “Roberto Arlt: Esta noche regresa a Buenos Aires el autor de El juguete rabioso” (edición sábado 30 julio 1927). Y, a una columna, se desarrolló el siguiente texto que, por su significación, incluimos íntegramente:

“Después de una corta estada entre nosotros, regresa esta noche a la cosmópolis, el señor Roberto Arlt.

“Arlt, el compañero Arlt, el cofrade Arlt, el hermano Arlt, vino a compartir con nosotros las múltiples actividades de esta casa –sigue El Régimen–, sucediendo provisoriamente en sus tareas a otro gran compañero, a otro gran espíritu: Enrique Pérez, a quien imperativos de otro orden han alejado momentáneamente de esta redacción. Y vino Arlt a nuestra casa con sus grandes entusiasmos y sus sobresalientes dotes de inteligencia, con esos entusiasmos capaces de sentirse cuando se tienen 25 años, y con esa inteligencia que con todo y ser innata más brillantemente se manifiesta cuando quien la posee ha sido ferviente devoto en el cultivo del espíritu. Y entusiasmo y talento puso generosamente a contribución en el ejercicio de sus funciones. De esta suerte su valioso, su inestimable, su brillante concurso ha sido una contribución de positivo valer en nuestra casa. De quien ha dado a la bibliografía nacional una obra tan meritísima como El juguete rabioso, de quien notas tan brillantes da a conocer a los lectores de todo el país desde las columnas de Crítica, a cuya plana mayor pertenece Arlt, no podía esperarse otra cosa.

“Tan valioso concurso como el que el gran compañero Arlt ha prestado en esta casa en su breve paso por ella –no tan breve, sin embargo, como para que no hayamos podido adentrarnos en su espíritu y descubrir el gran tesoro de bondad, de sabiduría, de grandeza que en él se encierra– no puede agradecerse por el simple y sencillo expediente administrativo. Era menester exteriorizar en mejor forma nuestras protestas de gratitud y el reconocimiento a esa valiosa contribución que nos ha prestado. De ahí que hayamos, compañeros, amigos y admiradores, resuelto ofrecerle una cena de despedida.

“El acto que esta noche nos reunirá en torno del gran Roberto, dirá a éste de nuestra gran cordialidad, al par que le desagraviará de la impresión que en su espíritu pueda haber causado la presencia de alguna torre atrabiliaria que evoque las veleidades astrológicas de los farmacéuticos”, concluye el artículo que, en buena medida, es también la despedida que le efectúa El Régimen a Roberto Arlt.

Como hemos indicado en nuestros anteriores artículos, ese invierno de 1927 Arlt llegó por primera vez a Azul, en reemplazo temporario de Enrique Pérez, uno de los redactores del vespertino El Régimen. Dejó sus iniciales en cinco artículos, desde el 26 al 30 de julio, en la primera plana. Esa fue la breve estadía que refirió el diario en el artículo que citamos.

 

Crítica y El Régimen

En cambio, es necesario corregir dos aspectos indicados en la crónica de despedida y agradecimiento: Roberto Arlt, al llegar a Azul, tenía 27 años de edad (nació en Buenos Aires, en 1900) y no pertenecía a la plana mayor de Crítica. En realidad, era el encargado de la página de policiales en la edición de los días viernes.

Crítica era el diario dirigido por Natalio Botana y en febrero de 1927 Arlt se incorporó como cronista. Sylvia Saítta, en su biografía de Arlt, El escritor en el bosque de ladrillos, asevera: “Bajo las órdenes de los jefes de sección Eduardo Costa, Gustavo Germán García y Silveiro Manco, Arlt se convierte en uno más de los numerosos cronistas […]” (Sudamericana, Bs.As., 2000, Pág. 53).

A diferencia del diario Crítica –que logró sobrevivir a su propio creador y director un tiempo más–, El Régimen cerró sus puertas en el contexto de la crisis del ’30. Habían pasado cuatro años de una experiencia periodística singular.

Julio de 1927 fue, en el recorrido del diario azuleño, un mes clave: de semanario se convirtió en diario (vespertino, de lunes a sábado. En su última época se reconvirtió a matutino y se editó de martes a domingo). Lo destacó en su primera plana de la primera edición diaria, el 1 de julio del ‘27, debajo del título “Nuestra reaparición”: “Después de un breve paréntesis en las actividades, El Régimen, semanario ayer, reaparece hoy convertido en diario. Fundamos El Régimen el 31 de julio de 1926. Le imprimimos al periódico un carácter combativo, si se quiere. Entendíamos que en aquellos momentos reclamaba el ambiente una hoja pública de esa naturaleza”.

No tuvo reparos en sostener su cercanía ideológica con el Partido Conservador de Buenos Aires, como tampoco ocultó su línea “antipeludista”. Es decir, el personalismo atribuido a Hipólito Yrigoyen –y sus acólitos en la provincia y la ciudad–, encontró en el vespertino a un constante opositor. El día en que se convirtió en diario, planteó su programa: “Inspiración patriótica, elevación de miras, altura en las prédicas es contribución al mejoramiento de las instituciones, persecución de nobles finalidades en el orden político, social, moral y espiritual” (El Régimen, 1 julio 1927, Pág. 1).

