PANORAMA LABORAL

Problemas viejos, soluciones viejas

 

El problema de las suspensiones, los despidos y el desempleo volvió a instalarse con fuerza en la agenda política, económica y social argentina.
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El problema de las suspensiones, los despidos y el desempleo volvió a instalarse con fuerza en la agenda política, económica y social argentina.

Por Luis Tarullo/Agencia DyN

BUENOS AIRES – El problema de las suspensiones, los despidos y el desempleo volvió a instalarse con fuerza en la agenda política, económica y social argentina, pero de una manera bastante anárquica y con visiones que podrían calificarse al menos de arbitrarias. Sucede que el mundo del trabajo padece el mismo drama que otros sectores de la vida del país: la ausencia de estadísticas unívocas e inequívocas. Entonces, es tan válido -o inválido, si se prefiere, pues lo mismo da en esta circunstancia- que alguien diga cien y otro diga mil, en este caso en relación con las cesantías. Quizás la única cifra comprobable de manera inmediata sería la de los despidos en el Estado, pero aun así continúa un desgastante debate sobre la justificación o no de esas decisiones. Encima, hay quienes ahora alzan la voz por la caída de los puestos de trabajo pero también lo hacen de manera subjetiva, pues no trazan una línea clara de partida de esa práctica, enmarcan el problema de manera genérica (“tarifazo”, “recesión”, “apertura de importaciones”), cuando existe a esta altura la certeza de que la situación viene de arrastre. Sucede que hubo quienes no abrieron el pico durante el gobierno anterior y soportaron todos los desplantes, humillaciones y condicionamientos posibles y ahora, de golpe, se volvieron valientes.

Que en lo que va de este gobierno hay una incipiente destrucción de empleos no hay dudas, pero el problema no comenzó el 11 de diciembre. La administración anterior no dejó precisamente las mejores condiciones como para que ello no ocurra. Ahora bien, alguna vez debe llegar el momento de dejar de repartir culpas y de comenzar a buscar soluciones en conjunto. Pero claro, esto se ha dicho infinidad de veces y así están las cosas. De paso, con un simple golpe de vista es posible ver que los nombres de la mayoría de los protagonistas se repiten desde hace décadas. Y, entonces, tampoco hay que esperar demasiadas sorpresas en cuanto a las salidas que se exploran para paliar los inconvenientes que no se van a despejar en el plazo inmediato. Desde el lado sindical se apela a un instrumento ya probado hace casi una década y media, como es la doble indemnización que frene la tentación de los despidos. La medida tuvo sentido y efecto en aquellos días aciagos del país. Aunque ahora haya cesantías y suspensiones, el entorno social es claramente distinto al de esa época crítica, donde la Nación se debatía entre las llamas.

Argumentos a favor y en contra se están escuchando a carradas y, en este marco, todos son legítimos, aunque sea en medio de la precarización de las ideas. Pero en definitiva, como debe ser, solo una economía con signos de prosperidad es la que de manera natural permite la creación de trabajo y la recreación de los círculos virtuosos. Y esto vale, por supuesto, también para los que del otro lado -básicamente el gobierno- dejan trascender fórmulas que tienen reminiscencias de canto de sirena. Por allí se escucharon algunas ideas para, por ejemplo, fomentar la contratación de trabajadores en condiciones ventajosas.

Sin que nadie se ofenda, es oportuno recordar una vez más que si se relee la Ley Nacional de Empleo de principios de los 90s (Carlos Menem/Domingo Cavallo/Enrique Rodríguez) hay una lista bastante amplia de modalidades de trabajo flexibles. Lo que son las cosas. En esa época hablar de esas iniciativas era algo así como invocar a Satanás. Hoy aparecen sin ruborizarse quienes creen que aquello podría ser poco menos que la panacea. Pero, sobre todo, se están gastando tiempo y energías en pulseadas que se dan en los diversos ámbitos del poder y que son un lastimero y estéril “déjà vu” para quienes realmente están sufriendo las circunstancias adversas de las cuales no son culpables. Esos a los que les corre por las espaldas un escalofrío mezcla de escepticismo y resignación cuando reviven y padecen problemas viejos a los que se oponen soluciones también viejas.

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