EDITORIAL

PROYECTO COMUNITARIO EN AZUL: ¿POR QUÉ NO?

De cada cien habitantes de esta nación, al menos 30 son pobres. Una realidad tan cruda e increíble como imposible de revertir en el corto plazo. La dirigencia política debe diseñar y ayudar a instrumentar todo aquel mecanismo que sea un paliativo para quienes la están pasando verdaderamente mal, a menudo sin un plato de comida que llevar a la mesa.

Si estuviéramos hablando de un país que carece de recursos, sería una cosa, pero Argentina cuenta con tierras sumamente ricas para generar alimentos saludables y nutritivos.

En Azul seguramente hay familias que carecen de alimentos indispensables para su desarrollo. Ante la pobreza de fuentes laborales, los padres de esos chicos dependerán de la posibilidad diaria de conseguir dinero para comprar comestibles. Con la inflación no alcanzan a comprar los componentes básicos de una canasta alimentaria, como lácteos, carne, frutas y verduras.

Ahora, qué distinto sería si esa familia tuviera que ir al mercado para comprar, de los cuatro rubros antes mencionados, sólo lácteos y carne.

Ahí es donde la dirigencia política local, con el acompañamiento de empresas, instituciones y –por qué no- ciudadanos comunes, debe poner manos a la obra para cubrir esa necesidad de consumo de verduras y frutas.

Venimos diciendo que el país tiene tierras productivas y, por supuesto, Azul no es la excepción. Además la ciudad cuenta con personal idóneo en el manejo de la tierra que estará gustoso de prestar un servicio a la comunidad, más aún cuando el proyecto tenga seriedad y continuidad.

¿Por qué no crear un emprendimiento que permita la generación de alimentos sanos y frescos, que se capacite y se fomente el desarrollo paulatino de fuentes de trabajo? ¿Podrán trabajar en el proyecto y su implementación, el INTA, la Facultad de Agronomía, el Municipio, entidades intermedias y ciudadanos que se deseen sumarse al armado de una huerta comunitaria?

Se podría enseñar a personas que no cuentan con empleo ni saben del oficio a trabajar la tierra; se podría lograr el autoabastecimiento; parte de la producción tendría destino en microemprendimientos, como elaboración de pastas frescas; y tanto comercios minoristas como la ciudadanía tendrían, en esta huerta comunitaria, un punto donde adquirir verduras y frutas frescas.

En el Gran La Plata, por ejemplo, un día alguien puso una huerta; al tiempo, otros imitaron la idea y hoy por hoy esos huerteros abastecen de tomates, frutillas y otros productos que cultivan a la capital provincial y un amplio radio de influencia.

Crear una huerta comunitaria no es nada nuevo, pero no se cosecha de un día para otro; dos grandes verdades. Por algo se empieza. Nadie podrá decir que no hay tierras productivas dentro del ejido urbano que se puedan explotar.

Sería prioritario iniciar reuniones entre las partes que se quieran involucrar para armar un proyecto que haga posible este tipo de iniciativas prácticas, de bajo costo y viables.

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