Ese viernes 1 de julio, en otro artículo de primera plana, se narraron algunos pasos de la transformación: “El período de ‘relache’ en que estuvo [el diario] por más de un mes, obedeció a la necesidad de instalación de nuevas maquinarias y los indispensables trabajos de organización. Ayer se dio fin a esta engorrosa tarea y, listos ya todos los elementos, se ofreció un lunch, para poner la casa y la empresa bajo los gratos auspicios del champagne, el fino vino que debe estar presente en los actos más trascendentales de nuestra vida.”

Mientras esto ocurría, los invitados fueron llegando (el diario publica la extensa nómina de comensales) para compartir el refrigerio y apreciar la salida de los primeros pliegos impresos del nuevo El Régimen, directamente desde el taller.

 

Crack local

La crisis económica de 1929 en Estados Unidos se cobró algunas víctimas locales. Una de ellas fue el diario El Régimen. El 31 de mayo de 1930 publicó su última edición. En su despedida, primero cargó contra el “peludismo”: “Desde [hace] casi cuatro años, anotando en la existencia de nuestro diario la aparición periódica de El Régimen, hemos venido sosteniendo un rudo batallar en pro de la estabilidad de nuestras instituciones políticas atropelladas en sus postulados más magníficos y negadas en sus más bellas concepciones humanas, por este aluvión de desvergüenza que significa la estabilidad del personalismo en las esferas gubernamentales.”

Luego admitió el noqueo financiero: “[…] les ofrecemos el cadáver de lo que nuestro fue y será por siempre un muerto económico pero jamás un cadáver moral, que los diarios como El Régimen aún desaparecidos seguirán iluminando el sendero de los legionarios de la dignidad, del honor, del orden, de la moral, de la misma manera que ante su recuerdo se inclinará la cerviz de todos los impostores, de todos los aventureros, de todos los malandrines que en la vida son y que en la sociedad actúan” (El Régimen, 31 mayo 1930, Pág. 1).

En esos tinteros de El Régimen, además del director Jorge Elizagaray, mojaba por entonces su pluma el periodista y gráfico Dionisio Andrómaco Oyhanarte (sus notas aparecieron firmadas con el pseudónimo Jack Lugolina –h–), padre de nuestro recordado Juan Miguel Oyhanarte, pieza clave en la historia de EL TIEMPO.

Dionisio no sólo fue tipógrafo y periodista en El Régimen, sino que también reemplazó a Elizagaray temporariamente en la dirección del vespertino (ver edición del 29 octubre de 1928, Pág. 1).

En ese tiempo, Arlt y Oyhanarte cruzaron sus destinos en la redacción de Burgos 571-575.

 

UNA DE FANTASMAS…Y EN TIERRA AZULEÑA

Particularmente luego de su estadía en Azul durante el invierno de 1927 y de su trabajo periodístico en El Régimen, Roberto Arlt mencionó en distintas obras y artículos a la ciudad de Azul. En otro invierno (1933) el autor de Los siete locos se embarcó para poder remontar el Paraná y escribir una nueva serie: las Aguafuertes fluviales. Recientemente las notas fueron recopiladas por dos universidades (Arlt, Roberto y Rodolfo Walsh, El país del río: aguafuertes y crónicas, editado por UNER y UNL, Paraná-Santa Fe, 2016. La nota que citamos a continuación se incluye en Págs. 30-31).

Uno de los artículos escritos por Arlt a bordo del barco de carga “Rodolfo Aebi”, señala directamente a Azul. ¿El contexto? Una conversación, luego de la cena, entre algunos miembros de la tripulación y, naturalmente, el periodista, fiel testigo. Publicada en El Mundo el 19 de agosto de 1933, la nota se tituló “Charlas de sobremesa”. Escribió Roberto Arlt:

“[…] Cuenta el primer maquinista (estamos hablando de fantasmas y almas en pena en este cuarto de hierro pintado de blanco que es el comedor):

–Y conocía un hombre rico, que ahora no me acuerdo el nombre, pero que cuando llegue a Buenos Aires lo voy a averiguar, que le pasó algo muy notable y digno de tenerse en cuenta. Lo cual resulta, y yo lo conocí personalmente y era, como digo, un hombre muy rico, que se compró una casa en Azul, no sé por qué historias que había tenido con un pariente suyo de Tandil, el cual parece no era buena persona. Y como estaba, el tal se compró una casa en Azul, que tenía todas las piezas corridas y piso de mosaico. Y el piso era de baldosas todas del mismo color, menos el comedor, que en el medio había una baldosa blanca. Y una noche se despertó y al rayo de luna vio un perro parado en la baldosa blanca, y entonces entró, pero el perro ya no estaba; y a la segunda noche pasó lo mismo y a la tercera también, y el hombre estaba intrigado porque en la casa no había ningún perro, y estuvo pensando una punta de días en qué sería eso, hasta que otro pariente que tenía le aconsejó que cavara con un pico y una pala, y aunque le daba lástima romper el piso, pues como dije la casa era nueva, terminó por ponerse a cavar, y abajo, después de cavar unos cuantos pies, encontró un tesoro de cien mil pesos de oro viejo.

El práctico [otro de los tripulantes], que escucha con la cabeza apoyada en una mano, responde:

–Sí, así dicen que saben aparecer ánimas donde hay tesoros enterrados.

Y el capitán, a su vez, lanza:

–Yo nunca fui testigo de nada parecido, pero también dicen eso, y es porque antes no había bancos donde guardar la plata y la gente la enterraba y estaba más segura”.

 

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