PROTEGER LO MÁS VALIOSO: LA VIDA

La vida es el bien más preciado. Es aquello que todas las personas tratamos (o debemos tratar) de proteger.

Cuando hablamos de proteger la vida no sólo nos referirnos a evitar aquello de lo que no se vuelve; es decir, la muerte. Proteger la vida también es velar por la integridad física y psíquica; la propia y del prójimo.

Quien actualmente recorre varias de las rutas del territorio bonaerense, sean éstas provinciales o nacionales, cae en la cuenta que desde hace décadas los funcionarios de turno lejos han estado de velar por nuestra integridad.

Quienes transitamos por carreteras de la provincia de Buenos Aires sabemos que los trazados son angostos y “emparchados”, no señalizados o mal señalizados; que existe un pronunciado descalce y que el asfalto está vencido a causa del desmedido peso de transportes de carga que no respetan la tara máxima permitida. No hay que ir muy lejos, dentro del Partido de Azul, para corroborar que esto es así. La Ruta Provincial N° 80 y la Ruta Nacional N° 3, son claros ejemplos de lo dicho.

Es una obviedad, pero no está mal decirlo con todas las letras: muchos de los que transitan por las rutas no respetan las normas de tránsito. Mientras tanto, el Estado está ausente. No controla ni sanciona.

Cierto es que no se cuentan con los recursos humanos y logísticos para ejercer un control eficaz en las rutas. Pero en cualquier caso la responsabilidad máxime sigue siendo de quienes nos gobiernan. Administran nuestros dineros y, se entiende, están capacitados para establecer prioridades.

A la luz de lo que venimos diciendo respecto del deplorable estado de muchas rutas bonaerenses, hay un fracaso político y dirigencial imposible de tapar.

Aún cuando lleguemos sanos y salvos a destino, a nadie escapa que circular por la Ruta N° 3, entre Azul y San Miguel del Monte, es poco menos que un martirio. Uno siente que nace de nuevo cada vez que, viniendo de Buenos Aires, ve el cartel de ingreso a Azul.

El Estado no sólo debe realizar en forma urgente una reforma integral de las rutas del país. Tiene que empezar a ejercer, a través de los organismos competentes, un férreo control para detectar infractores y aplicarles rigurosas multas, cuando no el secuestro del vehículo por faltas graves. Una buena política de tránsito es cuando, aquel que infringió la norma, escarmienta y no vuelve a cometer una contravención. Sobre todo cuando en la ruta, una infracción puede poner en peligro la vida propia y de terceros.

De ahí que, cuando el Estado bonaerense “meta mano” en las rutas –en la infraestructura y los controles vehiculares-, estará velando por lo más preciado que tenemos los seres humanos: la vida.

 

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